Nacido de mí mente

Capitulo 16: La masa crítica

​El pánico es un combustible altamente volátil, y en Valle Sombrío, las llamas se estaban propagando rápido.

​Detrás del cordón de plástico amarillo que perimetraba las ruinas, la multitud de vecinos crecía a cada minuto. Las linternas de sus celulares se movían como luciérnagas histéricas en la oscuridad. El murmullo se había transformado en un rugido de indignación y sospecha. Los rumores ya no eran susurros; eran acusaciones directas que flotaban en el aire helado.

​—¡Saquen a ese nene de acá! —gritó un hombre desde la primera fila, señalando a Leo con el dedo tembloroso—. ¡Desde que llegaron, este pueblo es una desgracia! ¿Qué le hicieron a mi hijo? ¡Javi no para de delirar en la cama!

​—¡Fue él! —secundó la madre de uno de los compañeros de escuela—. ¡Mi hijo dice que el nene maneja las sombras! ¡Miren el frío que hace, esto no es normal!

​Elena, con las manos vendadas y el buzo cubierto de ceniza, miró a la multitud y luego hacia el pozo de escombros. El piso vibraba. El toc, toc, toc que venía de las tuberías se estaba acelerando, pero ya no sonaba como un mensaje de auxilio en código morse. Sonaba como un tambor de guerra, un pulso rítmico que coordinaba los latidos del corazón de toda esa masa de gente asustada.

​—¡Señora Vásquez, apártese! —le ordenó el jefe de bomberos, empujándola suavemente mientras dos hombres con picos hidráulicos se preparaban para perforar la losa de la chimenea—. Vamos a romper el bloque central. Si su esposo está atrapado en la línea de la tubería, esta es la única entrada limpia.

​—¡Esperen! ¡No lo hagan! —gritó Santi, corriendo hacia el borde del cráter, esquivando a un policía que intentó atajarlo—. ¡El ruido no viene de abajo! ¡No es el señor Tomás!

​Mía se sumó al grito, con los ojos fijos en la grieta que se abría bajo la losa.

—¡Está usando los golpes para que caven! Kael quiere que abran la puerta para salir. ¡Si rompen esa piedra, lo van a liberar!

​Los bomberos se detuvieron un segundo, desconcertados por los gritos de los chicos, pero el jefe de bomberos sacudió la cabeza con fastidio.

—Chicos, por favor, vuelvan con sus padres. Hay un hombre muriéndose ahí abajo por falta de aire, no tenemos tiempo para mitos del pueblo. ¡Muchachos, enciendan las máquinas!

​El motor diésel de la perforadora rugió, soltando una bocanada de humo negro. La punta de acero comenzó a golpear la losa de hormigón con un estruendo ensordecedor: ¡RAT-TAT-TAT-TAT-TAT!

​Elena sintió que el tiempo se ralentizaba. Miró a Leo. El niño estaba de rodillas en el barro, con los ojos abiertos de par en par. La estática azul ya no solo parpadeaba en sus pupilas; pequeños hilos de luz eléctrica comenzaban a danzar entre sus cabellos, atrayendo el polvo en suspensión.

​—Están pensando en él... —susurró Leo, con una voz que ya no controlaba—. Todos ellos. Tienen miedo de que salga de la fosa. Y porque tienen miedo de que salga... él está saliendo.

​Elena comprendió en ese instante la terrible paradoja de la psicología de la criatura. Tomás había destruido la casona para apagar la caja de resonancia física, pero Kael había encontrado una caja de resonancia mucho más grande, viva y poderosa: la mente colectiva de Valle Sombrío. Si la multitud seguía alimentando la idea del "monstruo bajo las ruinas", la criatura rompería el hormigón antes de que las máquinas pudieran tocarlo.

​Desesperada, Elena se dio la vuelta y corrió hacia el cordón policial. Saltó la cinta amarilla, ignorando los gritos de los oficiales que intentaban detenerla, y se plantó frente a la masa de vecinos enfurecidos.

​—¡Cállense! ¡Escúchenme todos! —aulló Elena, subiéndose al capó de un patrullero para que todos la vieran. La luz estroboscópica roja y azul iluminaba su rostro desencajado—. ¡Soy psicóloga! ¡Sé lo que está pasando acá! ¡Necesito que se calmen ahora mismo!

​La multitud se silenció por un segundo, sorprendida por la audición de la mujer.

​—¡Su hijo es un peligro! —gritó un vecino, alzando una pala.

​—¡Mi hijo es una víctima! —replicó Elena, con una autoridad que acalló los murmullos—. Lo que pasó en la escuela, lo que pasó en sus casas anoche... no es un demonio ni una maldición. Es una fuerza nacida del miedo y del dolor de un niño solo. Pero ahora, esa fuerza se está alimentando de ustedes. Cada vez que gritan, cada vez que culpan a Leo, cada vez que imaginan a una sombra en la oscuridad, le están dando los músculos que necesita para destruir este pueblo. ¡Tienen que parar de tener miedo! ¡Tienen que vaciar sus mentes!

​Una risa amarga y nerviosa corrió entre la gente. ¿Cómo pedirle a un pueblo entero que no tuviera miedo cuando el aire estaba a cinco grados bajo cero en pleno mayo y las ruinas de una casa vibraban como si tuvieran un corazón latiendo adentro?

​¡CRACK!

​El sonido no provino de la perforadora de los bomberos. Fue un crujido seco, colosal, que partió la losa de hormigón de la chimenea de punta a punta, justo antes de que el pico de la máquina la tocara.

​La perforadora hidráulica se detuvo en seco cuando el motor se apagó, como si la batería hubiera sido succionada por completo. Los reflectores gigantes de los bomberos parpadearon una, dos veces, y estallaron simultáneamente en una lluvia de chispas de vidrio, sumiendo a la colina en una penumbra terrorífica, iluminada únicamente por las luces giratorias de los patrulleros.

​Desde la enorme grieta del hormigón, el toc, toc, toc cesó.

​En su lugar, una mano gigante, hecha de una negrura tan densa que parecía absorber la luz de las balizas, emergió del fondo de la fosa. Los dedos, largos, delgados y terminados en puntas afiladas de sombra sólida, se aferraron al borde de la piedra rota.

​La masa de vecinos retrocedió en tropel, soltando un grito unísono de puro terror. La masa crítica se había alcanzado. Kael ya no necesitaba que Leo pensara en él; el pueblo entero lo había traído de vuelta a la superficie.




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