Nacido de mí mente

Capitulo 9: La gravedad de lo invisible

E​n el living, la oscuridad parecía haber adquirido peso. Elena mantenía a Santi y a Mía acurrucados junto a ella en el viejo sillón de pana. La única fuente de luz era el reflejo mortecino que se filtraba por las rendijas de los pesados postigos de madera. El frío ya no era solo una temperatura; era una presencia que les calaba los huesos y hacía que cada bocanada de aire doliera en los pulmones.

​—Quiero a mi mamá... —susurró Mía, temblando descontroladamente, con las rodillas pegadas al pecho.

​—Shh, mirame, Mía. Mantené los ojos en mí —le pidió Elena, usando esa voz firme y pausada que tantas veces había usado con pacientes en crisis, aunque por dentro sentía que sus propias fibras se rompan—. Vamos a estar bien. Tomás está con Leo. Ninguno de nosotros está solo.

​—Él está acá, señora —habló Santi. Tenía los anteojos empañados por el frío y la mirada fija en el centro de la sala—. No en las paredes. Está en el aire.

​Elena levantó la vista. En medio del living, justo sobre la alfombra desgastada de la abuela, la atmósfera comenzó a distorsionarse. El polvo que flotaba en la penumbra no caía; se movía en círculos rápidos, como si un remolino invisible estuviera cobrando fuerza.

​¡Clanc!

​El ruido provino de la vitrina donde la abuela guardaba la vajilla de porcelana. Una taza de té se deslizó por el estante de vidrio, por sí sola, y chocó contra el borde. Luego otra. Y otra.

​—Elena... —el grito de Tomás desde la cocina sonó ahogado, lejano, como si estuviera llamando desde el fondo de un túnel.

​Elena intentó levantarse, pero en ese instante, un golpe seco sacudió el living. La pesada mesa ratona de madera maciza se elevó unos centímetros del suelo y volvió a caer con un estruendo que hizo vibrar las tablas del piso. Los ojos de Mía se abrieron desmesuradamente cuando los cuadros de las paredes —viejos retratos familiares en blanco y negro— comenzaron a ladearse uno a uno, de forma rítmica, como si una mano invisible pasara corriendo y los golpeara sobre la marcha.

​—¡Santi, Mía, al suelo! —gritó Elena, tirándose sobre ellos para cubrirlos con su cuerpo.

​Las puertas de la vitrina se abrieron de golpe de par en par. Platos, copas y tazas salieron despedidos hacia el centro de la habitación, haciéndose añicos contra las paredes y el suelo en una lluvia de astillas de vidrio y cerámica. Pero lo más aterrador no fue el ruido de la destrucción, sino el silencio que le siguió inmediatamente.

​Toda la vajilla rota en el suelo comenzó a cubrirse, en cuestión de segundos, de una densa capa de escarcha.

​Elena, con los chicos bajo sus brazos, se dio la vuelta despacio desde el suelo. En el rincón más alejado del living, donde la luz gris de la ventana no llegaba, la oscuridad ya no era plana. Se había vuelto tridimensional.

​Una silueta maciza, de casi tres metros de altura, se recortaba contra la pared. Llevaba las solapas de una gabardina larga levantadas, ocultando lo que debería ser un cuello, y sus brazos terminaban en extremidades desproporcionadamente largas cuyos dedos rozaban el parqué congelado. No tenía boca, no tenía nariz, pero en la parte superior de esa cabeza, dos rendijas de un azul eléctrico y parpadeante se clavaron directamente en Elena.

​La psicóloga sintió un golpe de terror primitivo. El cerebro humano está programado para buscar lógica, pero ver aquello destruía cualquier estructura mental.

​—Vos... no existís —logró articular Elena, con la voz quebrada, intentando forzar la racionalidad como un escudo—. Sos una proyección. Una idea. No tenés poder sobre nosotros.

​La entidad no emitió ningún sonido humano, pero dentro de la cabeza de Elena, una vibración brutal y violenta hizo que le zumbaran los oídos. Fue una oleada de pensamientos ajenos que se tradujeron en su mente:

​«Yo soy lo que él piensa cuando llora. Yo soy lo que él piensa cuando lo golpean. Yo tengo la fuerza que él no tiene. Y ahora, ustedes me piensan también. Gracias por el alimento.»

​La criatura dio un paso al frente. No produjo el menor ruido al apoyar sus extremidades, pero la temperatura del living bajó de golpe de una forma tan drástica que el vidrio del ventanal principal se trizó de arriba abajo con un crujido espantoso.

​—¡Elena! —Tomás entró al living derrapando sobre la escarcha.

​Llevaba a Leo alzado en brazos; el niño parecía desmayado, con la cabeza colgando sobre el hombro de su padre y los ojos cerrados. Tomás apuntó la linterna pesada directamente hacia el rincón oscuro. El haz de luz blanca cruzó la habitación e impactó de lleno en la entidad.

​La luz no la atravesó. Kael absorbió la claridad, volviéndose aún más denso, como si la linterna solo sirviera para definir mejor los contornos de su cuerpo de humo y sombra. La criatura giró la cabeza hacia Tomás, y los dos puntos azules brillaron con una intensidad cegadora.

​—¡Tenemos que salir de este cuarto! —aulló Tomás, cuya mano derecha, la que sostenía el martillo, estaba tan congelada que apenas podía cerrar los dedos—. ¡El pasillo! ¡Vamos al pasillo!

​Elena tiró de Santi y de Mía, levantándolos del suelo helado. Los cinco se replegaron hacia la arcada que conectaba el living con el corredor central, mientras detrás de ellos, la silueta de Kael comenzaba a expandirse, estirando sus largos brazos de sombra por el techo, cubriendo las vigas de madera con un manto de negrura y hielo que avanzaba persiguiéndolos.

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