Nacidos entre las sombras, libro 1

Capítulo treinta y cuatro

Alfa.

Leer el diario de la autonombrada reina de los Lobos no nos llevó mucho tiempo, las perversidades allí descritas eran aterradoras. Sin duda Isidro y ella más que pareja perfecta, eran los rivales más perfectamente jamás creados... Ambos me hacían vomitar. Pero lo más lamentable era que en esas bizarras páginas no hubiera absolutamente nada, pero nada que nos sirviera. Esto era frustrante y agotador, teníamos que encontrar su punto débil y hasta ahora parecía no tenerlo.

Pero algo había aprendido de la lectura de esos malditos diarios, era que mi raza era una raza enferma de sangre, podrida y corrupta, desde que los Taftian tomaran el poder. Aunque, aun existía un lugar en el que podía investigar… y que siendo honestos… Me aterrorizaba la idea de ir. Pero no tenía otra alternativa, tenía que hacer lo posible de que fuera dentro de las siguientes veinticuatro horas. Tendría que asistir a la casa de los Bellator, y tendría que enfrentar a mis “parientes” … quien sabe, quizá podría entender quién era realmente.

Debo decir que había tomado la decisión de ir paso a paso, para comenzar:

* Tenia que recabar toda la información posible, y actuar en consecuencia de ello.

Una vez resueltas las cosas aquí, entonces sí podría poner atención a lo más sencillo: Los Venántium. Finalmente ellos habían sido enemigos de mi raza por siglos, sin duda seguirían siéndolo, quizá, incluso después de mí. Una vez pasado este punto, tendría frente a mí. Alekssandra era mortal, y yo… yo no podría vivir sin ella, sin ella, ya no queda nada para mí. No habría un sucesor, eso podría hacer que la manada se tambaleara e incluso podrían destruirse.

Pero por lo pronto mi prioridad era la maldita perra loca esa que se sentía con derecho sobre la manada…

Esta mujer no solo estaba amenazando a mi gente, estaba amenazando lo más importante en mi vida, por ningún motivo podía dejarla vivir, bajo ninguna circunstancia. Le había estado dando vueltas a una idea en mi cabeza por esos días, quizá encontraría algo en donde todo esto comenzó y tenía la impresión que solo había un puñado de personas que lo sabían. Para ello, tendría que afrontar el pasado de mis padres, tenía que afrontar de donde descendía yo.

Salí de la habitación donde habíamos estado reunidos desde hace rato, hablando sobre el mismo tema que los había acosado por tanto tiempo. Allí me entere de muchas otras cosas, como que no era la única parte de la manada que había estado bajo el yugo de algún Lobo loco con sueños de grandeza. La manada se había separado por el hecho de que Isidro Taftian siempre los ignoro, pedían ayuda y él les volvió la espalda.

Parecía que cada vez que doblaba en una esquina me encontraba más cadáveres mal escondidos del pasado líder de la manada, pero eso era de esperar, tuvo siglos si nos es que miles de años para arruinar las cosas hasta este punto. En ese momento una revelación llego hasta a mí, por más que quisiera aceptarlo o negarlo las cosas tenían que ser así.

No podría dejar a la manada bajo ninguna circunstancia, y no había forma de tener a Alekssandra en mi mundo.

¿Cómo mierda iba a afrontar eso?

El futuro de mi vida pintaba para volverse una mierda, definitivamente necesitaba hablar con alguien que… no solo estuviera dispuesto a escucharme, que también estuviese dispuesto a ayudarme y aconsejarme. El problema era que no sabía a quién realmente podía confiarle mis secretos, dudas y temores… pero sobre todo que no existiese la posibilidad de que los usara en mi contra.

No necesito pensar más en ello, eso esperara hasta el día de mañana.

Solo existía una persona en el mundo en quien confiaba a tal grado, y saber todo lo que traía en mi cabeza le haría mucho daño. No, no podía decirle nada. Finalmente me dirigí a la habitación donde la habíamos instalado hacía semanas, de donde apenas comenzaba a salir, siempre en compañía de “su escolta” no iba a arriesgarme a perderla de vista un solo segundo. Eran cerca de las dos de la mañana, quizá estuviese durmiendo, pero necesitaba verla, refrescar los recuerdos de su piel, de su aroma, de su cuerpo en mi memoria.

En este momento solo existía una cosa que quería hacer en todo el mundo, algo que me devolvería la cordura y la paz a mi alma.

Traté de ser lo más silencioso posible al abrir su puerta, y como lo pensé, ella estaba profundamente dormida. Se veía tan… delicada, hermosa, sentí un vuelco en mi corazón. Me sentí como un maldito hijo ladrón por no podré alejarme de ella, pero es que no podía hacerlo, ella era mi alma entera. Me acerque a la cama, ella solo se movió un poco, lo suficiente para descubrirse las piernas y permitirme ver su pequeño pijama.

En mi mente solo existía un único pensamiento: “Tengo que tocarla, tengo que hacerla mía”. Sentía que tenía una vida sin sentirla entre mis brazos, sin probar su piel, que bien sé que es tersa al tacto de mis manos. Su aroma es como la más poderosa droga para mi sistema, tal como si ella hubiera sido creada solo para mi… NO, ella fue creada para mí, solo para mí y yo para ella.

No pude resistir la tentación de rosar sus piernas con mis dedos, su piel era delicada suave, muy suave. Le quite las frazadas de enzima. Amaba el pequeño blusón de tirantes y encaje que se había puesto… entonces todo se congelo en mi pecho. Levanté la cabeza para revisar toda la habitación, vi la mesa cercana a la ventana había preparado algo para dos personas…

—Te estaba esperando.

Su vos somnolienta me saco de mis pensamientos.

—Se supone que aún no debes levantarte de la cama, anima mea.

—Yo no lo hice lobito, solo sugerí que me gustaría tener una cena romántica contigo…. Las hijas de Mikahil hicieron todo.

—Está bien, pero… ¿Por qué tienes puesta ese pijama?

Sus mejillas se tiñeron de rojo, y trato de ocultar su timidez. Aun después del tiempo y las cosas que habíamos vivido, seguía siendo sumamente tímida en algunos asuntos.




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