Nacimos del odio

Capítulo 3

Gabriel

26 de marzo, 2019

—¿A dónde quieres ir ahora? —le pregunto a David mientras empujo su silla de ruedas.

—Si eres el ángel de la muerte… al infierno por favor— responde con su humor sarcástico de siempre, mientras se rasca el puente de la nariz, como si eso le quitara importancia a lo que acaba de decir.

—Ja, ja, ja, muy gracioso David— replico rodando los ojos.

—Va, tío, lo siento— dice, esta vez más serio, o eso quiero creer— ya sé que no debería decir esas cosas, pero hacer chistes con mis ganas de morir es una forma de sobrellevar todo lo que me pasa, ¿sabes?

Asiento en silencio con la cabeza.

Le vuelvo a preguntar a dónde quiere ir. Me dice que, al salón así que lo llevo allí.

David es uno de los pacientes nuevos del hospital psiquiátrico donde suelo colaborar. El chico sufre depresión severa, se autolesiona y ya ha tenido varios intentos de suicidio. Actualmente usa silla de ruedas por uno de esos episodios.

Los médicos y enfermeros me han dicho que a David le vendría bien tener visitas de alguien fuera del equipo médico. Alguien con quien pueda hablar sin sentirse observado, sin sentirse “paciente” todo el tiempo. Me sugirieron que, si venía, pasara tiempo con él sin presionarlo a hablar, pero estando ahí, disponible. Que lo escuche. Que no lo juzgue. Y que, sobre todo, le haga sentir que sigue siendo parte del mundo.

Honestamente, si no me hubiese dedicado al modelaje o la actuación, probablemente habría estudiado medicina o psicología. Siento que esas profesiones, más allá de lo técnico, nos obligan a mirarnos por dentro, a descubrirnos desde lo físico o lo emocional.

En definitiva, son carreras muy humanas que me hubieran encantado estudiar, pero de los hubieras no se vive y en la actualidad soy modelo y actor, no psicólogo ni médico. Aun así, ayudo desde el lugar en el que estoy. Vengo a este hospital siempre que puedo, visito a los pacientes, al personal, dono una parte de mis ingresos mensualmente y participo en campañas sociales y medioambientales.

Hacer todas esas cosas, que considero que ayudan a la comunidad, no solo mejoran mi imagen, porque lo tengo que admitir, hacer todo eso me hace quedar frente a los medios como un ángel, casi como un santo. Pero no es solo eso. Hacer estas cosas me llena. Me transforma. Me hace ver el mundo desde otro lugar.

—¡Ey! Lucía —grita David a Lucía, haciéndome olvidar de lo que estaba pensando hace un momento.

Lucía se gira con gran velocidad y emprende camino hacia el lado del salón donde nos encontramos.

—¿Pero a quién tenemos aquí? —preguntó la enfermera Lucía viéndonos a ambos con una sonrisa en su rostro.

Ella es una de las enfermeras más queridas del hospital. Aunque su rostro se vea muy serio, es de lo más agradable. Muchos de los pacientes me han dicho que no los mira como “enfermos”, sino como personas atravesando un mal momento, y eso... eso marca la diferencia.

—Al crío que más quieres, claro — dice David con tono arrogante.

—Pero Gabriel no es un crío, ¿o sí? Yo lo veo muy pechipeludo, lomo dorado, macho alfa — esponde Lucía con dramatismo, haciéndome reír. David también suelta una carcajada muy estridente que hace que varios pacientes nos miren. Al notarlo, se incomoda y se encoge un poco en su silla.

—Bueno, ¿para qué me llamabas?

—Es que… no quería incomodar a Gabriel. Ya ha pasado mucho rato conmigo llevándome de un lado a otro por todo el centro. Seguro tiene mil cosas que hacer. Siempre me estresa diciendo lo pesada que es su agenda — suelta David, hablando rápido, como si estuviera justificándose.

¿Cuándo entenderá que no es molestia para mí y que mi “pesada agenda” me importa un carajo?

Suspiro.

Lucía asiente con dulzura y se queda con él. De todos modos, ya estoy por cumplir el tiempo que tengo permitido como visitante.

Me despido de los que están en la sala y salgo rumbo a la agencia. Se supone que hoy por fin conoceré a la modelo que trabajará conmigo en la próxima campaña que, si mal no estoy, se llama Ana.

Llego a la recepción entrego el carné con el que me identifican como visitante, hablo un poco con las chicas de la recepción, ellas se carcajean de algo que dije que no da ni una pizca de risa, no sé si lo hacen para agradarme o porque realmente les dio risa. Creo que esa es una de las cosas que no me gusta de ser reconocido, todos creen que están en la obligación de rendirme… ¿pleitesía? Hubo un tiempo en el que eso me habría encantado.

Hoy, en cambio, me cansa. Me hace dudar de si alguna vez la gente me habla con sinceridad.

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Luego de un interminable viaje del centro psiquiátrico hacia la agencia, por fin llego. Por suerte he llegado a tiempo y no como el otro día, que llegue demasiado tarde y casi me desmembraban.

Lo primero que veo al estacionar el coche son las descomunales letras doradas que dicen VESKI y unas letras más pequeñas también doradas y del mismo material que dicen “agencia de modelos”.

Muchos creen que el nombre de la agencia es un acrónimo o algo por el estilo, pero lo cierto es que significa “molino” en estonio.

Tatjana Millán, la dueña y creadora de la agencia —además de mi representante— es mitad española y mitad estonia, por lo que decidió usar una palabra del idioma de su madre para darle identidad a su empresa.

—Así que este es el rostro del famoso Gabriel Navarro —dice una voz femenina y firme.

Me giro. Una mujer con unos ojos verdes enormes y pelo blanco me observa con una sonrisa desbordante. Me desconcierta.

—Si… supongo —digo de manera insegura, ¿cómo alguien más pequeño que yo puede emanar tanta autoridad y seguridad?

—Mucho gusto —dijo ofreciéndome efusivamente su mano a manera de saludo. —Soy Ana Zahínos, tu nueva compañera de trabajo.

—El gusto es todo mío —conteste estrechando su mano de manera insegura, nuevamente.




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