Nacidos entre las sobras - Sueños Oscuros, Libro 2

Capítulo treinta y siete

Deseos.

Por fin estábamos viendo el terreno donde se construiría nuestra casa, un terreno que Aleck me había regalado. Este era inmenso, rodeado de bosques, con un río y un lago cerca. Ro deado de montañas, un lugar que seria seguro para nosotros. El lugar perfecto para construir un nuevo hogar, uno que sería mío.

—¿Quieres ver los planos?

—¿Están listos tan rápido?

—Aarón Maxwell es el mejor arquitecto que conozco.

Aleck me explico dónde es que se suponía iría cada habitación, la biblioteca, la cocina. Su forma de describir las cosas me permitió imaginar el lugar, las paredes los muebles en su interior el jardín en el exterior. La alberca, la fuente y otros detalles que harían de ese lugar la guarida de la manada.... me percaté que llamarlos con mi apellido no sería justo, puesto que cuando yo murieran ese sería un doloroso recordatorio.

—¿Te gustan las ideas Aarón?

—Sí, ya quiero que esté terminada.

Le respondí mientras el devolvía los planos a su lugar, era tanto lo que tenía Aarón en mente para la construcción de ese lugar que no cabía en sólo un par de láminas. Me aleje un poco de Aleck y del automóvil, caminando hacia el enorme prado donde estaría mi casa. No quería morir, ese pensamiento me asaltan a noche y día desde que volvimos de la isla de la Oscura. Sabía que Grigori tenía la clave de la manera de detener mi mortalidad.

Pero ahora él había dejado en claro que yo no era su problema, acudió a ayudarme, pero sólo porque yo lo llame. De haberle hablado Adrik o Dimitri seguramente habría dicho que no, quizá entonces si puede hacer algo al respecto tenga que llamarle... mis pensamientos fueron interrumpidos cuando sentí los brazos de Aleck esperándome, se sentía bien estar entre sus brazos, era... diferente.

—¿Qué pasa por esa cabeza suya mi señora?

—Sólo me preguntaba porque Yurik no quiso apoyarnos, digo nos brindó toda la ayuda para separar a la manada y después se quedó.

—Lealtad Alekssandra, cuando lleve a Grigori a la casa Bellator, fue Yurik quien le dio el apoyo. Ante todo son la única familia de sangre que les queda, Yurik y él son los últimos de los suyos.

—Bien, quería invitarlo a la inauguración de la casa, pero veo que no será.

—No, lo lamento.

Sentí sus labios en mi cuello, y un calor dulce y lento recorrió mi cuerpo.

—¿Sabes si la otra manada ya tiene su consejo?

—No hasta donde Dante me ha contado, a ellos les ha sido más difícil.

—Lo imagino, les dejamos a lo peorcito.

No pudimos evitar reír, un par de horas después y un millón de besos volvimos a la casa franca. El pensamiento de hablar con Grigori había regresado a mí, con más fuerza. Comimos algo rápido en la cocina y me dirigí a la biblioteca donde tenía mi oficina temporal, allí firmaría algunas cosas y peticiones.

Mientras estaba enfrascada en el trabajo de ser Alfa, la idea de verlo se evaporo. De pronto una muy enfadada Margarita entró a la biblioteca y se dejó caer en el sillón que estaba frente a la estantería de libros, cerca de la entrada.

—¿Qué ocurre Magy?

La niña sólo me observaba, con sus brazos sobre su pecho.

—Pasa que estoy por cumplir once años, y el carcelero Adrik no me deja ir a una fiesta, con mis compañeros de música.

—¿Por qué no te deja ir?

—Sólo porque vamos a festejar el cumpleaños de Ilaya.

La vi sonrojarse cuando pronunció el nombre del chico, un nombre que me traía dolorosos recuerdos. Pero es que en Rusia, muchos chicos se llaman Ilaya.

—¿Te gusta ese tal Ilaya?

—No... Bueno, no sé. Quizá sí, pero Adrik se pone como papá oso siempre que ese chico está cerca de mí.

La situación de Adrik era más dolorosa y frustrante que la mía, él podía estar cerca de la persona con quien tenia un vinculo de sangre y no puede tocarla en ninguna forma. No puede decirle porque no puede salir con otros hombres, no puede controlar sus celos y sobre todo eso tendrá que esperar con la posibilidad de que ella se enamore de alguien más. No envidio su vida para nada, lo compadezco, a los dos.

—Hizo un juramento, el juro que te protegería con su vida.

—¿Pero qué cree Ilaya me pueda hacer? —grito la pequeña frustrada.

—Romperte el corazón, eso lastimaría a Adrik, mucho.

—Supongo que él no quiere verme sufrir.

—Ninguno de nosotros quieres eso.

—¿Qué ocurrirá el día que me case? ¿No va a dejarme?

¡Demonios!

—No lo sé, pero para ello falta tiempo.

—¿Puedes convencerlo para que me dejé asistir a la fiesta?

—Veré que puedo hacer.

—Gracias —respondió más animada. —Extraño a Frederick… o Grigori, y nadie me permite llamarle.

Margarita me veía con esos ojos de cachorro, en ellos pude leer su suplica. Sin responderle nada, me puse de pie dirigiéndome a la puerta, entonces cerré esta con llave. Y le indique que se sentara conmigo en el sofá, la niña se sentó a mi lado sin dejar de observarme.




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