Eleanor Whitmore leyó el mensaje una vez.
Después, una segunda.
La tercera lectura no le aportó ninguna explicación nueva, pero tampoco consiguió devolverle la tranquilidad que había perdido en el instante en que reconoció el nombre de quien supuestamente lo había enviado.
Daniel Harrington.
El hermano muerto de James.
El hombre cuyo accidente había dejado una herida abierta en una de las familias más poderosas de Londres.
El hombre que, según un mensaje recibido a las doce y diecisiete de la madrugada, acababa de advertirle que no confiara en James Harrington.
Eleanor permaneció sentada en el borde de la cama, con los pies descalzos sobre la alfombra y el teléfono sujeto entre ambas manos. La luz de la pantalla le iluminaba el rostro mientras la casa dormía a su alrededor. Desde la ventana llegaba el sonido lejano de un automóvil que circulaba por la calle mojada. En algún lugar del piso inferior, una tubería emitió un pequeño chasquido.
Todo parecía normal.
Y, sin embargo, su vida acababa de convertirse en una historia que ya no reconocía.
Daniel Harrington llevaba cinco años muerto.
Lo había leído aquella misma tarde. Había visto fotografías de su funeral, declaraciones de la familia y un artículo que describía el accidente con la frialdad de quien resume una tragedia en unos pocos párrafos.
No podía haberle escrito.
A menos que alguien estuviera utilizando su nombre.
Eleanor volvió a abrir la conversación.
Eleanor, si James Harrington ya está contigo, significa que tu padre ha vuelto a cometer el mismo error. No confíes en él. Y, por el amor de Dios, no te enamores de ese hombre.
El mensaje parecía demasiado personal para ser una broma. No contenía amenazas explícitas ni exigencias de dinero. No pedía que abriera un enlace, que entregara documentos o que se comunicara con alguien.
Solo le advertía que se alejara de James.
Y había utilizado su nombre.
No el de su padre.
No el de su empresa.
El suyo.
Eleanor sintió un escalofrío que le recorrió los brazos.
Se levantó, cerró la puerta de su habitación y comprobó la ventana. Estaba asegurada. Las cortinas se movieron ligeramente cuando el viento encontró una rendija, y ella se volvió con tanta rapidez que casi dejó caer el teléfono.
Se reprendió por aquel gesto.
No podía empezar a ver amenazas detrás de cada sombra.
Había descubierto una deuda familiar, un acuerdo empresarial que desconocía y una historia relacionada con la muerte de un hombre al que jamás había conocido. Todo aquello bastaba para explicar su inquietud.
El mensaje podía ser una manipulación.
Una broma de mal gusto.
O una advertencia auténtica enviada por alguien que sabía más de lo que estaba dispuesto a revelar.
Eleanor abrió los detalles del remitente.
El número no estaba guardado en sus contactos. No reconocía el prefijo completo, aunque parecía corresponder a una línea británica. La aplicación no ofrecía información que permitiera identificar a su propietario.
Hizo una captura de pantalla.
Después guardó el mensaje.
No sabía todavía para qué podría servirle, pero algo dentro de ella le decía que no debía borrar ninguna prueba.
A continuación, buscó el nombre de Daniel Harrington y abrió otra vez el artículo sobre su muerte.
La fotografía apareció en la pantalla.
Daniel sonreía frente a una casa de campo, con una camisa azul y las mangas arremangadas. Tenía el cabello oscuro, los ojos claros y una expresión abierta, casi despreocupada. A su lado aparecía James, más joven, con el mismo gesto serio que había mostrado en la cafetería.
Pero la diferencia entre ambos era evidente.
Daniel parecía mirar al mundo esperando encontrar algo bueno.
James parecía mirarlo esperando descubrir qué podía salir mal.
Eleanor se sorprendió sintiendo una tristeza inesperada por aquel desconocido.
No por la noticia de su muerte, que ya conocía, sino porque comenzaba a comprender que detrás de la frialdad de James podía existir un dolor mucho más antiguo de lo que había imaginado.
Y, aun así, el mensaje le había ordenado que no se enamorara de él.
Eleanor dejó el teléfono sobre el escritorio.
—Ni siquiera lo conozco —murmuró para sí.
La frase sonó ridícula en una habitación vacía.
No estaba enamorada de James Harrington. No podía estarlo. Lo había conocido hacía menos de dos días, y la mayor parte de sus conversaciones había consistido en discutir, desconfiar y descubrir que sus familias compartían secretos que podían arruinarles la vida.
Sin embargo, recordó la risa que habían compartido en la cafetería.
La manera en que James había aceptado su decisión de investigar sin intentar imponerle sus condiciones.
La expresión de su rostro cuando ella le había preguntado qué ocurriría si la verdad destruía a su familia.
Y recordó también su última conversación.
Lo sé. Lo siento.
James había reconocido que estaba ocultándole algo.
No había explicado qué era.
Eleanor tomó el teléfono otra vez.
Su primer impulso fue llamarlo.
El segundo fue bloquear el número.
El tercero, más sensato, consistió en no hacer ninguna de las dos cosas.
Si el mensaje era una trampa, una reacción precipitada podía ser precisamente lo que su remitente esperaba.
Si era verdadero, necesitaba averiguar quién lo había enviado.
Y si alguien había conseguido su número personal y conocía sus encuentros con James, entonces el problema era mucho más grave que una disputa entre dos familias.
Eleanor se sentó frente al ordenador.
Escribió una frase en el buscador:
Daniel Harrington últimos días antes del accidente.
Los resultados eran escasos. Había noticias antiguas, fotografías de eventos empresariales y referencias a la investigación policial. Nada mencionaba amenazas, disputas personales ni sospechas de un delito.