Vida.
La situación de Iris Martínez era demasiado precaria, ni con las transfusiones de la sangre de Dante estaba evolucionando, ella era una Latente... Sí está situación continuaba la perdiéramos. Aun que, según la última conversación que recuerdo con Adrik, existe otra forma de salvarla... Aun cuando eso implica perder su mortalidad.
La cuestión era que en siglos no se había llevado acabó algo así, el riesgo era desconocido, pero dadas las circunstancias no teníamos otra opción. Dante no estaba muy convencido cuando se lo plantee, pero lo que más deseaba era que ella viviera. Así que lo intentaría, ahora sólo debía hablar con sus padres.
—Sí no lo sacas de tú mente te explotara el cerebro.
La voz adormilada de Alekssandra me sobresalto trayéndome de regreso a la habitación.
—Sólo pienso en la forma de salvar la vida de Iris.
—¿Qué se te ha ocurrido?
—Vincularla a Dante, tal como a Patty y a Dimitri— No entiendo por qué le oculté la verdad, nunca lo entendí, ni siquiera hoy entiendo por qué demonios le mentí, pero lo hice. —Quizá así logremos recuperarla.
—No quiero perderla.
La voz de Alekssandra se quebró, podía soportar su furia, su temperamento obstinado, pero jamás sus lágrimas, estas me hacían sentir impotente. Me senté en la cama a su lado tomando su mano entre las mías, me asusto el ver su piel tan blanca que era casi transparente, además de la delgadez de sus dedos.
Mi corazón se detuvo una o dos veces, mi mayor temor era perderla.
—Yo tampoco quiero perderla anima mea, la apreció mucho, por ti y por Dante y sobre todo por ella misma.
—¿Qué sucederá ahora?
—¿A qué te refieres Alekss?
—¿Cuándo salgamos de este lugar? ¿Vendrán otras de tus locas detrás de nosotras?
Por la más grande de todas las palabrotas.
No tenía ni idea de lo que iba a pasar, la quería a salvo de cualquier daño, pero estaba metida en el hogar mismo de los Lobos. Literalmente estaba en la boca del Lobo, pero era mi responsabilidad protegerla, aun así, tenía terror de fallar de nuevo.
—Honestamente no lo sé Alekss, quizá lo mejor sería trasladarnos definitivamente a Rusia.
—¿Eso evitaría que otro grupo de perra me atacara?
—¡Demonios Alekssandra! No lo sé, no tengo idea que hacer... No sé cómo protegerte de mi gente, de mí mismo.
Me puse de pie y me acerqué a la puerta, pero no salí de la habitación. No sabía que pasaría, no me había sentado a pensar en ello, pero lo único que sabía era que debía encontrar la manera de mantenerla a salvo hasta que lo que había planeado se cumpliera.
—Frederick.
—Quizá deba alejarme de ti definitivamente.
—¿Como?
—Puedo trasladarme a Rusia sólo, tú te quedarás aquí y romperíamos nuestro lazo... Dejaras de ser la Alfa mortal y yo... Yo estaré sólo otra vez...
Mi voz salía estrangulada de mi garganta, pero la sola idea de lo que estaba diciendo me rompía el corazón.
—¡Basta! ¿Qué piensas que me hacen tus palabras?
—Se que esto te esta destrozando igual que a mí, pero debes entender que quizá es...
—¡No! No es lo mejor, no es lo que quiero ni lo que espero de ti.
—Entonces no tengo la respuesta a tú pregunta y eso me hace sentir mil veces peor.
Salí de la habitación y del área médica, del Vulpak, estaba furioso, pero no con ella, nunca con ella. La furia que sentía era contra mí mismo por no protegerla adecuadamente, por poner su vida en riesgo tan deliberadamente como lo hice al unirme a ella. Quizá aún seguía molesto con la manada por permitir que todo esto ocurriera, y vivir enojado se estaba volviendo agotador.
La tarde había caído sin darme cuenta, el trabajo del Vulpak se había reducido drásticamente al comenzar a delegar cosas, la plantilla estaba formándose sólida, tal como una maquinaria de reloj. Ver a todo el mundo yendo de aquí para allá llenas de vida, de risas y esperanza hizo que me diera el corazón por mi alma y por Iris. Me dirigí a la casa de las Cruces Doradas, donde residía el consejo. Dante estaba en la biblioteca, sentado en una amplia mesa con libros por doquier, buscaba algo frenéticamente.
—Vas a quedarte ciego.
Murmuro algo sin levantar el rostro, incluso pensé que no me había escuchado.
—Puede hacerse— Me indicó de pronto levantando su rostro del ejemplar que tenía frente a él, me di cuenta de las sombras debajo de sus ojos, del cansancio que su rostro reflejaba y del dolor en su mirada. —Sin duda puede hacerse.
—¿Qué es lo que puede hacerse?
—La conversión, ella es Latente en segunda generación, lo que hace que su gen Licano sea más fuerte, sé que sobrevivirá, estoy seguro.
—¿Sus padres aún están en el Vulpak?
—Sí.
—Entonces hablemos con ellos.
En silencio nos dirigimos a un área que está en el límite del Vulpak, donde se encuentra una serie de pequeñas casas para aquellos que vienen de visita o en este caso a acompañar a alguien. Nos dejaron entrar a la casa y nos guiaron al pequeño comedor para seis personas, entonces nos sentamos en silencio solo a esperar. Los padres de Iris nos observaban con recelo y por qué no decirlo, con odio. ¿Quién podría culparlos? Estando allí me percate de que el frío había incrementado varios grados en un par de días o quizá solo era mi temor por el futuro.
—Encontré una forma de salvar la vida de Iris.
Ambos padres me observaron con alerta en su mirada y temor en ella.
—¿Por qué carajos no se ha hecho? — Interrogo el señor Martínez con un nudo en su garganta.
—Por qué deben estar seguros a lo que esto conlleva.
—¿Qué nos está tratando de decir señor Von der Rosen?
El dolor en la voz de la señora Martínez me rompió el corazón.
—Sabemos que ustedes son Latentes en primera generación.
—Solo porque el bastardo de mi padre forzó a mi madre, y regó a muchos de sus hijos por el mundo —Respondió Andres Martinez, el padre de Iris.
—Mi madre me dejo con mi padre, él siendo Humano se acercó a ustedes y nos acogieron— Explico su madre.