Nacidos entre las sobras - Sueños Oscuros, Libro 2

Capítulo treinta y cuatro

Puente.

Me encontraba en la que había sido mi oficina, que ahora pertenecía a Ewha como Regens de la manada, con mi nuevo grupo de "mejores amigos" escuchando ideas de como torturar, perdón. De cómo seleccionar de manera óptima y sin errores a los miembros del Consejo, una de las ideas era utilizar el mismo método usado con ellos, cosa que descarte. En fin, aquí estoy y aquí estamos, o estábamos cuando recibí una llamada en el celular.

—¡Eres un hijo de puta!

Su grito lo escucharon todos, pero creo que sólo yo reconocí la voz, de modo que les ordené a todos que salieran.

—Ya se lo que soy, pero ¿A qué viene el recordatorio?

—¿Cómo pudiste hacerlo? ¿Qué te da el derecho? ¿Quieres comenzar una guerra?

—Te juro Alekssandra que no sé de qué mierda estás hablando.

—Me refiero a lo de anoche, ¿Cómo entraste a mi habitación?

Todos mis sentidos se pusieron en alerta, esto era una odiada broma... o eso esperaba.

—Yo no estuve en tu habitación, ni siquiera estamos en el mismo país.

—Claro que si... hicimos... tuvimos sexo, yo pensé que fue un sueño, pero hace unas horas me lo confirmaste, estabas frente a mí.

Me quedé en shok, desvíe la mirada a mi padre que estaba y había estado todo el día y la noche pasada conmigo. Habíamos estado más de cuarenta y ocho horas preparando lo del Consejo, puesto era valgo que urgía.

—¿Dónde te encuentras en este momento?

—Que te importa.

—¡Responde maldita sea!

Ok, no debí gritarle, pero esto era importantísimo.

—En la biblioteca de la casa.

—Záitsev, ve con Alekssandra ahora —me dirigí a mi padre, quien un tanto adormilado obedeció. —Alekssandra, escúchame bien. Yo no he abandonado el Vulpak en más de un año, no me he acercado a Rusia en seis meses. No entre en tu habitación y no estuvimos juntos, pero sobre todo no estuve frente a ti.

—¿Por qué lo niegas?

—No fui yo nena, y no fue mi padre, él te confirmará lo que digo.

Escuche la conversación, mi padre le confirmaba y explicaba lo que le había dicho. La línea quedó en silencio, por lo que me parecieron horas. Quería estar con ella, saber qué diablos estaba ocurriendo, pero no podía.

—¿Qué está ocurriendo Grigori? —me interrogó con un tono de voz casi infantil, estuve a un segundo de decirle que para ella siempre sería Frederick.

—No lo sé pequeña, pero ya puse en alerta a todos, a Dimitri, Iris, Dante, Adrik y... a Aleck.

—Tengo miedo.

—Todo se va a resolver, te lo prometo.

Escuché las voces de quienes fueran mis amigos a su alrededor, sentí una punzada de celos. Quería ser yo, quería estar allí, pero no podía, no debía.

—¿Frederick?

—No, Grigori.

—Da igual Lobito, ¿Qué sabes?

Puse los ojos en blanco antes de responderle a Adrik, le dije que ella había llamado para reclamarme, pero que no había sido yo.

—Dile a Záitsev que rastree a los Cazadores, esto tiene su aroma por todos lados.

—¿Tu podrías saberlo mejor que él? ¿Podrías encontrar más rápido su huella?

—Sí, pero no lo are.

—¿Por qué?

—Ella ya no es mi responsabilidad.

Me dolió en el alma decir eso, pero era verdad.

—Tienes razón, pero... velo como un favor, de Alfa a Alfa.

¿Podría soportar tenerla cerca? No, seguramente no.

—¿Te arriesgaras a poner a tu Alfa en la misma habitación conmigo?

—Si —respondió sin dudar.

Debería estar desesperado para responder eso, o aún confiaba demasiado en que no la dañaría.

—Puede ser peligroso para ella.

—¿Qué más peligro puede haber que un hijo de puta haciéndose pasar por ti? —me gruño algo molesto —¿Será que tienes miedo de volver a verla?

¡Hijo de puta! Si habían pasado ya seis meses, pero no temía volver a verla, temía no poder controlarme.

—Será bajo tu responsabilidad.

—Bien, te veremos en casa de Verona, ese es territorio neutro.

—Allí estaré.

Me patee mentalmente por no poder negarme, era demasiado orgulloso para aceptar que tenía miedo de verla. De querer abrazarla y después cortar su cabeza o simplemente tomarla allí frente a todos. Di órdenes para que prepararan un vuelo que saliera esa misma tarde, me odie por estar tan lejos de ella.

"Meylan, ven a la oficina". Le ordene a la pequeña mujer a través de la senda telepática común.

Cinco minutos después ella entra por la puerta.

—¿Para que soy buena jefe?

—Aremos un viaje, sólo tú vas a acompañarme. El resto se queda a terminar lo del Consejo.




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