Kwan sentía cómo la presión le comprimía el pecho, igual que una banda de acero apretándose lentamente alrededor de sus costillas. Su respiración era errática, y cada bocanada de aire quemaba. El sudor le caía en gruesas gotas desde la frente, resbalando por sus mejillas, cayendo sin piedad sobre la tierra áspera y reseca bajo sus pies.
Alzó la cabeza con esfuerzo y sus ojos se encontraron con los de su oponente. Ojos negros, penetrantes. «Sammir», gruñó en su mente. Se paraba delante de él, firme, tal cual estatua tallada en granito. Una máquina de matar, entrenada para no ceder ni un centímetro, ni ante el dolor ni ante el cansancio.
Kwan tragó saliva y le sostuvo la mirada a Sammir, tratando de ganar tiempo. Su cuerpo temblaba por el agotamiento y cada músculo ardía como si estuviera al borde de romperse. Y, sin embargo, no podía rendirse.
Apretó los dientes, consciente de que no podría sostener aquel combate mucho más tiempo. Si quería tener una oportunidad, tenía que terminarlo ya. Un error más, una mínima vacilación… y estaría acabado.
Sammir lo superaba en todo. Era más alto, más corpulento, curtido en combates cuerpo a cuerpo. Kwan, en cambio, era rápido, sí, pero desordenado. Luchaba con corazón, con rabia… pero no con técnica.
Desde el primer segundo había sabido que estaba en desventaja, aunque no lo había admitido. No frente a Sammir. Y mucho menos frente a Haw, que observaba desde la sombra de un árbol, con los brazos cruzados y ese gesto severo que parecía estar esculpido en su rostro desde hacía unos meses.
—Eres blando, Kwan —le dijo Sammir con burla—. No te tomas en serio el entrenamiento.
Y quizás tenía razón. Pero no podía darse el lujo de fallar. No con ella mirando.
Sammir dio un paso al frente, lento, deliberado, igula que un depredador que sabe que su presa ya está acorralada. Kwan retrocedió instintivamente, sintiendo la tierra caliente bajo sus pies, el dolor en los nudillos, la sangre que goteaba de su ceja abierta. Sabía que, si caía ahora, no sólo perdería ante Sammir. Perdería lo poco de respeto que Haw aún podía tener por él. Inspiró profundamente, llenando sus pulmones de polvo y orgullo. Si iba a caer… Caería peleando.
Con los dientes apretados y los puños alzados. Kwan se lanzó una vez más contra Sammir, con toda la fuerza que le quedaba. Un rugido de pura frustración escapó de su garganta.
Ambos cuerpos chocaron, haciendo temblar el suelo. Se enredaron en un combate cerrado, cuerpo a cuerpo, con los brazos trabados y los pies luchando por mantener el equilibrio sobre la tierra dura.
Pero Sammir era más rápido y, giró su torso y atrapó a Kwan bajo su brazo, encerrándolo en una llave que apretaba con cada intento suyo de escapar.
Kwan sintió el aire escapársele de los pulmones, la tensión en sus músculos colapsando. Su cuerpo ya sabía lo que su mente se negaba a aceptar: había perdido.
—Te dejo ganar —susurró Sammir con voz tranquila— si me das tu postre durante un mes completo.
Kwan frunció el ceño, forcejeando en vano.
—¿¡Qué!? —gruñó, entre jadeos—. ¿Te has vuelto loco?
Sammir soltó una breve carcajada.
—Para nada. Una derrota no significa nada para mí. Pero para ti… para ti significa todo, ¿no? —apretó la llave un poco más—. Tú necesitas esta victoria. No por ti. Por ella.
Kwan se revolvió, humillado, sin poder soltarse
—¡No es cierto! —espetó con rabia. Pero la mentira era obvia.
Haw estaba ahí, observando desde el borde del campo de entrenamiento, los brazos cruzados, la expresión severa. No decía nada, pero su mirada lo juzgaba con la intensidad de mil sargentos.
La sargento Haw Bauer. La mejor en combate cuerpo a cuerpo. Rápida, precisa, elegante. Con un carácter duro, igual que el concreto, y resistente como el acero. Ella no necesitaba levantar la voz para imponerse, porque su presencia bastaba. Kwan la respetaba profundamente. Y, al mismo tiempo… la quería.
Ella hacía que él se viera a sí mismo: todas sus debilidades, todas sus excusas, todo lo que aún no era. Y cada vez que fallaba, cada vez que terminaba en el suelo, ella guardaba silencio y, aun así, él escuchaba el reproche en su cabeza.
La miró con la visión nublada, como si entre ellos se extendiera una cortina de polvo. Y allí, justo a su lado, estaba Issa. Siempre él. Una oleada de rabia le retorció el estómago, haciéndolo forcejear para liberarse del agarre de Sammir, pero lo único que consiguió fue que la presión sobre su cuello se apretara más.
—¿Celoso? —se burló Sammir—. Qué patético, Kwan.
Y sí, Kwan se sentía patético, porque, aunque nadie lo dijera, todos sabían que su mayor competencia era ese maldito rubio de ojos verdes, ese soldado impecable que siempre parecía hacer todo de manera perfecta. Ese hombre al que Haw miraba diferente.
Sammir aflojó la llave solo un poco, ofreciéndole una última salida.
—Vamos, piénsalo bien. ¿Un mes sin postre... a cambio de no quedar como un inútil delante de ella? Negocio justo.
Kwan cerró los ojos casi resignado. La vergüenza le quemaba por dentro. Y odiaba admitirlo. Pero sí… le importaba.