La luz de la mañana se filtraba de manera impasible a través de los ventanales de la enorme sala de Amberes, iluminando un banquete que parecía sacado de una revista de alta sociedad, pero que para Eleonora se había convertido en la antesala del infierno. Habían pasado varios días desde la noche en que su mundo se derrumbó. Horas encerrada entre esas cuatro paredes, con la llave girando desde el exterior cada vez que Leonardo salía de la habitación, asegurándose de que su prisionera no intentara escapar.
El silencio en el comedor era absoluto, roto únicamente por el sutil sonido del cuchillo de plata deslizándose contra la porcelana fina.
Leonardo estaba sentado en la cabecera de la mesa, impecablemente vestido con un traje hecho a la medida, bebiendo su café con una calma pasmosa que a Eleonora le revuelve el estómago. Su rostro, aquel que durante un mes entero ella había considerado la definición misma de la bondad y el amor, ahora solo le devolvía la imagen de un rostro frío, calculador y ajeno. Cada facción suya, antes sinónimo de refugio, era ahora la máscara de un desconocido que la había utilizado como moneda de cambio.
Eleonora tenía enfrente un plato de fruta intacto. Su estómago seguía revuelto, no solo por la traición, sino por la sombra persistente de las náuseas matutinas y el terror silencioso de saber que llevaba una semana de retraso en su periodo. Cada vez que miraba a Leonardo, el miedo a estar esperando un hijo de ese hombre la consumía por dentro.
—Deberías comer algo, Eleonora—dijo Leonardo sin levantar la vista de su taza de café, con esa voz pausada que pretendía sonar razonable—. No tiene sentido que te castigues de esta manera. Tenemos que mantener las formas, especialmente ahora que las cosas en la constructora de tu padre y en mis empresas requieren estabilidad.
Eleonora apretó los cubiertos con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. Sus ojos, hinchados de tanto llorar durante la noche, lo miraron con un rencor profundo.
—No tengo hambre, Leonardo —respondió su voz, temblorosa pero cargada de un veneno que ya no podía ocultar—. Y guárdate tus falsas muestras de preocupación. Sé perfectamente quién eres. Sé que Verónica y tú...
Antes de que pudiera terminar la frase, el sonido seco del timbre de la entrada interrumpió el comedor. Ambos guardaron silencio. Los domingos por la mañana eran sagrados para las visitas inesperadas del círculo social de Leonardo, aunque por lo general avisaban con antelación. Unos segundos después, las puertas dobles del comedor se abrieron sin previo aviso, dejando ver a dos hombres jóvenes que entraban con la confianza de quienes consideraban esa casa casi suya.
Eran Samuel y Jacob, los amigos de toda la vida de Leonardo. Samuel, el mayor, siempre con una sonrisa despreocupada y un aire relajado; Jacob, el menor, conocido por su carácter impulsivo y un sentido de la justicia que a menudo lo metía en problemas con los códigos estrictos de la alta sociedad.
—¡Vaya, vaya! ¡Miren a los tortolitos en su nido de amor! —exclamó Samuel con una sonrisa amplia, avanzando por la estancia mientras se quitaba los anteojos de sol—. ¡Hola, cuñada! Sé que es temprano, pero Jacob insistió en pasar a ver si nos invitaban un café antes de ir al club de campo.
Jacob venía detrás, pero su sonrisa se desvaneció en el instante exacto en que sus ojos se posaron en Eleonora. Notó de inmediato el rastro de las lágrimas secas en sus mejillas, el temblor incontrolable en sus manos y la rigidez absoluta en la postura de Leonardo.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Jacob, deteniéndose en seco y frunciendo el ceño—. Eleonora, ¿estás bien? Te ves terrible.
El corazón de Eleonora dio un vuelco desesperado. Vio en los ojos de Jacob una rendija de luz, una oportunidad única e irrepetible antes de que Leonardo pudiera controlar la situación. Sin pensarlo dos veces, empujó la silla hacia atrás con brusquedad, haciendo que se deslizara ruidosamente por el suelo de mármol, y corrió hacia ellos, cayendo prácticamente frente a Jacob y aferrándose con desesperación a las solapas de su chaqueta.
—¡Jacob, por favor! ¡Ayúdame! ¡Te lo suplico, tienes que sacarme de aquí! —suplicó Eleonora, rompiendo en un llanto desgarrador que brotó desde lo más profundo de su alma—. ¡Estoy se cuestrada! ¡Él no me deja irme! ¡Me tiene encerrada bajo llave, no me deja ver a mi padre, me mintió, se casó conmigo solo por dinero y por las deudas de su familia! ¡Ayúdame, por favor, sácame de esta casa!
La estancia quedó sepultada en un silencio sepulcral. Samuel abrió los ojos con incredulidad, mirando alternativamente a Eleonora y a su hermano, sin saber cómo procesar semejante acusación.
Leonardo, por su parte, ni siquiera se inmutó al principio. Dejó lentamente la taza de café sobre el platillo, se puso de pie con una parsimonia exasperante y ajustó los botones de su saco con total tranquilidad. Su rostro no mostraba culpa; mostraba la fría irritación de alguien que tiene que lidiar con un contratiempo menor.
—Eleonora, cálmate por favor. Estás volviendo a empezar con tus episodios —dijo Leonardo con voz firme, acercándose a ellos con pasos lentos y medidos—. Samuel, Jacob, discúlpenla. Desde hace unos días, la enfermedad de su padre la ha golpeado muy duro. Está sufriendo una crisis nerviosa severa, alucinaciones, paranoia... Se inventa cosas que no existen.
—¡No es verdad! ¡Miente! ¡Él y Verónica... los vi! ¡Me tiene encerrada, me quitó el teléfono! —gritaba Eleonora, aferrándose aún más fuerte a la ropa de Jacob, cuyas manos temblaban de la confusión—. ¡Jacob, no le creas, te juro que estoy en su sucia red, ayúdame a salir de aquí!
Jacob miró a Eleonora a los ojos y supo, con la absoluta certeza que dan las lágrimas verdaderas y el terror puro, que ella no estaba mintiendo. Vio el sufrimiento real en cada poro de su piel. Giró la cabeza hacia Leonardo, con la mandíbula tensa y los ojos inyectados en ira.
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Editado: 08.09.2026