Era de mañana temprano cuando la empleada, con pasos torpes y la mirada clavada en el suelo por temor a represalias, anunció la llegada de Samuel. Su presencia a esa hora no auguraba nada rutinario; era un intruso necesario en un castillo de naipes que amenazaba con venirse abajo. Leonardo suspiró profundamente, un sonido cargado de fastidio y soberbia herida, mientras se masajeaba las sienes. Tratando de aplacar el fuego que siempre amenazaba con desbordar el carácter irascible de su amado, Verónica se inclinó sobre él.
—Debes recibirlo, todo debe parecer que está bien —pronunció la amante de mi esposo, con esa voz suave y calculada que utilizaba para manipularlo como a una marioneta, acariciando su hombro ligeramente con una familiaridad que resultaba nauseabunda.
—Ya sé lo que viene: a molestar y a darme probablemente un discurso de que estoy actuando mal. Son mis amigos, ellos más que nadie deberían entenderme, apoyarme —bufó Leonardo, cruzándose de brazos, sintiéndose la perpetua víctima en una situación que él mismo había cavado con sus propias mentiras y ambiciones.
—Escúchalo siquiera —insistió Verónica, clavando sus ojos oscuros en los de él—. Recuerda que tu familia y la de ellos son socios de toda la vida, y que si te niegas a recibirlo pueden armar un escándalo que termine de arruinar lo poco que nos queda. Además, hay que mantener las apariencias frente al servicio. Leonardo apretó la mandíbula, evaluando el peso de la advertencia. Odiaba que le dijeran qué hacer, pero el miedo a perder el control social era superior a su ego.
—Dile que entre, pero a la primera que empiecen a cuestionar mis decisiones o mi autoridad en este hogar, lo echaré a patadas de mi casa, sea quien sea —agregó, intentando recuperar un falso aire de suficiencia. Verónica se inclinó y besó su rostro con rapidez. Leonardo ni siquiera se inmutó, absorto en su propia tormenta mental y en el desprecio latente que cultivaba hacia todos los que no aplaudieran sus actos. Pasaron unos minutos antes de que el comedor principal recibiera al visitante. Samuel cruzó el umbral con una soltura que contrastaba fuertemente con la atmósfera cargada del lugar.
—Buenos días, ¿qué tal amanecieron? —cuestionó Samuel con una enorme sonrisa, una que no llegaba a alcanzarle los ojos del todo, manteniendo una postura impecable que denotaba la seguridad de quien pisa terreno firme.
—¿Qué te trae por aquí tan temprano, Samuel? —respondió Leonardo a la defensiva, sin ofrecerle asiento—. Si vienes a hablar de lo de ayer y a sermonearme por el escándalo de tu hermano, ahórratelo.
—Soy un hombre de negocios, Leonardo. Tu situación matrimonial, por dramática que sea, a mí en lo personal no me concierne. Cada quien carga su cruz y sus propios líos de faldas —respondió Samuel con una tranquilidad glacial que desconcertó a Leonardo—. He venido por algo completamente distinto. Mi padre me lo pidió. Observa esto —dijo, abriendo su portafolio y sacando unos carpetanos con logotipos corporativos y firmes sellos notariales, mostrándoselos a distancia prudente. Leonardo frunció el ceño, inclinándose hacia adelante. Sus ojos se abrieron con sorpresa al reconocer las primeras líneas del documento.
—Es... es el proyecto de expansión logística e inmobiliaria que le ofrecí a tu padre hace meses... Pensé que lo había descartado por completo porque jamás respondió a mis llamadas ni correos.
—Pues mañana quiere reunirse contigo para negociar los términos finales —replicó Samuel con naturalidad
—. Estuvimos analizando los números en el consejo anoche tardecito, y a pesar de todo, nos pareció un proyecto sumamente interesante y rentable para la empresa. El rostro de Leonardo se relajó instantáneamente, transformándose de la amargura a una euforia desmedida. Aquel contrato representaba una inyección de capital colosal y, sobre todo, un salvavidas de prestigio. En los últimos meses, al correrse los rumores en los círculos financieros de que la empresa personal de Leonardo estaba al borde de la quiebra técnica por malas inversiones, ningún socio de peso quería arriesgarse a firmar con él. Esto era oxígeno puro
. —¡Estupendo! —exclamó Leonardo, golpeando la mesa con la palma de la mano, con una sonrisa de oreja a oreja—. Cancelaré absolutamente todos mis planes de mañana. ¿Dónde nos reuniremos para firmar?
—En la Villa de mi padre, cerca del acantilado en la costa. Ya sabes que a él le gusta cerrar los negocios importantes en ese lugar retirado, lejos de la ciudad y de las distracciones —respondió Samuel, guardando los papeles con parsimonia—. Al mediodía. Almorzaremos primero, repasaremos los anexos legales y luego hablaremos del proyecto y la rúbrica. Por cierto, Leo, llega puntual. Ya conoces de sobra cómo es mi padre con el tema de la puntualidad militar; detesta a los impuntuales y puede cancelar tratos por cinco minutos de retraso.
—No te preocupes, hermano, te lo juro —exclamó Leonardo emocionado, frotándose las manos—. Saldré de aquí a las 9 de la mañana en punto, ya que son exactamente tres horas de camino por la autopista del norte. No fallaré. Samuel asintió, pero antes de dar la vuelta, su expresión cambió sutilmente a una de fingida preocupación empática.
—Leo... ¿sabes algo? Lamento lo de ayer. Sé que Jacob es un tonto impulsivo que actúa antes de pensar, y a veces se pasa de la raya. Pero debes entenderlo... nuestra madre también enfermó gravemente de los nervios hace años, y él siempre culpaba a nuestro padre por su rigidez, más aún cuando las cosas se pusieron feas y tuvieron que internarla en aquel sanatorio especializado —afirmó Samuel, observando de reojo la reacción de Leonardo. Los ojos de Leonardo brillaron con un destello oscuro, una chispa de cálculo frío que intentó disimular de inmediato.
—Está bien, olvídalo... Oye, ¿y dónde fue exactamente que internaron a tu madre? Solo por curiosidad médica, ya sabes, por los antecedentes familiares —preguntó Leonardo con falsa ligereza, aunque en su mente maquivélica comenzó a revolotear una idea siniestra, pensando en la macabra posibilidad de librarse de mí para siempre, de hacerme desaparecer bajo la misma etiqueta psiquiátrica una vez que mi propio padre, el único que me creía, terminara de envejecer o muriera. Samuel lo miró fijamente por un segundo, captando perfectamente la ambición retorcida detrás de la pregunta, pero mantuvo su fachada cordial.
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Editado: 08.09.2026