Verdades
Muerte. Había dado muerte a un lobo.
Aunque no era la primera vez que mis colmillos silenciaban una vida, esta se sentía distinta. No había victoria en ello, ninguna oleada de triunfo. Matar a Michael Voltton no me llenó de la liberación ni la felicidad que mis instintos esperaban. ¿Cómo celebrar la victoria de la manada sobre la Alianza del Este cuando la razón de mi angustia era tan simple y brutal? Yo era un lobo. Y, sobre todo, su Alfa.
¿En qué lugar me deja eso? ¿En qué lugar deja ese hecho a mi compañera?
Si lo deseo, puedo vivir tanto como los gemelos Slavik o como Henriette, pero... ¿Alekssandra? ¿Seré capaz de verla marchitarse hasta morir? ¿Soportaré la carga de continuar mi existencia sin ella? En este momento me arrepentí de haberla metido en mi mundo, de haberla traído a un mundo al que no pertenece. Debí ser más fuerte y mantenerme alejado de ella, pero como un perro la busqué hasta que la tuve... Fui un verdadero malnacido; aún lo era por seguir a su lado.
Por el momento, tanto Venántium como la Alianza del Este estaban calmados, esperando el siguiente movimiento. De igual forma, sabía que la manada estaba esperando; tenía que continuar la vida como era. Dante Landeros estaba sentido conmigo y entendía el motivo; pese a eso, me apoyaba en todo. Sin embargo, la sentencia de muerte que había caído sobre las cabezas de sus hermanos y su padre no se la tomó bien. Había sido decisión del consejo, después de exponer los planes de los Landeros por colocar a su infiltrado bajo las narices de Ewha.
Tal parecía que, en lugar de procurar la felicidad de las personas que amo, solo estoy causándoles dolor. Era como colocar una piedra más en el montón de rocas que ya habían puesto sobre mi espalda. Esa mañana me alejé del Vulpak, con un rumbo específico en mente. Nadie supo que no estaba dentro del perímetro de Cruces y Rosas, pero aún me encontraba dentro del perímetro del Valle. Necesitaba estar solo, un tiempo para pensar y aclarar mis ideas.
Creo que, para empezar, debía delegar responsabilidades, algo que Isidro Taftian nunca había hecho. Por ello la manada estaba tan jodida. Dejar responsabilidades a otros; finalmente, para eso estaban, y yo era su Alfa. No podía hacerme cargo de todo el mundo: de los problemas del Vulpak, de los de la manada y ahora los humanos, y los de siempre, los cazadores. Hasta el momento, los humanos se han tomado bastante bien la noticia de nuestra existencia; me he topado en la red con páginas creadas por ellos donde hablan de nosotros.
Incluso las páginas y blogs creados por los miembros de la manada, con historias nuestras, perfiles de los que estamos a la cabeza y cualquier detalle que les es permitido compartir, son muy populares. También recibimos amenazas de fanáticos, sentencias de muerte, de ser monstruos o aberraciones, incluso de ser hijos del demonio. Cosas que ya antes nos habían dicho, solo que en el pasado pudimos volver al anonimato. Dudo que en esta ocasión podamos volver a las sombras.
Haciendo una lista de prioridades, Alekssandra quedaría en primer lugar y después de ella no sabría qué colocar. Es tanto y en tan poco tiempo. Caminé por lo que parecieron horas, no lo sé; solo sé que llegué a mi destino. La vieja presa, una construida hacía unos 170 o 180 años, en la que había participado la manada. Esta pequeña presa alimentaba la mayoría de las propiedades alrededor del Valle y al Vulpak mismo.
El clima era agradable, ni frío ni cálido; el viento, suave, un limpio susurro de paz. Agradecí enormemente a los dioses por ese respiro. Caminé hasta estar sobre el centro de la muralla de la presa, observando todo a mi alrededor, la quietud del agua. El silencio de los animales, como si supieran que debían dejarme tranquilo. Pronto atardecía, y era de noche cuando mi raza se sentía libre realmente.
—¿Tendremos esa conversación algún día, lobito?
Sentí cómo mi cuerpo se tensaba; realmente esperaba estar solo. No caí al agua porque aún estaba dentro de mi piel.
—Adrik, eres demasiado imprudente, ¿qué, de verdad, nadie te entrenó?
—Mis padres lo intentaron, también mi hermano, incluso Grigori lo intentó.
—Pero fallaron miserablemente —murmuré, apoyándome en el barandal metálico que tenía frente a mí.
—Bueno, debo admitir que nunca les puse mucha atención.
Se recostó perezosamente en la muralla, con los brazos cruzados sobre su pecho. Su cabello lucía unos mechones plata oscura, como el pelo de un lobo, pero eran sus ojos los que definitivamente eran más de un depredador.
—¿Qué es lo que realmente quieres, Adrik?
—Son varias cosas, lobito. Para comenzar, ¿podrías amarrarle más la correa a tu cachorro? Ha tratado de saltar a mi yugular desde que nació.
—¿Ruso? Alguna razón debe tener.
—Que nunca quise unir mi vida a la de su madre.
¿Qué? ¿Había entendido bien? ¿Dimitri Ruso en realidad era un Slavik?
—Adrik, creo que te interpreté mal...
—No, lobito, lo hiciste bien... Él es mi hijo. Por ello posee poderes tan inusuales y habilidades que nadie más tiene, ni siquiera yo.
Había cierto atisbo de orgullo en la voz del lobo; se sentía orgulloso de su hijo.
—Eso debes arreglarlo tú; yo no puedo evitar que salte a tu cuello cada vez que te ve. Tú metiste las patas, tú sal del hoyo solito.
El gruñido de Adrik me hizo reír.
—No sé cómo hacerlo; nunca he querido niños... mucho es por mi propio pasado, pero con Ela, ella era... caí como un principiante, la cortejé... Pero no sabía que no solo estaba conmigo, así que cuando me dijo que el cachorro que llevaba en su vientre era mío...
—¿Solo uno?
—Sí, solo un cachorro —lo vi dudar si continuar su relato; había algo de vergüenza en su voz—. Pero no lo crié. Me mantuve cerca hasta que el cachorrito nació. Incluso tu padre se dio cuenta del parecido que teníamos: el mismo aroma, el mismo color de ojos, el mismo gruñido.
—¿Qué te detuvo de criarlo como tuyo?