Nadie amaba como nosotros nos destruíamos

CAPÍTULO 5 Lo que ocurrió mientras dormías

Eleanor no volvió a mirar la pantalla del ordenador.

No porque hubiera dejado de sentir curiosidad, ni porque la imagen de Richard Harrington inclinado sobre su cama hubiera perdido importancia, sino porque, de repente, tuvo la certeza de que si volvía a contemplarla, algo dentro de ella terminaría de romperse.

Había reconocido su dormitorio.

Había reconocido la cama de madera blanca que su padre había encargado construir cuando ella cumplió quince años, las cortinas color crema que su madre cambiaba cada primavera y el pequeño reloj con forma de luna que descansaba sobre la mesita de noche. Había reconocido incluso la esquina de una fotografía familiar que aparecía detrás de una lámpara.

Aquella era su habitación.

No un lugar parecido.

No una reconstrucción.

No una imagen creada por una mente asustada.

Era su dormitorio, fotografiado la noche de su decimoctavo cumpleaños, mientras ella dormía y Richard Harrington se inclinaba sobre su rostro.

Y lo más aterrador no era que aquel hombre hubiera estado allí.

Lo más aterrador era que Eleanor no recordaba haberlo visto.

—Apaga eso —susurró.

Oliver ya había cerrado el ordenador, pero ella continuó mirando la tapa como si detrás de aquella superficie negra permaneciera el rostro de Richard, esperando que alguien volviera a abrirla.

—Ya está apagado —dijo él.

—No quiero volver a verlo.

—No tendrás que hacerlo ahora.

—¿Ahora? —Eleanor levantó los ojos—. ¿Eso significa que tendrás que enseñármelo otra vez?

Oliver no respondió.

Ella sintió una punzada de rabia.

—Deja de hacer eso.

—¿Qué cosa?

—Callarte cuando la respuesta no te conviene.

Oliver bajó la mirada.

La joven se apartó de la pared y caminó hasta la mesa. Sus piernas todavía temblaban, pero se obligó a permanecer erguida. No quería que Oliver confundiera su miedo con una señal de que podía seguir decidiendo por ella.

—Quiero que me expliques exactamente qué acabamos de escuchar.

—Eleanor…

—No. Primero escuchas. Después respondes. La grabación contiene una voz que parece la mía, una amenaza de Daniel, un grito tuyo y una confesión de Richard que aparece después de que la grabación debería haber terminado. Además, tengo una fotografía de Richard entrando en mi dormitorio mientras yo dormía. No necesito que me protejas de esos hechos. Necesito que me ayudes a entenderlos.

Oliver se sentó lentamente.

Parecía agotado.

Por primera vez desde que había reaparecido, no intentó ocultarlo. Sus hombros estaban caídos, su rostro tenía la palidez de alguien que llevaba demasiadas horas sin dormir y sus ojos mostraban una fatiga que no se explicaba únicamente por el paso de los años.

—La grabación fue realizada por Daniel —dijo—. Eso lo sé con seguridad. Pero no sé quién añadió la voz de Richard al final ni cómo llegó ese archivo al ordenador.

—¿Y la fotografía?

—Tampoco sé quién la añadió.

Eleanor lo observó con desconfianza.

—¿Me estás diciendo que alguien puede entrar en tus archivos, modificar tus grabaciones y enviar fotografías sin que tú tengas idea de cómo lo hace?

—Sí.

—Entonces, ¿cómo sabes que no estás trabajando para esa persona?

La pregunta lo golpeó.

Oliver levantó la cabeza, y durante un instante Eleanor creyó que iba a enfadarse. En cambio, él asintió lentamente.

—Es una pregunta justa.

Ella no esperaba aquella respuesta.

—¿No vas a negarlo?

—No tengo derecho a exigirte que confíes en mí. Desaparecí durante quince años. Te dejé creer que me había marchado voluntariamente. Y ahora he vuelto a tu vida en las peores circunstancias posibles. Si estuviera en tu lugar, tampoco confiaría en mí.

Eleanor sintió que la rabia se mezclaba con una tristeza antigua.

—Yo te esperé.

Oliver cerró los ojos.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

La joven se llevó una mano al pecho.

—Durante meses pensé que te había ocurrido algo. Después pensé que te habías cansado de mí. Llegué a creer que había hecho algo que te había asustado, que había sido demasiado ingenua, demasiado insistente, demasiado… no sé. Cualquier cosa. Cuando mi padre me enseñó aquella carta, me dijo que tenía que aceptar que las personas se marchaban. Que no podía obligarte a quedarte. Y yo le creí porque era más fácil pensar que me habías abandonado que aceptar que quizá te había ocurrido algo terrible.

Oliver permaneció inmóvil.

—Cada vez que pasaba por el estudio de arquitectura, miraba la puerta —continuó ella—. Esperaba verte aparecer con tus manos manchadas de tinta y esa sonrisa insoportable que ponías cuando sabías que estabas a punto de hacer una broma. Después dejé de ir. Me convencí de que había sido una tontería adolescente. Una historia pequeña que no merecía seguir doliendo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Y ahora vuelves, me atas a una silla y me dices que yo te pedí que mataras a Daniel.

Oliver bajó la cabeza.

—No debí hacerlo.

—¿Qué?

—No debí atarte. No debí obligarte a escucharme. Tenía miedo de que te marcharas antes de que pudiera advertirte de lo que estaba ocurriendo, pero eso no justifica lo que hice.

Eleanor no respondió.

La disculpa no borraba el miedo, ni devolvía los años perdidos, ni explicaba las circunstancias de su desaparición. Sin embargo, era la primera vez que Oliver reconocía una decisión propia sin esconderla detrás de Richard, Edward o las amenazas que había recibido.

Era poco.

Pero era algo.

—¿Por qué regresaste ahora? —preguntó.

Oliver levantó la mirada.

—Porque alguien empezó a utilizar tu nombre otra vez.

—¿Cuándo?

—Hace unas semanas.

—¿Qué ocurrió?

Oliver respiró hondo.

—Recibí una copia de un documento bancario. Aparecía tu nombre, tu firma y una referencia a la cuenta que Daniel estaba investigando. Pensé que alguien intentaba reactivar la operación. Después encontré una fotografía tuya con James Harrington. Comprendí que las dos familias estaban volviendo a encontrarse.




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