Nacidos entre las sobras - Sueños Oscuros, Libro 2

Capítulo diecinueve

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Estaba preparando mis maletas en la gran casa de Cross, cuando de pronto esté entro diciendo que teníamos que irnos, que había sido una decisión de Frederick y que nos alcanzaría después. Tomo mis maletas y nos dirigimos al auto, después al aeropuerto. Abordamos el pequeño avión privado en el que supuestamente partiremos, me senté pegada a la ventanilla, me sorprendió al darme cuenta de que la tripulación era completamente Humana.

Cross se había sentado del otro lado del pasillo como si estuviera manteniendo la distancia o estuviese aguardando el lugar para alguien más, el aburrimiento se apoderó de mí y me quedé dormida, hasta que sentí un cosquilleo en mi mejilla que me hizo despertar. Me encontré los ojos azul ártico de Frederick frente a mí, tenía una sonrisa en sus labios, el cabello le caía ligeramente sobre los ojos... se veía tan, pero tan sexy que tuve que morderme el labio para no saltar sobre él.

—Abróchate el cinturón que estamos por partir.

—Pensé que nunca lograríamos hacer este viaje.

—Oye, te prometí algo y no pienso romper mi promesa, bajo ninguna circunstancia.

Mi corazón de un salto al escuchar sus palabras, pero no quería hacerme más ilusiones. Así que para distraerme me coloqué el cinturón de seguridad y tomé un libro que estaba frente a mí. Pero ni siquiera pude poner la atención, en lo único que podía pensar era en el hombre que estaba sentado a mi lado, quién discutía animadamente con Cross. Pero sabía que estaba pendiente a cada una de mis acciones.

En un momento del vuelo él se dirigió a la cabina para hablar con los pilotos, en ese momento el espectro se sentó frente a mí en su forma humana.

—¿Sabes que Z beso a Frederick?

—No, no lo sabía —. Desvié mi mirada a la ventanilla, algo dentro de mi pecho se quebró.

—Ella está enamorada de él.

—Él es un hombre apuesto y es el Alfa de la manada... muchas... están enamoradas de él.

Yo no quería tener esta conversación, no quería enterarme de las intimidades que tuviese con otras mujeres, no quería saber quiénes más están enamoradas de él... tampoco quería aceptar que estaba celosa...

—Él podría enamorarse de Z, fácilmente.

—Quizá lo haga.

—Y tú podrías enamorarte nuevamente, quizá.

—No lo sé, lo intenté por cinco años y nunca fue algo real... nunca fue de la forma en la que me siento con él.

No sé por qué le dije eso, pero mi respuesta es auténtica, en ese momento no sabía que lo que estaba buscando era Frederick, que era él a quién había estado buscando por todo este tiempo. A quién pertenece mi corazón, que cuando le encontré me negué a aceptar esta realidad, pues estaba aterrada.

—Es una pena que después de que termine este año, él se irá con otra y tú te quedarás sola.

Sentí como un nudo se formaba en mi garganta.

—No estoy sola, tengo a Iris, Dante, Dimitri, Adrik... Incluso a Aleck y a Yurik.

—Pero no a Frederick.

—¿Que pretendes con esto Záitsev?

Acerco su rostro al mío, casi tocando su nariz con la mía.

—Quiero que luches por mi hijo, que demuestra por que los dioses te escogieron para él, que le demuestres a la puta manada que lo que te ocurrió no te destruyó si no que eres más fuerte.

Después de eso se alejó, me quede helada, no tenía voz, ni idea de que hacer.

El viaje no fue más que de un par de horas, aterrizamos en una pequeña pista privada. Todo estaba perfectamente limpio, había poca nieve y el frío era tenue.

—¿Entonces cuál será nuestra primera parada?

Después de bajar del avión me percaté que Cross no nos seguía, sólo nos seguía el espectro. Lo cual me hizo sentir un poquito más a gusto, pues como él había prometido sólo seríamos nosotros dos.

—Iremos a la residencia de los Romanov, es el lugar donde vivía Isabella... mi madre biológica... quiero conocer algo de ella, saber si realmente ella quería tenerme—. Me había tomado semanas preparar el itinerario, pero no teníamos mucho tiempo, para todos los lugares que necesitaba recorrer.

—Bien, entonces comenzaremos por allí.

En el hangar había una camioneta todo terreno, con los vidrios tintados. Frederick abrió la puerta del copiloto para que yo subiera, después abrir la puerta trasera para que el espectro subiera, tomó el lugar al volante. Antes de que encendiera el motor, le di la dirección a donde debemos ir. Programó el GPS y, puso la camioneta en marcha.

En el estéreo de la camioneta en la música era agradable, instrumental, una melodía que me parecía conocida... pero no lograba identificar. Záitsev iba sentado atrás con sus ojos clavados en mí a través del retrovisor, me estaba poniendo los pelos de punta. Estos dos hombres cuando se lo proponen pueden ser realmente aterradores.

—¿No habrá manera de que pasáramos a dejar en alguna guardería al perro? —. Le interrogué Frederick con fastidio.

—En eso mismo estaba pensando, pero, si lo dejamos en alguna guardería o estancia para perros seguramente matara a alguien del susto.




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