Lobos
Slavik
Margarita entró a la que sería su casa por tiempo indefinido, se dejó caer pesadamente en el sofá sacando su teléfono celular de la bolsa de la chamarra. Tratando de ignorar al Lobo testarudo y mandon que siempre la cuidaba, en ocasiones era exasperante.
—¿Quieres por el amor a los Dioses dejar ese aparato del demonio?
—Solo el gran Adrik Slavik podía usar “Dioses” y “Demonio” en la misma oración —. Se burlo ella sin apartar la mirada de su dispositivo.
—¡Margarita! Deja ya de ser tan insolente.
—¡Deja de querer controlarme!
—¡Eres una niña y… estas a mi cargo!
—Bien.
La chica arrojo su celular a la mesa de centró, Adrik la observaba con detenimiento. Le daba un poco de ternura verlo en modo papá Lobo, pero tambien le sacaba de sus casillas la actitud sobre protectora y sobre toxica que tenía en ocasiones.
—En dos meses cumplirás diecinueve años.
—Lo sé, pero no podre tener una fiesta con mis amigos, y no podre bailar con Taylor por tu culpa.
Adrik tuvo que respirar lo más lento posible para no gruñirle.
—Pero, puedes tener una gran fiesta aquí, hacer nuevos amigos… y bailar conmigo.
—¿Bromeas? Eres un anciano, sería como bailar con mi abuelo.
El Lobo estaba visiblemente ofendido.
—Fingiré que no me llamaste abuelo, Margarita… o tendré que decirte ese hermoso sobrenombre que Tristan te dio.
—¡No! Es horrible.
—¡Retráctate!
—Bien, me disculpo por haberte llamado anciano y haber insinuado que eras un abuelo.
Él se acercó a ella sentándose perezosamente a su lado, a Grigori la había rescatado a los nueve años en un club de sangre. Tristemente se había vinculado con ella dos años después, aun para su raza era un cachorro. tenían ahora un lazo de sangre, pero él no podía confesarle porque rayos era tan posesivo con ella. No sabia como el vinculo los podía unio o destruir, dabia de casos en que era amor eterno, pero sabia de otros que eran destrucción y muerte. Tampoco le podía explicar porque tenía que mantener a todos los machos, Lobo, Latentes o Humanos lejos de ella. Ella solo lo veía como su tutor, su padre adoptivo y no como el Lobo que sería su compañero.
—Después de tu cumpleaños voy a contarte algo, necesito que lo sepas para tomar una decisión a futuro.
—¿Vas a casarte con alguna… —la voz de Margarita se desvaneció, ella no se imaginaba a Adrik casado con nadie —¿Vas a salir en alguna cita?
—No.
—¿Conociste a alguien?
—No.
—¿Es alguien del pasado?
—Algo así.
Su respuesta la desilusiono un poco, pero fingió que no le importaba.
—Bien, cuando estés listo, puedes presentármela.
—Eso are.
—Me muero de sueño, me voy a dormir.
—Nada de usar ese aparatejo, vas a dormir no a chatear con el zorrillo ese.
—¿Cuál zorrillo? Oh, Taylor… No es ningún zo…
—Si lo es, algo apesta en él.
—Bien, no voy a discutir esta noche contigo. Descansa y sueña con esa novia tuya, ya la conoceré después y le contare algunos sucios secretos tuyos.
Se despidió tan rápido de él que, dándole un beso en la comisura de los labios y salió corriendo a su habitación. Él se quedó allí sentado, pensando en las implicaciones que tendría el revelarle la verdad a esa niña. Seguramente se enfadaría y trataría de alejarse de él, entonces él tendría que obligarla a permanecer y todo lo que se supone debe ser natural, bueno y honesto en una pareja, se oscurecería, sería sucio y podrido.
En ese momento no sabía si odiaba más a los dioses o a sí mismo, pero no tenía opción, debía hablar con ella y ella tenía que tomarla decisión de seguir con él o no. Si por juego del puto destino, ella no quisiera permanecer a su lado y en contra de su naturaleza, entonces él caminaría a su ultimo amanecer. Prefería eso a retorcer lo que sentía por ella, solo porque a los dioses se les ocurrió la perversa idea de vincularla a él.
Landeros
Dante e Iris entraron de la mano a la casa, era cómoda, pequeña y justo para ellos dos. Ella había estado callada todo el camino, no es que la distancia de la casa de los Zerrato a la suya fuera mucha. Pero, eso era completamente anormal en ella, en ocasiones Dante le decía que ella era una boca de cuerpo completo, que incluso hablaba dormida. Entonces, el que no dijera nada le preocupaba.
Aun que había aprendido de una forma dolorosa a no presionarla, se armaría de valor y esperaría a que ella hablara, al final del día, siempre terminaba haciéndolo. Se quitaron las pesadas chamarras, y las dejaron en el perchero, las botas, las bufandas, los guantes y los gorros.
—¿Crees que esta noche nevé?
—No, no huele a nieve.
—Dante…
—Dime mi sol.