La negrura que descendía por los escalones de piedra no era vacía; tenía peso, consistencia y una temperatura que congelaba la humedad del aire al instante. La linterna de Elena estaba muerta, pero la entidad emanaba su propia luminiscencia enferma: un oleaje de estática azul eléctrico que recortaba su silueta en constante mutación. Kael ya no mantenía la forma pulcra de los dibujos de Leo. Ahora era una masa caótica de humo denso, extremidades hipertrofiadas que se arrastraban por las paredes y un torso del que parecían brotar garras de pura sombra.
—¡Elena, saca a los chicos de acá! —rugió Tomás.
Tomás dio un paso al frente en la penumbra, empuñando el martillo de hierro con las dos manos. Sus botas resbalaban en el suelo de tierra, que empezaba a cubrirse de una costra de hielo cristalino. Sabía que no podía matar a un pensamiento con metal, pero la desesperación de un padre no entiende de física.
—¿A dónde, Tomás? ¡La puerta está destruida! —gritó Elena, arrastrando a Leo, que se encontraba débil y semitransparente por la fiebre, mientras Santi y Mía se pegaban a su espalda.
—¡Detrás de las barricas! —Tomás apuntó con el brazo izquierdo hacia el fondo del sótano—. Cuando revisé los cimientos la semana pasada, vi una vieja compuerta de hierro. Era el conducto por donde descargaban el carbón en el siglo pasado. ¡Da hacia el jardín trasero! ¡Rómpanla y salgan!
¡FIIIIIIIIIUUUUUU!
Un sonido siseante, como el de metal al rojo vivo sumergido en agua helada, llenó el sótano. Kael terminó de descender los escalones. La entidad se estiró hasta tocar el techo, forzando las vigas de madera superior, que crujieron con violencia. Los dos puntos de luz azul en su rostro unIforme se fijaron en Tomás. No hubo palabras en la mente de nadie esta vez; solo un rugido de frecuencias bajas que hizo que a los niños les sangraran las narices.
Una de las garras de sombra de Kael se lanzó hacia adelante con la velocidad de un látigo.
Tomás reaccionó por puro instinto: se agachó y revoleó el martillo de hierro con todas sus fuerzas contra la extremidad oscura. El metal impactó en el humo denso. Hubo un chispazo azul, violento, que quemó las pestañas de Tomás y lo despidió tres metros hacia atrás, haciéndolo chocar contra una de las columnas de soporte. El martillo salió volando, incrustándose en la pared de piedra. Tomás soltó un quejido, sintiendo el brazo derecho completamente entumecido, como si hubiera golpeado un bloque de mármol congelado.
Al fondo del sótano, Elena ya estaba destrozando sus uñas contra la vieja compuerta de hierro. Estaba trabada por décadas de óxido y tierra compactada.
—¡Santi, ayudame con esta palanca! —pidió Elena, señalando un fierro suelto del piso.
Santi, con las manos temblando y los anteojos torcidos, aferró el fierro junto a la psicóloga. Mía abrazaba a Leo, intentando mantenerlo despierto.
—Leo, por favor, no te duermas —le suplicaba Mía, llorando—. Si te dormís, él gana. Pensá en algo lindo. Pensá en tu plaza de la ciudad, en tus juguetes. No lo mires.
En el centro del sótano, Kael avanzaba hacia Tomás, arrastrando sus apéndices negros. Con cada paso de la criatura, la casonas arriba parecía debilitarse; pedazos de mampostería y ladrillos coloniales empezaban a llover desde el techo del sótano. La entidad ya no solo destruía la psique de Leo; estaba colapsando la materia física que la rodeaba.
—¡CRAAACK! —El fierro cedió en las manos de Elena y Santi.
La pequeña compuerta de hierro del conducto de carbón se abrió hacia atrás con un chillido agudo, revelando un túnel estrecho, empinado y cubierto de raíces secas que subía hacia la superficie. La luz gris de la tarde de Valle Sombrío, filtrada por la densa niebla exterior, entró como un hilo de esperanza.
—¡Mía, pasa primero! ¡Llevate a Leo! —ordenó Elena, empujándolos hacia el ducto.
—¡Tomás! —gritó Elena, dándose la vuelta—. ¡Ya está abierto! ¡Vení!
Tomás se incorporó como pudo, arrastrando la pierna derecha, que no le respondía bien. Kael estaba a solo dos metros de él. La criatura levantó tres de sus extremidades de sombra, preparándose para aplastar al hombre que osaba interponerse entre ella y su creador.
Pero Tomás no corrió hacia el túnel. Miró hacia arriba, hacia la viga maestra de madera que sostenía el peso de la chimenea central de la casa, justo encima de ellos. La madera ya estaba astillada por la presión de Kael.
—Elen... saquen a los chicos y corran lejos de la colina —dijo Tomás, con una calma espantosa en la voz. Sus ojos se encontraron con los de su esposa en la penumbra azulada—. No podemos ganarle afuera. La única forma de apagar el eco es destruyendo la caja de resonancia.
—¿De qué estás hablando, Tomás? ¡No! ¡Vení con nosotros! —gritó Elena, intentando avanzar hacia él, pero Santi la agarró del buzo con desesperación.
Tomás no respondió. Juntó las pocas fuerzas que le quedaban, se arrojó hacia el martillo incrustado en la pared, lo arrancó de un tirón y, en lugar de atacar a la criatura, le propinó un golpe brutal, seco y definitivo al puntal de madera agrietado que sostenía la estructura central del sótano.
¡CRACK-CRACK-BOOM!
La viga maestra se partió en dos. Un rugido ensordecedor recorrió los cimientos de la casona. El techo del sótano comenzó a ceder de inmediato, arrastrando toneladas de ladrillos, muebles del living y las vigas del ático hacia las profundidades.
Kael soltó un chillido agudo, una frecuencia ultrasónica de pura sorpresa y dolor, cuando el peso físico de la casa que él mismo había infestado comenzó a sepultarlo bajo una avalancha de escombros y tierra.
Tomás miró por última vez el conducto de carbón antes de que una cortina de polvo y piedras bloqueara por completo la visión del sótano, sumiéndolo todo en el clímax de la destrucción.