Nacido de mí mente

Capitulo 15: La combustión del rumor

​Las luces rojas y azules de los patrulleros cortaban la oscuridad de la tarde como cuchillos brillantes. El ulular de las sirenas, que antes se escuchaba distorsionado, ahora aturdía los oídos en la cima de la colina. El jardín trasero de la casona se llenó rápidamente de hombres con chaquetas reflectantes, bomberos voluntarios y vecinos del pueblo que habían subido a pie, empujados por el morbo y el pánico del estruendo.

​—¡Acá hay heridos! ¡Traigan las camillas y las mantas térmicas! —gritó un bombero corpulento, apartando a los curiosos mientras se abría paso hacia el grupo.

​Elena sintió que unos brazos extraños y rústicos la levantaban del suelo. Intentó zafarse, sus manos agrietadas y ensangrentadas señalaban el centro del cráter de escombros.

​—¡Mi esposo está ahí abajo! —aullaba Elena, con la voz rota por el polvo y los gritos—. ¡Tomás Vásquez! La viga central cedió... él provocó el derrumbe para salvarnos... ¡Tienen que cavar! ¡Tienen que cavar ya mismo!

​—Tranquila, señora, el equipo de rescate ya está armando los puntales —le dijo un oficial de policía, intentando cubrirla con una manta de aluminio.

​A pocos metros, las escenas de reencuentro eran caóticas. La madre de Mía corrió hacia su hija, arrodillándose en el barro para abrazarla entre sollozos desgarradores, mientras el padre de Santi lo zamarreaba de los hombros, furioso y aliviado a la vez, exigiéndole saber por qué se habían rateado de la escuela para terminar en esa casa maldita.

​En medio del tumulto, Leo permanecía inmóvil. Un paramédico le había colocado una máscara de oxígeno, pero el niño mantenía la mirada fija en el suelo, allí donde la escarcha continuaba cristalizándose en los bordes de los ladrillos rotos, desafiando la temperatura ambiente.

​Media hora después, la cima de la colina se había transformado en un campamento de crisis. Los bomberos habían montado reflectores de alta potencia que iluminaban las ruinas de la casona con una claridad blanca y fantasmal. El sonido de las palas mecánicas y los picos hidráulicos perforaba la noche, pero la remoción de escombros era lenta y peligrosa; la estructura del sótano corría el riesgo de colapsar por completo, sepultando cualquier bolsa de aire donde Tomás pudiera estar respirando.

​Elena se negaba a subir a la ambulancia. Sentada en el estribo del vehículo, con una taza de café caliente que le temblaba en las manos, escuchaba el murmullo de la gente del pueblo que se agolpaba detrás del cordón policial.

​Valle Sombrío era una caja de resonancia mucho más peligrosa que la casona.

​—...yo les dije que esa casa estaba maldita desde la época de los viejos —susurraba una mujer mayor, persignándose ante la mirada de otros tres vecinos—. ¿Y vieron al nene de la ciudad? Estaba ahí adentro con los chicos que faltaron a clase. Mi nieto me contó lo que pasó con Renzo en el recreo. Ese chico tiene el diablo adentro, les digo. Él tiró la casa con la mente.

​—Dicen que los amigos vieron una sombra gigante salir de las ventanas antes de que todo se viniera abajo —añadió un hombre joven, con los ojos abiertos por el miedo, mirando de reojo hacia la oscuridad de los campos circundantes—. Que hay algo suelto en la colina.

​Elena cerró los ojos, apretando los dientes. Podía sentirlo. El ambiente no se estaba calmando; el pánico colectivo estaba hirviendo. Las teorías conspirativas, los mitos locales y el miedo legítimo de los padres estaban creando una masa de pensamiento uniforme en todo Valle Sombrío.

​De repente, un grito proveniente del centro del cráter interrumpió las vibraciones de la maquinaria.

​—¡Paren los motores! ¡Paren todo! ¡Escuché algo! —bramó el jefe de bomberos.

​El silencio que siguió fue absoluto. Los reflectores iluminaban la polvareda en suspensión. Elena se puso de pie, dejando caer la taza de café al suelo. Santi y Mía se soltaron del agarre de sus padres y caminaron hacia el cordón de seguridad, conteniendo el aliento.

​Desde lo profundo de las ruinas, debajo de la pesada losa donde la chimenea de piedra se había asentado, llegó un sonido sutil.

​Toc. Toc. Toc.

​Eran tres golpes rítmicos, espaciados, metálicos. El sonido de un martillo de hierro golpeando contra una tubería de agua. Tomás estaba vivo.

​Elena soltó un sollozo de alivio, pero la alegría le duró un suspiro. Justo al lado de la grieta de donde provenían los golpes de su esposo, los reflectores de alta potencia parpadearon con violencia. Una violenta ráfaga de viento helado barrió la colina, apagando dos de los generadores eléctricos de los bomberos y sumiendo la mitad del cráter en una penumbra azulada.

​Leo se quitó la máscara de oxígeno de un tirón y miró a su madre con el rostro desencajado por el pánico.

​—Mamá... —susurró el niño, y Elena pudo ver, con horror, que las pupilas de Leo comenzaban a dilatarse de nuevo—. No son solo los golpes de papá. Kael se está despertando otra vez. Toda esa gente que está allá atrás... lo están llamando con sus miedos. Lo están haciendo fuerte otra vez.

​Abajo, en la negrura del pozo, entre el crujido de los ladrillos, algo pesado comenzó a arrastrarse hacia la superficie, usando el mismísimo ritmo de los golpes de Tomás para abrirse paso.

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