—Daniel no murió en un accidente, Eleanor. Y la última persona que lo vio con vida fuiste tú.
Las palabras de Edward Whitmore no cayeron sobre la habitación como una frase pronunciada en un momento de desesperación. Cayeron como un objeto pesado arrojado contra un cristal, con la violencia suficiente para hacerlo estallar y la precisión necesaria para que cada fragmento encontrara un lugar donde clavarse.
Eleanor permaneció inmóvil.
Durante unos segundos, ni siquiera pareció respirar. Sus ojos se quedaron fijos en el rostro de su padre, intentando encontrar en él alguna señal de que aquella afirmación era producto de la locura, de la culpa, del miedo o de una mentira desesperada. Cualquier cosa habría sido preferible a la posibilidad de que acabara de escuchar la verdad.
Su madre, Margaret, se llevó una mano a la boca. La fotografía que había sostenido hasta ese momento se deslizó entre sus dedos y cayó sobre la alfombra, boca abajo.
Edward miró la imagen como si en ella hubiera aparecido una criatura capaz de devorarlo.
—No —susurró Eleanor.
No fue una negación dirigida a su padre. Fue una súplica dirigida al universo entero.
No podía ser cierto.
Ella recordaba su decimoctavo cumpleaños. Recordaba el vestido azul que su madre había comprado después de recorrer media docena de tiendas. Recordaba las velas, la tarta de limón, las risas de sus amigas y la insistencia de su padre en que posara para unas fotografías delante de la chimenea. Recordaba haber bailado descalza en el salón cuando la fiesta comenzó a disolverse y la música se convirtió en una compañía íntima, casi secreta.
Recordaba una discusión.
Recordaba haber salido al jardín.
Recordaba la sensación de frío en las manos.
Pero no recordaba a Daniel Harrington.
Y, sin embargo, aquel rostro aparecía en la fotografía tomada aquella noche, mirándola con una intensidad que ahora parecía imposible de confundir con una simple casualidad.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó Eleanor.
Su voz salió tan baja que Edward tuvo que inclinarse ligeramente para escucharla.
—Eleanor…
—No vuelvas a pronunciar mi nombre como si eso pudiera arreglarlo. Acabas de decir que Daniel no murió en un accidente. Acabas de decir que yo fui la última persona que lo vio con vida. Así que vas a explicarme qué significa eso.
Edward abrió la boca, pero ninguna palabra salió de ella.
Por primera vez en muchos años, Eleanor vio a su padre completamente desarmado.
No al hombre que sabía convencer a un cliente para que firmara un contrato que no entendía. No al arquitecto capaz de entrar en una habitación y hacer creer a todos que tenía una solución para cada problema. No al padre que le había enseñado a montar en bicicleta, que la había llevado sobre sus hombros durante los desfiles de Navidad y que le había prometido, cuando era niña, que siempre habría una luz encendida para ella en aquella casa.
Vio a un hombre que llevaba quince años huyendo de una noche.
Y aquella noche acababa de alcanzarlo.
—Fue hace mucho tiempo —dijo Edward finalmente.
Eleanor soltó una risa breve, incrédula, tan dolorosa que Margaret cerró los ojos.
—¿Hace mucho tiempo? ¿Eso es lo que tienes para decirme? ¿Que ocurrió hace mucho tiempo?
—No sabes lo que estás preguntando.
—¡Porque nunca me lo contaste!
La voz de Eleanor se quebró en la última palabra. No había gritado por rabia únicamente. Había gritado porque, de repente, todos los recuerdos de su vida parecían haberse convertido en objetos sospechosos. Cada cumpleaños, cada conversación interrumpida cuando entraba en una habitación, cada ocasión en que su madre había cambiado de tema al mencionar a los Harrington, cada vez que su padre había reaccionado con una furia inexplicable ante una noticia relacionada con aquella familia.
¿Qué otras cosas habían ocurrido mientras ella vivía convencida de conocer su propia historia?
Edward dio un paso hacia ella.
Eleanor retrocedió inmediatamente.
El movimiento fue pequeño, casi involuntario, pero produjo un efecto devastador en el rostro de su padre. Él se detuvo, como si acabara de recibir un golpe en el pecho.
—No te acerques.
—Soy tu padre.
—Y yo soy tu hija. Eso debería haberte bastado para decirme la verdad.
Margaret comenzó a llorar en silencio. No era un llanto escandaloso ni dramático. Eran lágrimas lentas, agotadas, las lágrimas de una mujer que había pasado demasiados años tratando de mantener una casa en pie mientras las paredes se llenaban de grietas.
Eleanor se volvió hacia ella.
—Mamá, mírame.
Margaret tardó varios segundos en levantar la cabeza.
—¿Tú lo sabías?
Su madre no respondió.
—¿Sabías que Daniel no había muerto en un accidente?
Margaret apretó los labios. Su silencio fue más elocuente que cualquier confesión.
Eleanor sintió que algo dentro de ella se desmoronaba con una delicadeza insoportable. No hubo un estallido. No hubo un grito. Solo una sensación de vacío, como si alguien hubiera retirado de golpe el suelo bajo sus pies y ella todavía no hubiera terminado de comprender que estaba cayendo.
—Los dos lo sabían —murmuró.
—No es tan sencillo —dijo Margaret.
—Entonces explícamelo.
—No puedo.
—¿No puedes o no quieres?
Margaret se cubrió el rostro.
Edward intervino con una rapidez que delató su miedo.
—Tu madre no tiene la culpa.
Eleanor giró hacia él.
—¿Y tú sí?
El hombre bajó la mirada.
Aquello bastó.
No porque fuera una confesión completa, sino porque Eleanor conocía demasiado bien los silencios de su padre. Sabía distinguir cuándo callaba para proteger a alguien y cuándo callaba porque la verdad era mucho peor de lo que podía soportar.
—Quiero saber qué pasó aquella noche —dijo ella—. Quiero saber por qué Daniel vino a mi cumpleaños. Quiero saber por qué hay un documento con mi firma que no recuerdo haber firmado. Quiero saber por qué alguien me envía mensajes desde un número que pertenece a un muerto. Y quiero saber por qué tú y mamá lleváis quince años mirándome como si yo fuera una bomba a punto de explotar.