Nacido de mí mente

Capitulo 11: La anatomía del eco

El sótano de la casona se sentía como una tumba de piedra colonial. Los golpes violentos contra la puerta de madera del piso superior habían cesado hacía unos veinte minutos, reemplazados por un silencio sepulcral que resultaba aún más aterrador. El aire allí abajo estaba estancado, impregnado de un olor a tierra húmeda y a la rancia humedad de los viejos cimientos.

​Elena mantenía el haz de la linterna apuntando hacia el suelo para racionar la batería moribunda. La débil luz amarillenta dibujaba sombras alargadas que trepaban por las paredes de piedra rugosa. A su lado, Santi y Mía permanecían abrazados, exhaustos, con los ojos fijos en el techo, temiendo que en cualquier momento las vigas de madera cedieran y la oscuridad del piso de arriba cayera sobre ellos.

​Tomás caminaba por el perímetro del sótano, arrastrando los pies. Se detuvo frente a Leo, que seguía apoyado contra la columna central de piedra. El niño respiraba de forma pausada, pero sus párpados se movían rápidamente, atrapado en un sueño profundo y agitado.

​—Elen, tenemos que hablar —dijo Tomás en voz baja, llamando a su esposa hacia el rincón opuesto, lejos de los oídos de los chicos—. Tu linterna se está apagando. No tenemos agua, no tenemos comida y el teléfono no funciona. No podemos quedarnos acá abajo para siempre esperando a que esa cosa decida tirar la puerta.

​Elena se frotó la frente, sintiendo una migraña punzante detrás de los ojos. El cansancio físico empezaba a mellar su compostura profesional.

​—No podemos salir, Tomás. Ya viste lo que pasa afuera. Esa niebla... no es climática. Es una barrera física generada por la criatura para mantenernos aislados. Si cruzamos ese umbral, nos entregamos a su terreno.

​—¡Es un monstruo de humo, Elena! —susurró Tomás con desesperación, aferrándose a los planos mentales de su lógica de constructor—. Tiene que haber una debilidad. Vos sos la psicóloga, vos leíste sobre esto. Decime cómo opera. Decime qué es exactamente lo que Leo hizo.

​Elena exhaló un suspiro frío y miró hacia su hijo.

​—Un tulpa no es un fantasma, Tomás. Un fantasma es el eco de alguien que ya murió. Un tulpa es el eco de alguien que todavía está vivo. Es una masa de energía psíquica que cobró densidad. En la psicología analítica de Jung, hablábamos de los arquetipos del inconsciente colectivo y de los complejos autónomos: ideas tan reprimidas y cargadas de emoción que toman el control de la psique. Leo sufrió bullying, se sintió completamente solo, desamparado y aterrorizado. Su mente, para evitar que colapsara por el trauma, creó a Kael. Kael es el "Protector Oscuro".

​—Pero los protectores no rompen piernas ni atrapan familias en sótanos —replicó Tomás, frustrado.

​—Porque Leo lo creó desde la herida —explicó Elena, y sus ojos se abrieron al comprender la espantosa lógica de la situación—. Cuando un niño herido imagina un protector, no imagina a un héroe con capa. Imagina algo que infunda el mismo miedo que él siente, pero multiplicado por cien. Imagina garras, imagina una altura imponente, imagina una fuerza implacable que destruya a sus enemigos. Leo dotó a Kael de una naturaleza violenta porque el mundo exterior era violento con él. El problema es que el tulpa es como un parásito: empieza compartiendo los pensamientos de su creador, pero cuando acumula suficiente atención, desarrolla su propio instinto de supervivencia. Y ahora, Kael no quiere volver a la mente de Leo porque sabe que ahí adentro es invisible. Quiere quedarse acá.

​Santi, que había estado escuchando la conversación en silencio desde la penumbra, se incorporó despacio y se acercó a los padres.

​—Señora Elena... —dijo Santi, con la voz quebrada—. Si Kael se alimenta de lo que la gente piensa de él... ¿qué pasa con los papás de Mía y los míos? Ya es pasado el mediodía. En el pueblo ya deben saber que no fuimos a la escuela. Nos deben estar buscando.

​Elena y Tomás se miraron, sintiendo un nuevo golpe de frío en el estómago. Santi tenía toda la razón.

​En Valle Sombrío, la desaparición de tres niños el mismo día en que otro alumno había sufrido una fractura inexplicable en el patio escolar iba a desatar una tormenta de pánico. Los vecinos comenzarían a murmurar, las madres tendrían miedo, los padres saldrían a buscar con linternas por los caminos de tierra. El miedo se propagaría como un virus por las calles del pueblo.

​—Cada persona que sienta miedo hoy en Valle Sombrío... —murmuró Tomás, asimilando la magnitud del desastre—. Cada padre que busque a su hijo con terror en el pecho va a estar dándole más fuerza a Kael.

​—Exacto —asintió Elena, con el rostro pálido—. El pueblo entero se está convirtiendo en la batería de la criatura. Si los rescatistas o los vecinos vienen hacia esta casona buscándolos, Kael no los va a dejar entrar. Los va a atacar para proteger su territorio, y cada ataque va a generar más pánico, volviéndolo invencible.

​Un gemido agudo interrumpió las palabras de Elena.

​Los tres se giraron hacia la columna central. Leo se estaba moviendo. Sus manos arañaban la tierra del suelo del sótano y su cabeza se balanceaba de un lado a otro. Elena corrió hacia él y se arrodilló a su lado, tomándolo de las mejillas.

​—¿Leo? Leo, mi amor, mirame. Soy mamá. Volvé con nosotros, por favor.

​El niño abrió los ojos de golpe. Las pupilas habían vuelto a su tamaño normal, pero estaban inyectadas en sangre. Leo miró a su madre con una expresión de puro terror infantil y, por primera vez en horas, la voz doble había desaparecido. Era solo él, un nene de nueve años completamente desbordado.

​—Mamá... me duele —sollozó Leo, aferrándose al buzo de Elena—. Me duele mucho la cabeza. Está adentro. Kael está rompiendo mis juguetes en mi mente. Dice que ya no me necesita para pensar. Me está echando, mamá. Me está echando de mi propio cuerpo.

​Elena abrazó a su hijo con todas sus fuerzas, sintiendo cómo los cimientos de piedra del sótano comenzaban a vibrar suavemente, como si la casona entera estuviera respondiendo al llanto del niño. El asedio de Kael ya no venía de la puerta; estaba ocurriendo en el interior del cerebro de Leo, y el tiempo para destruirlo se estaba agotando.




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