Nacido de mí mente

Capitulo 12: Terapia de choqué

​Las vibraciones en los cimientos de piedra se detuvieron, pero el silencio resultante se sintió como el vacío que precede a un derrumbe. El sótano se había vuelto un espacio asfixiante, donde el único faro era la mortecina luz de la linterna de Elena, cuyos filamentos titilaban con una agonía evidente.

​Leo sollozaba contra el pecho de su madre, encogido, como si intentara meterse de nuevo en el vientre materno para escapar de la tormenta que rugía dentro de su propio cráneo.

​—Elen, la policía —dijo Tomás en un susurro urgente, pegando la oreja a una de las tuberías de agua que subían hacia la planta baja—. Creo que escucho sirenas. Muy lejos, distorsionadas por la niebla, pero están viniendo.

​—No van a poder llegar a la casa, Tomás —respondió Elena, sin soltar a Leo. Su mente, entrenada para la crisis, acababa de tomar una decisión drástica—. Si los oficiales o los vecinos intentan cruzar esa pared de bruma con miedo en el cuerpo, Kael los va a destrozar. Y cada grito de terror afuera va a terminar de sepultarnos acá adentro. No podemos esperar a que nos rescaten. Tenemos que debilitar a la criatura desde su origen. Ahora.

​Tomás se acercó, arrodillándose en la tierra húmeda junto a ellos.

—¿Cómo? Dijiste que no se puede borrar un pensamiento por la fuerza.

​—No por la fuerza, pero sí por la deconstrucción —Elena apartó suavemente a Leo de su pecho y lo miró fijamente a los ojos inyectados en sangre—. Escuchame bien, mi amor. Necesito que seas muy valiente. Kael es fuerte porque se quedó con tus recuerdos feos, con los golpes de los chicos, con la soledad que sentías. Él se alimenta de eso. Para echarlo de tu cabeza, tenés que sacarle el poder que le diste.

​Leo negó con la cabeza, aterrado, tapándose los oídos con las manos.

—No puedo, mamá. Si lo miro, me grita. Me dice que si lo olvido, los chicos de la escuela van a volver a pegarme. Él me cuida.

​—¡No te está cuidando, Leo! —intervino Santi desde la penumbra, dando un paso al frente con una madurez nacida del espanto—. Nos encerró acá abajo. Hizo que Javi se enferme de fiebre. Kael no es tu amigo, es un monstruo que usa tus dibujos para lastimar a todos.

​Mía se acercó también, sentándose en el suelo cerca de Leo.

—Nosotros somos tus amigos reales, Leo. Nosotros estamos acá con vos, en el frío, y no te vamos a dejar solo. No necesitás una sombra. Nos tenés a nosotros.

​Las palabras de los chicos parecieron abrir una pequeña grieta en la coraza de Leo. El niño bajó lentamente las manos de sus oídos, mirando a Santi y a Mía con una mezcla de culpa y esperanza.

​—Eso es, Leo —guió Elena, adoptando su tono más analítico y firme, despojándose de la desesperación—. Kael es un constructo. Es una mentira que tu mente inventó para sobrevivir. Vamos a hacer un ejercicio. Quiero que cierres los ojos.

​Leo obedeció, temblando.

​—Imaginá que estás en tu habitación de la ciudad, antes de mudarnos —continuó Elena en un susurro rítmico—. Estás seguro. Kael no está ahí. Ahora, traelo a ese espacio seguro. Miralo de frente en tu mente. ¿Cómo es?

​—Es... es muy alto —balbuceó Leo, con la respiración acelerándose—. Tiene la campera larga. No tiene cara...

​—Quitale la altura, Leo —ordenó Elena con firmeza—. Pensá en él como alguien de tu tamaño. No es un gigante. Es solo una idea del tamaño de un nene de nueve años. Pensalo. Modificá el dibujo en tu cabeza.

​En el sótano, la temperatura comenzó a fluctuar de forma violenta. El aire, que había estado helado, se volvió denso, pesado, caliente por microsegundos, como si la realidad misma estuviera experimentando un cortocircuito.

​—Está... está enojado —gimió Leo, apretando los puños—. No quiere achicarse. Me está empujando.

​—¡No dejes que te empuje! ¡Es tu mente, son tus reglas! —le gritó Tomás, tomándolo de la mano para transmitirle su fuerza física—. ¡Vos construiste esa casa en tu cabeza, Leo, vos podés tirarla abajo!

​Afuera de la casona, un sonido espantoso interrumpió la sesión.

​¡WUUUU-UUUU-UUUU!

​El ulular estridente de una sirena de patrullero resonó en la distancia, pero fue cortado en seco por un estruendo metálico colosal, seguido del sonido de vidrios rompiéndose y un grito humano que se apagó de golpe en la distancia. El haz de luz de la linterna de Elena parpadeó tres veces y se extinguió por completo, sumiendo al sótano en una negrura absoluta.

​—¡Mami! —gritó Mía en la oscuridad.

​—¡Quédense quietos! —bramó Tomás, estirando los brazos a ciegas para palpar el suelo, encontrando el martillo de hierro—. ¡Elen, Leo está ardiendo!

​Elena, que seguía sosteniendo a su hijo por los hombros en la oscuridad total, sintió cómo la piel del niño cobraba una temperatura febril, casi abrasadora. Leo comenzó a arquear la espalda, despegando el torso del suelo, mientras un gemido desgarrador salía de su garganta.

​—¡Le duele, mamá, le duele! —la voz de Leo comenzó a desdoblarse otra vez, pero esta vez no era una voz madura; era un alarido de furia cósmica que resonaba desde las paredes de piedra—. «¡DEJEN DE TOCAR MIS HILOS! ¡SIÉNTANME! ¡TÉNGANME MIEDO!»

​El techo del sótano, el piso de madera del living que estaba sobre sus cabezas, comenzó a crujir como si mil personas estuvieran caminando sobre él al mismo tiempo. Los golpes ya no eran en la puerta; algo estaba arañando las tablas del suelo desde arriba, intentando cavar hacia abajo.

​—¡Leo, mírame aunque esté oscuro! —gritó Elena, desesperada, acercando su rostro al de su hijo, guiándose por el calor que emanaba de él—. ¡Kael no tiene cara porque no tiene identidad! ¡No tiene nombre real! ¡Es solo un eco! ¡Decile que ya no tenés miedo!

​—¡Ya no tengo miedo! —aulló Leo con sus propias fuerzas, rompiendo el coro de la entidad con un grito que le desgarró las cuerdas vocales—. ¡Ya no te quiero, Kael! ¡Andate de mi casa!

​Un destello de luz azul eléctrico, cegador y violento, brotó de los ojos de Leo, iluminando las paredes del sótano por una fracción de segundo.




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