Mascara.
Cuando vi su número en la pantalla de mi celular, casi dejé de respirar, casi. Afortunadame nte todo salió bien, no hubo reclamos, gritos, insultos... solo dos personas hablando e intercambiando opiniones. Algo así como si fuéramos amigos, creo que eso fue algo que nunca nos dimos la oportunidad de ser. Hablamos hasta un par de horas después del amanecer, no quería que esa llamada terminara, pero debía llegar a su fin.
Quería haberle dicho tantas cosas, pero siempre que estas estaban por salir de mi garganta, le cambiaba el tema, lo mejor fue no sacarlo, no sé en qué habría terminado eso. Me di una ducha rápida antes de dirigirme a mi oficina, me era extraño ya no ver los rostros de las personas que estuvieron a mí alrededor por tantos siglos. Todos aquellos con los que crecí y confié, pero tenía que acostumbrarme a esta situación.
Ya había estado fuera de mi por un par de meses, ahora a poner orden, necesitaba tener una mano derecha y una izquierda nuevamente... pero ¿Quién? No sabía en quien podría confiar para que entran al círculo más alto de la manada, ya habíamos dejado entrar a alguien y destrozo la manada.
Solo habría una manera de hacerlo, pero sea algo invasivo para él o ella, y tendría que usar parte de mis habilidades como Cazador... lo cual en este momento era una especie de "bendición". Al llegar a mi oficina me encontré con Orando sentado en mi lugar, estaba al teléfono, de modo que me senté frente a él y lo dejé terminar.
—¿Cómodo?
—No, tu trabajo es brutalmente agotador.
—Naa, solo debes controlar los aspectos más sutiles de la manada.
—Sera lo que digas, pero no es un trabajo que yo quiera hacer, así que como estas sobrio y bañado, te cedo el honor de ser el señor y Alfa de la manada.
—¿Honor?
—Bueno, retoma tus responsabilidades.
Se puso de pie, estirando sus músculos, parecía más un gato que un Lobo.
—No he encontrado el dichoso libro del que me dijiste.
—¿Buscaste en la librería que te dije?
—Sip, pero no está allí... quizá lo vendieron.
—No... déjame corroborarlo y cuando sepa donde esta deberás ir por él y traerlo a cualquier costo.
—¿Por qué es tan importante? —me interrogo Orlando sentándose frente al escritorio donde yo había estado.
—Porque, uno de mis "creadores" es el dueño y escritor, es el hijo del alquimista.
—¡Mierda!
—Sí, y lo necesito.
—Dalo por hecho, pero por lo pronto tienes un montón de trabajo.
Le dedique un par de horas al trabajo de Alfa, solo eran trámites burocráticos practicamente. Me llamo la atención la cantidad de solicitudes de entrevista que tenía por "mi divorcio" y la separación de la manada. Pero esta vez no iba a hacerlo de nuevo, manejaría todo como hasta ahora, en privado. Después de meditarlo un rato, quizá daría una o dos entrevistas, no quería que le dieran la espalda a la manada de ella.
—Orlando.
—Dime —respondió sin levantar la cabeza de los papeles que estaba leyendo.
—¿Tienes a Lobos de tu infinita confianza que pueda entrevistar para ocupar los lugares de Dante, Dimitri, Iris, Patricia y los gemelos?
—¿Quieres remplazarlos a todos?
—Necesito hacerlo.
—Ok, si tengo unos cuantos. ¿Cuándo quieres verlos?
—Esta tarde.
—Los llamare.
Deje a Orlando trabajando en la oficina, seria él quien remplazaría a Dante, solo Orlando podría hacerlo. Comencé a hacer una ronda por cada edificio del Vulpak, me di cuenta de que había demasiados recuerdos entre esas paredes. Después de casi novecientos años, no me sorprendería. Este lugar era mi hogar, más de lo que fue la casa de mis padres adoptivos o la casa que compartí con Isidro Taftian.
Aquí pase los mejores años de mi juventud, y los peores de ella, en este lugar me enamore dos veces, ambas de una humana. Y en las dos ocasiones, todo fue una mierda... ¿Qué me decía eso?
—Grigori.
Me detuve un segundo, no me gustaba ese nombre. Representaba demasiado de quien no era, o quien no había sido, pero ese era yo ahora.
—Camia conmigo Ewha.
Él Lobo se puso a mi lado, caminando conmigo.
—Quiero hacerme cargo del Vulpak.
—¿Quieres dejar a la manada de lupinos?
—No, y si... Mis cachorros quieren estudiar aquí, ya no quieren ser educados en casa.
—¿Cuántos se matricularán?
—Son pocos, cerca de ciento veintitrés, hasta ahora.
—Bien, lo estabas haciendo bien antes de que regresara. Además, yo debo encargarme de otras cosas.
De pronto Ewha se quede parado.
—¿Confías en mí?
—No, pero de igual forma haces muy bien tu trabajo —le respondí de la manera más honesta que pude, volviéndome a verlo.
—No te traicione.