Londres tenía una manera particular de ocultar las desgracias: las cubría de niebla, las disimulaba bajo la lluvia y las escondía detrás de ventanas iluminadas donde las personas cenaban, sonreían y fingían que sus vidas no estaban a punto de derrumbarse.
Aquella tarde de noviembre, la ciudad parecía decidida a borrar sus propios contornos. Los automóviles avanzaban lentamente por las calles mojadas, los paraguas se chocaban en las aceras y el viento arrastraba hojas amarillentas por los rincones de Mayfair. En las fachadas elegantes, las luces navideñas comenzaban a encenderse antes de tiempo, como si la ciudad necesitara convencerse de que todavía existían motivos para celebrar.
Eleanor Whitmore caminaba sin paraguas.
Tenía el cabello castaño pegado a las mejillas, el abrigo empapado y una expresión que no correspondía a una mujer de veintinueve años, sino a alguien que había envejecido demasiado deprisa. Bajo el brazo llevaba una carpeta de cuero que protegía con una obstinación absurda. Dentro estaban los documentos que podían salvar la casa de su madre y, al mismo tiempo, la última prueba de que su familia llevaba meses mintiéndole.
Había descubierto la verdad esa misma mañana.
Su padre no había perdido el dinero de la familia en una mala inversión. No había sido víctima de una estafa, como le habían asegurado durante meses. Tampoco había sufrido aquella ruina inesperada que los Whitmore repetían con tanta precisión que hasta parecía una explicación convincente.
Había apostado.
Había mentido.
Y, cuando las deudas comenzaron a devorarlo, había utilizado la propiedad familiar como garantía sin decírselo a su esposa ni a sus hijas.
La casa de Richmond, donde Eleanor había crecido, donde su hermana menor había aprendido a montar en bicicleta y donde su madre todavía conservaba las tazas de porcelana de su abuela, podía ser embargada antes de Navidad.
La noticia no había llegado en una carta dramática ni mediante una llamada amenazante. Había aparecido en un documento bancario, entre cifras, cláusulas y firmas perfectamente legibles.
La destrucción de una familia podía caber en unas pocas páginas.
Eleanor lo había comprendido mientras permanecía de pie en el despacho de su padre, leyendo una y otra vez el mismo párrafo. Al principio había sentido incredulidad. Después, vergüenza. Finalmente, una furia tan profunda que ni siquiera había sido capaz de llorar.
Había salido de aquella casa sin despedirse.
No sabía adónde iba. Solo necesitaba alejarse de las paredes que habían escuchado sus promesas infantiles, sus risas adolescentes y las discusiones de unos adultos que habían convertido el silencio en una forma de convivencia.
Cuando llegó a una esquina de Piccadilly, una ráfaga de viento le arrebató varios papeles de la carpeta.
—¡Maldita sea!
Se lanzó tras ellos.
Uno terminó debajo de un taxi. Otro se pegó a la rueda de una bicicleta. Un tercero voló hacia la entrada de un pequeño café, donde una mujer intentó atraparlo sin éxito.
Eleanor corrió detrás del último documento, resbaló sobre el pavimento y estuvo a punto de caer.
Una mano la sujetó por el brazo.
—Si tiene intención de lanzarse al tráfico, al menos debería elegir un método menos complicado.
La voz era masculina, profunda y ligeramente burlona.
Eleanor recuperó el equilibrio y se volvió con tanta brusquedad que casi chocó contra el desconocido.
El hombre llevaba un abrigo oscuro impecablemente cortado, una camisa blanca y una corbata que parecía haber sobrevivido a una jornada mucho menos tormentosa que la suya. Tenía el cabello negro, ligeramente despeinado por la humedad, y unos ojos grises que no transmitían precisamente preocupación. La observaban con una atención desconcertante, como si acabara de encontrar algo que no esperaba y todavía no hubiera decidido si le gustaba.
Era atractivo de una manera irritante.
No porque sonriera demasiado ni porque intentara impresionar. Era precisamente lo contrario. Parecía alguien acostumbrado a que las personas se apartaran de su camino sin necesidad de pedirlo.
Eleanor se soltó de su mano.
—Y usted debería aprender a no sujetar a desconocidas sin permiso.
Él arqueó una ceja.
—La estaba evitando una caída.
—No le había pedido ayuda.
—No. Me había ofrecido un espectáculo gratuito.
Ella lo miró con indignación.
Él recogió el documento que había quedado junto a sus zapatos y se lo tendió.
—Creo que esto le pertenece.
Eleanor lo tomó de inmediato, pero el hombre no retiró la mano con suficiente rapidez. Sus dedos se rozaron durante un instante.
Fue un contacto insignificante.
No tuvo música de fondo, ni una revelación, ni una de esas señales que las novelas románticas colocan para anunciar que dos desconocidos están destinados a cambiarse la vida.
Solo fue un roce.
Sin embargo, Eleanor sintió una corriente extraña que la irritó todavía más, porque llevaba una mañana entera intentando evitar cualquier emoción que no pudiera controlar.
—Gracias —dijo finalmente, con frialdad.
—No hay de qué.
Él bajó la mirada hacia los papeles que ella sostenía contra el pecho.
—Aunque, si todos son tan importantes como ese, le recomendaría comprar una carpeta con cierre.
—Y yo le recomendaría no opinar sobre asuntos que desconoce.
Por primera vez, él sonrió.
No fue una sonrisa amable. Fue una de esas sonrisas breves que parecían descubrir una puerta secreta detrás de la irritación de otra persona.
—Touché.
Eleanor se alejó sin responder.
Había dado apenas cuatro pasos cuando escuchó que él volvía a hablar.
—Señorita.
No se detuvo.
—Señorita Whitmore.
Eleanor se quedó inmóvil.
El desconocido sostenía una tarjeta de visita.
Ella regresó lentamente.
—¿Cómo sabe mi apellido?