El siseo de las hornallas de gas se extinguió de golpe, dejando en la cocina un olor a azufre y combustión incompleta. El silencio que siguió fue casi doloroso. Tomás, con el martillo aún firme en la mano, respiraba agitado, manteniendo su cuerpo como un escudo humano entre Leo y los dos niños aterrorizados.
—Elena, saca a los chicos de acá —ordenó Tomás sin quitarle los ojos de encima a su hijo—. Llévalos a sus casas. Ahora mismo. Esto ya no es seguro.
Elena reaccionó de inmediato. Su instinto de protección anuló cualquier parálisis mental. Agarró a Santi y a Mía de los hombros, apartándolos de la mesa.
—Vamos, chicos. Muévanse —dijo, empujándolos suavemente hacia el pasillo que conducía a la puerta principal.
Santi y Mía no protestaron; tenían las piernas de gelatina y el color de la piel borrado por completo. Leo no se movió del umbral de la cocina. Se quedó allí, estático, con el balde de hojas secas en la mano, mirando el suelo con esos ojos fijos y tristes que parecían pertenecer a un muñeco de cera.
Elena llegó a la puerta de entrada y giró la llave del cerrojo con manos torpes. La cerradura saltó con un chasquido metálico. Tiró del picaporte de bronce hacia atrás, esperando que la luz de la mañana inundara el corredor.
No hubo luz.
Al abrirse la puerta, lo único que entró a la casa fue una bocanada de aire tan helado que les quemó la garganta, acompañada de una pared blanca, espesa y casi sólida. La niebla de Valle Sombrío no estaba flotando sobre los campos; se había pegado a la estructura de la casona como una criatura viva. Era tan densa que Elena, estirando el brazo, no alcanzaba a verse los dedos de la mano.
—No... no se ve nada —susurró Mía, retrocediendo y chocando contra la espalda de Elena.
—No es niebla común —dijo Santi, pegándose los anteojos a la cara, con la respiración entrecortada—. Miren el piso del porche.
Elena bajó la vista. La bruma blanca no se disipaba al entrar en contacto con el interior de la casa; se arrastraba por el suelo de madera como volutas de humo pesado, y a medida que avanzaba, el parqué se cubría instantáneamente de esa misma escarcha blanca y cristalina que habían encontrado en la habitación de Leo.
Tomás llegó corriendo desde la cocina, alertado por el frío repentino. Al ver la pared blanca en el umbral, intentó empujar la puerta para cerrarla, pero el viento que soplaba desde el exterior tenía una fuerza descomunal, casi mecánica.
—¡Ayúdame, Tomás! —gritó Elena, apoyando todo su peso contra la madera.
Entre los dos, empujando con desesperación mientras sus zapatos resbalaban en la escarcha que ya cubría el recibidor, lograron vencer la presión externa. La puerta se cerró con un golpe violento que hizo temblar los vidrios de los ventanales laterales. Tomás pasó el cerrojo y apoyó la espalda contra la madera, jadeando.
—Estamos atrapados —dijo Mía, rompiendo a llorar abiertamente—. No nos va a dejar ir. Kael nos quiere acá.
—Tranquila, mi amor, tranquila —Elena la abrazó, aunque ella misma estaba al borde del colapso—. Tomás, el teléfono fijo. Llama a la policía, a los bomberos, a quien sea. Deciles que hay una fuga de gas o un derrumbe, inventa algo para que vengan.
Tomás corrió hacia el aparato empotrado en la pared del pasillo. Descolgó el tubo. Se lo llevó al oído.
No había tono. Solo un rozamiento constante, sutil, como el sonido de miles de hojas secas siendo arrastradas por el viento, y muy al fondo de la línea, el eco de una respiración profunda, lenta y rítmica. Tomás colgó el aparato de un golpe, con el rostro desencajado.
—No hay línea.
¡CLACK!
El sonido provino de la caja de fusibles del sótano. Al unísono, todas las luces de la casa se apagaron. La penumbra que reinaba en la casona se transformó instantáneamente en una oscuridad casi total, rota únicamente por los débiles filamentos de luz grisácea que lograban atravesar las rendijas de las persianas bajas.
—Manténganse juntos —ordenó Tomás en la penumbra, encendiendo la linterna pesada que llevaba en el bolsillo. El haz de luz blanca barrió el pasillo, dibujando sombras alargadas en las paredes—. Elen, lleva a los chicos al living. Voy a buscar a Leo.
—¡No lo dejes solo, Tomás! —le suplicó Elena, guiando a Santi y a Mía hacia la sala de estar.
Tomás apuntó la linterna hacia el final del pasillo, donde la cocina se abría como una boca oscura. Caminó despacio, sintiendo el crujido de la escarcha bajo sus botas. El frío ya era insoportable; el vaho de su respiración era tan espeso que entorpecía la luz de la linterna.
—¿Leo? —llamó Tomás, con la voz quebrada por la tensión.
Al entrar a la cocina, la luz de la linterna recortó la silueta del niño. Seguía en el mismo lugar, pero ya no tenía el balde en la mano. Estaba de espaldas a su padre, mirando hacia la pared de la alacena antigua.
Tomás se acercó tres pasos, despacio. Cuando la luz de la linterna iluminó la espalda de Leo, Tomás se detuvo en seco. Su corazón dio un vuelco violento.
Detrás de Leo, proyectada en la pared por una fuente de luz inexistente, la sombra del niño no le pertenecía. La sombra que nacía de los pies de Leo se elevaba casi tres metros por la pared de la cocina: era una silueta inmensa, con los hombros anchos, las solapas de una gabardina larga que parecían ondular en la oscuridad y dos largos brazos de sombra que rodeaban el cuerpo real del niño en un abrazo posesivo.
—Kael dice que ya es tarde para los teléfonos, papá —dijo Leo, sin darse la vuelta. Su voz ya no era la de un nene; tenía un zumbido vibrante, una resonancia doble que hacía vibrar los platos dentro de la alacena.
—Dejalo... ¡Dejá a mi hijo! —gritó Tomás, levantando el martillo con una mano y apuntando la linterna con la otra.
La sombra en la pared movió la cabeza lentamente hacia atrás, emulando el gesto de mirar a Tomás por encima del hombro. En medio de la negrura de la silueta proyectada, dos puntos de luz azul eléctrico se encendieron, clavándose en los ojos del padre con una fijeza asesina.