Nacido de mí mente

Capitulo 14: La caja de resonancia

​El conducto de carbón se sacudía como el intestino de un animal herido. Elena subía a ciegas, arañando la piedra y las raíces secas, empujando los cuerpos de Santi, Mía y el debilitado Leo hacia la superficie. Detrás de ellos, el rugido del colapso era ensordecedor: un sonido grave, titánico, de madera centenaria astillándose y toneladas de mampostería cediendo ante la gravedad.

​Un golpe de aire helado y húmedo les azotó la cara cuando finalmente salieron al jardín trasero.

​Elena fue la última en asomar el torso. Se arrojó sobre el pasto escarchado, respirando a bocanadas, con las manos ensangrentadas y cubiertas de hollín. A su lado, Santi y Mía tosían descontroladamente debido al polvo de yeso que subía por el ducto. Leo yacía boca arriba, mirando al cielo gris, con la fiebre haciéndolo temblar pero con los ojos limpios, finalmente libres de la estática azul de la entidad.

​—¡Tomás! —grito Elena, dándose la vuelta de inmediato hacia la casa.

​El espectáculo era dantesco. La emblemática casona de los abuelos, la estructura que había coronado la colina de Valle Sombrío por casi un siglo, se estaba hundiendo sobre su propio eje. El techo del ático se quebró en dos, tragándose las ventanas y las sábanas blancas que alguna vez cubrieron los muebles. La chimenea de piedra colapsó hacia el centro, cayendo directamente sobre el espacio que ocupaban el living y el sótano. Una columna colosal de polvo, ceniza y humo negro se elevó hacia el cielo, rasgando la densa capa de niebla que rodeaba la propiedad.

​Como si le hubieran cortado las cuerdas a una marioneta, en el segundo exacto en que la casa terminó de derrumbarse, la bruma que los mantenía atrapados comenzó a disiparse a una velocidad antinatural. El viento sopló con fuerza, barriendo los jirones blancos y revelando, a lo lejos, las luces de los patrulleros y las siluetas de los vecinos que se habían agrupado al pie de la colina, paralizados por el estruendo del derrumbe.

​—¿El señor Tomás...? —preguntó Santi con un hilo de voz, limpiándose las lágrimas que le corrían por las mejillas sucias de hollín.

​Elena no respondió. Se levantó del suelo, ignorando el dolor de sus rodillas y el frío que le entumecía los dedos, y corrió hacia el borde del cráter de escombros. Lo que antes era la entrada a la cocina ahora era una montaña caótica de ladrillos coloniales, vigas partidas y tierra apisonada.

​—¡Tomás! —aulló con todas sus fuerzas, cayendo de rodillas y empezando a remover cascotes con las manos desnudas—. ¡Tomás, respondeme! ¡Por favor!

​—¡Mamá, no! —Leo se levantó con dificultad, sostenido por Mía, y caminó hacia ella—. No te acerques. Es peligroso.

​—¡Tu papá está ahí abajo, Leo! —gritó Elena, desesperada, con los dedos sangrando mientras tiraba de un trozo de madera astillada.

​—Él me salvó... —murmuró Leo, mirando las ruinas con una madurez que asustaba—. Él rompió la caja. Kael ya no tiene dónde resonar.

​Santi y Mía se acercaron a Elena, intentando apartarla suavemente del borde inestable del derrumbe. Abajo, entre los huecos de los ladrillos rotos, solo había una oscuridad silenciosa y el persistente olor a quemado y azufre que la entidad había dejado atrás. No se escuchaba ningún quejido, ningún golpe metálico. Nada.

​De repente, un crujido sutil entre los escombros hizo que todos se congelaran.

​Elena contuvo el aliento. En el centro del colapso, donde la chimenea de piedra se había hundido, una losa de hormigón comenzó a moverse levemente. Una corriente de aire frío, un último vestigio de ese vaho rancio, escapó de entre las piedras.

​Santi retrocedió un paso, inflando el pecho de terror.

—No... no puede ser. La casa se cayó. Ya no existe.

​—El pensamiento no necesita una casa para vivir, Santi —susurró Mía, abrazándose a sí misma mientras recordaba la pesadilla de la noche anterior.

​Elena se quedó inmóvil, con el corazón congelado, mirando fijamente la grieta entre los escombros. De la negrura del pozo no salió la figura alta de la gabardina, pero la escarcha comenzó a dibujarse nuevamente de forma concéntrica en los bordes de los ladrillos rotos. Kael estaba atrapado bajo toneladas de piedra, mutilado y sin una estructura física que lo albergara, pero seguía respirando a través del miedo que ellos cuatro sentían en ese preciso instante.

​Al pie de la colina, las voces de los rescatistas y los gritos de los padres de Santi y Mía comenzaron a escucharse cada vez más cerca, subiendo por el camino de tierra ahora que la niebla se había desvanecido. El pueblo entero venía en camino, armado con linternas, palas y un pánico que no haría más que alimentar los restos de la criatura que yacía bajo la tierra.
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