—La pregunta que deberías hacerte es por qué, hace quince años, fuiste tú quien me pidió que matara a Daniel Harrington.
Eleanor dejó de respirar.
Durante unos segundos, el mundo se redujo a aquella frase, a la cicatriz junto a la ceja izquierda del hombre y al pequeño ángel plateado que colgaba entre sus dedos. Todo lo demás pareció perder consistencia: la habitación, la lámpara, las paredes de ladrillo, las ataduras que le inmovilizaban las muñecas y hasta el dolor que comenzaba a extenderse por sus hombros.
No podía ser él.
No podía estar vivo.
Y, sin embargo, lo estaba.
El hombre que tenía delante la observaba con una serenidad que resultaba más aterradora que cualquier amenaza. No parecía satisfecho por haberla encontrado, ni enfurecido por el tiempo transcurrido, ni siquiera sorprendido por el miedo que veía en sus ojos. Parecía un hombre que había esperado demasiado para regresar y que, después de tantos años, ya no sabía cómo encontrarse con la persona que había dejado atrás.
Eleanor intentó pronunciar su nombre.
No pudo.
Lo tenía en alguna parte de la memoria, junto a una melodía olvidada, una puerta entreabierta y el olor de la lluvia sobre la tierra. Sabía que lo había pronunciado muchas veces. Sabía que alguna vez había confiado en él lo suficiente como para entregarle secretos que ni siquiera sus padres conocían.
Pero el nombre se resistía.
Como si alguien hubiera levantado una pared entre su lengua y sus recuerdos.
—No —consiguió decir finalmente.
El hombre inclinó la cabeza.
—¿No qué?
—No eres tú.
Él sonrió con tristeza.
—Eso es lo que llevas quince años intentando creer.
Eleanor tiró de las ataduras. El movimiento le produjo una punzada en las muñecas, pero el dolor físico resultó insignificante frente al terror que le provocaba aquella presencia.
—Estás muerto.
—Eso dicen.
—Vi tu fotografía en el periódico.
—Muchas personas vieron fotografías de un hombre al que nunca conocieron.
—Hubo un funeral.
—Hubo un ataúd.
—¡Tuve que aceptar que habías muerto!
La voz de Eleanor se quebró. Aquella frase salió de ella con una fuerza inesperada, como si hubiera atravesado una distancia enorme para llegar hasta el presente.
El hombre dejó de sonreír.
Por primera vez, algo parecido al dolor apareció en su rostro.
—Lo sé.
—No. No lo sabes. No tienes ni idea de lo que significa perder a alguien y descubrir después que quizá nunca lo perdiste. No sabes lo que significa vivir quince años con una ausencia, con una pregunta que no puedes responder, con una parte de tu vida que parece haber sido arrancada de tu cuerpo.
Él bajó la mirada hacia el ángel plateado.
—Créeme, Eleanor. Lo sé mejor de lo que imaginas.
Ella lo miró con una mezcla de odio y desesperación.
—Entonces dime quién eres.
El hombre levantó lentamente la cabeza.
—Me llamo Oliver Ashford.
El nombre atravesó la mente de Eleanor como un relámpago.
Oliver.
Un muchacho de sonrisa fácil, manos manchadas de tinta, cabello oscuro siempre demasiado largo y una costumbre absurda de esconder pequeños papeles dentro de los libros que ella leía. Oliver, que había trabajado durante un verano en el estudio de arquitectura de su padre. Oliver, que la había acompañado a caminar por Richmond cuando ella todavía creía que la vida era una sucesión de decisiones pequeñas y felices. Oliver, que le había enseñado a reconocer las constelaciones y a distinguir las casas antiguas por el sonido de sus puertas.
Oliver, que le había dicho una vez que el amor verdadero no necesitaba promesas extraordinarias, porque bastaba con quedarse cuando todo lo demás desaparecía.
Oliver, que había desaparecido de su vida antes de su decimoctavo cumpleaños.
Oliver, a quien ella había llorado en secreto durante semanas porque su padre le aseguró que se había marchado a estudiar a Escocia y que no volvería.
Eleanor sintió que algo dentro de ella se abría.
—Oliver…
El hombre cerró los ojos al escuchar su nombre en labios de ella.
No fue un gesto teatral. Fue una reacción involuntaria, el estremecimiento de alguien que había imaginado aquel instante tantas veces que, cuando finalmente llegó, descubrió que no estaba preparado para soportarlo.
—Todavía lo recuerdas —murmuró.
—Recuerdo que te fuiste.
—No me fui.
—Mi padre dijo que habías decidido marcharte.
—Tu padre dijo muchas cosas.
Eleanor negó con la cabeza.
—Me escribiste una carta.
Oliver se quedó inmóvil.
—¿Qué carta?
—Una carta que recibí poco antes de mi cumpleaños. Decía que habías conocido a alguien, que te ibas a Escocia y que no querías que te buscara.
El rostro de Oliver cambió.
No fue una transformación dramática. Apenas una contracción en los músculos de la mandíbula, un endurecimiento de la mirada, una pequeña señal de que aquella información acababa de confirmar algo que temía desde hacía años.
—Nunca te escribí esa carta.
Eleanor sintió náuseas.
—La reconocí. Era tu letra.
—Entonces alguien la imitó.
—¿Por qué?
—Porque yo no debía volver a acercarme a ti.
—¿Quién te lo prohibió?
Oliver la miró directamente a los ojos.
—Tu padre.
Eleanor dejó escapar una risa sin alegría.
—Por supuesto. Mi padre. Siempre mi padre. Todo lo que ocurre en mi vida parece tener su nombre escondido detrás.
—No es el único responsable.
—¿También vas a decirme que James lo sabía? ¿Que Daniel lo sabía? ¿Que mi madre lo sabía? ¿Que todo el mundo sabía algo menos yo?
Oliver no respondió.
Y aquel silencio le confirmó que la respuesta era mucho más complicada de lo que podía soportar.
Eleanor volvió a tirar de las ataduras.
—Suéltame.
Oliver miró las cuerdas que le sujetaban las muñecas.