Nacido de mí mente

Capitulo 10: El último refugio

El pasillo de la casona se había convertido en un túnel de viento helado. Detrás de ellos, la arcada del living crujía bajo la presión de la negrura que se expandía; las vigas de madera del techo escupían astillas y polvo de yeso a medida que Kael estiraba sus extremidades de sombra por toda la planta baja.

​Tomás sostenía a Leo contra su pecho con un brazo, sintiendo al niño alarmantemente frío y liviano, como si la criatura le estuviera absorbiendo no solo la energía mental, sino la vida misma.

​—¡La puerta principal no abre por la niebla y el living está bloqueado! —gritó Elena, barriendo la oscuridad con la linterna. El haz de luz titilaba, perdiendo potencia—. ¿A dónde vamos, Tomás? ¡Nos está acorralando!

​Santi y Mía lloraban en silencio, pegados a la pared del pasillo, tomados de la mano. Podían sentir el olor rancio y húmedo cada vez más cerca, envolviéndolos como un sudor invisible.

​—Al sótano —dijo Tomás, señalando con la cabeza una pequeña puerta de madera reforzada al fondo del corredor, justo debajo de la escalera del ático—. Las paredes son de piedra maciza y los cimientos son de la época colonial. No hay ventanas por donde pueda entrar la niebla del exterior. Es el único lugar donde podemos ganar tiempo.

​—¿Ganar tiempo para qué, Tomás? —Elena lo miró con los ojos abiertos por el pánico, mientras guiaba a los chicos hacia el fondo del pasillo—. ¡Esa cosa se alimenta de que pensemos en ella! ¡Estamos atrapados con nuestra propia mente!

​—¡Múvanse! —rugió Tomás, sin tiempo para debates psicológicos.

​Llegaron a la puerta del sótano. Tomás pateó la base para sacar la escarcha que amenazaba con trabar el marco y giró el picaporte de hierro con un esfuerzo supremo. La puerta cedió, abriéndose hacia una escalera de piedra empinada que descendía a una negrura absoluta.

​—Santi, Mía, bajen primero. Despacio, no se caigan —ordenó Elena, empujándolos con suavidad.

​Los dos nenes comenzaron a bajar los escalones de piedra, tanteando las paredes húmedas. Elena los siguió de cerca, manteniendo la linterna apuntando hacia atrás, hacia su esposo.

​Tomás se dispuso a cruzar el umbral con Leo en brazos, pero en ese preciso instante, el niño abrió los ojos.

​No eran los ojos de Leo. Las pupilas se habían dilatado tanto que casi no se veía el iris castaño, y en el fondo de sus ojos se reflejaba una débil pero nítida luminiscencia de color azul eléctrico. Leo estiró sus pequeñas manos con una fuerza inhumana y se aferró al marco exterior de la puerta, negándose a entrar.

​—No vayan abajo —dijo el niño. La voz era doble, un coro grotesco entre su timbre infantil y el eco cavernoso de la entidad—. Abajo no hay luz. Abajo es donde me pensás cuando tenés pesadillas, Tomás. Abajo es mi estómago.

​—¡Vos no sos mi hijo! —gritó Tomás, sintiendo un dolor desgarrador en el alma. Con un movimiento brusco, despegó los dedos de Leo del marco de madera y se tiró hacia atrás, cayendo de espaldas sobre el primer descanso de la escalera de piedra, arrastrando al niño con él.

​Elena, que vio la escena desde abajo, tiró de la manija interior de la puerta con todas sus fuerzas. El portón de madera maciza se cerró con un golpe sordo, y Tomás, desde el suelo, extendió la pierna y pateó el enorme cerrojo de hierro que su abuelo había instalado décadas atrás. El metal encastró en su lugar con un estruendo pesado. ¡CLANC!

​Quedaron sumidos en una oscuridad casi total, rota únicamente por la agonizante luz de la linterna de Elena, que parpadeaba como un corazón moribundo.

​El sótano era enorme, frío y olía a tierra apisonada y vino rancio de viejas barricas abandonadas. En el centro, las vigas de soporte de madera gruesa sostenían el peso de toda la casona. Tomás se incorporó, respirando agitado, y dejó a Leo sentado en el suelo, de espaldas a una de las columnas de piedra. El niño volvió a cerrar los ojos, cayendo de nuevo en un letargo profundo, aunque sus labios se movían sin emitir sonido, hilando palabras invisibles.

​De inmediato, desde el otro lado de la puerta que acaban de cerrar, comenzaron los golpes.

​¡BUM! ¡BUM! ¡BUM!

​No eran golpes de manos humanas. Era el impacto de una masa densa y pesada que hacía que toda la estructura de madera de la puerta se curvara hacia adentro. Con cada impacto, el polvo y los fragmentos de piedra de los escalones caían sobre ellos.

​—No va a aguantar —dijo Santi, abrazando sus rodillas en un rincón del sótano, junto a Mía—. Kael es demasiado fuerte ahora. Todo el pueblo está pensando en el chico de la escuela que se rompió la pierna. Mañana van a hablar de que nosotros no fuimos a clase. Cada persona que tenga miedo en Valle Sombrío lo está ayudando a romper esa puerta.

​Elena se dejó caer de rodillas al lado de Leo, tomándole el pulso. Estaba débil, pero estable. Levantó la vista hacia Tomás, con el rostro bañado en lágrimas de frustración y cansancio crónico.

​—Tiene razón, Tomás. El primer acto de esta pesadilla terminó. Ya no estamos lidiando con un amigo imaginario en un ático. Kael es una realidad independiente. Logramos encerrarnos, pero esto no es un refugio... es una cuenta regresiva. Si no encontramos una forma de romper la conexión mental de Leo con esa criatura, o de hacer que el pueblo olvide lo que pasó, esta casa va a ser nuestra tumba.

​Tomás miró el cerrojo que vibraba con cada golpe del exterior. Luego miró a su esposa, a los dos nenes ajenos que habían quedado atrapados en su maldición familiar, y finalmente a su hijo herido. Dejó caer el martillo al suelo de tierra. La herramienta produjo un sonido sordo, definitivo.

​Habían sobrevivido a la primera manifestación física del Tulpa, pero sabían que la verdadera guerra, la que librarían por la mente de Leo y sus propias vidas, apenas estaba comenzando en las profundidades de la casona.

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