Las calles vacías, el viento frío rozándome las piernas y las luces defectuosas de los postes parpadeando sobre nosotros como si estuvieran a punto de apagarse para siempre, era tarde y podía sentirlo en el silencio de la ciudad, en algunos locales cerrados en la zona, en las ventanas oscuras de los edificios y en esa extraña sensación de que ya no debía seguir ahí.
Aún así, seguía caminando, a mi lado iba él, el chico sin rostro.
Sé que suena absurdo, pero incluso ahora soy incapaz de recordarlo completamente, cada vez que intento pensar en su cara, mi mente se llena de neblina, como una televisión sin señal. Recuerdo su voz, su altura e incluso recuerdo el sonido de sus pasos junto a los míos, pero no su rostro, NUNCA su rostro.
Y delante de nosotros iba Gael.
Tenía las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta negra mientras pateaba pequeñas piedras contra el pavimento húmedo. La luz de los postes apenas alcanzaba a tocarlo antes de volver a desaparecer, no había cambiado demasiado desde la última vez que lo vi en el colegio, tal vez estaba un poco más alto; su voz sonaba distinta, más grave, más lenta. Pero seguía teniendo esa expresión distraída de alguien que parecía vivir lejos de todo.
—Mi mamá llega a las doce.
Dijo de repente, sin mirarnos.
Después de eso ya no puedes quedarte, no pregunté por qué, ni siquiera me pregunté a mi misma por qué estaba yendo con él. Supongo que esa es la parte más difícil de explicar, porque había algo dentro de mí diciéndome que regresara a casa, algo pequeño e incómodo empujándome hacia atrás, como una alarma silenciosa.
Pero no lo hice, seguí caminando y el chico sin rostro dijo algo que no alcancé a entender y Gael soltó una risa baja antes de mirar hacia atrás por apenas un segundo.
Y entonces pasó algo extraño.
Por un momento sentí que ya había vivido esa escena antes:
Las calles, las luces defectuosas, el frío y Gael caminando unos pasos delante de mí, como si todo estuviera ocurriendo exactamente igual a una memoria olvidada.
Desviamos hacia otra calle más oscura hasta detenernos frente a una casa de dos pisos, el frente estaba casi completamente apagado solo una pequeña luz amarilla iluminaba la entrada principal. Gael sacó unas llaves del bolsillo y abrió la puerta.
—Pasa rápido— murmuró.
Entré detrás de él, cuando entré solo estábamos él y yo, el chico sin rostro no estaba, me quedé tiesa por unos segundos y pensé.
“Entonces, ¿Quién era él? ¿Era parte de mi imaginación? Pero, ¿Por qué Gael se soltó una risa con él?” Pero no le di importancia y seguí subiendo las escaleras, la casa olía a encierro y a algo dulce que no supe reconocer.
Todo estaba oscuro, ni siquiera intentó encender las luces y lo peor fue que eso empezó a parecerme normal, la sala era pequeña pero no conectaba con las otras partes de la casa, es decir, para entrar a esa sala debía hacerse por un pasillo sin luces, había un sofá gris frente a un televisor apagado y una ventana enorme con cortinas desgastadas que dejaba entrar las luces lejanas de la calle.
Sentí un escalofrío.
—¿Siempre mantienes esto así?— pregunté en voz baja.
Gael se encogió de hombros.
—¿Por qué no enciendes las luces?
—Porque así nadie ve realmente lo que pasa aquí.
No supe qué responder.
Porque la forma en que lo dijo no sonó como una broma.
Sonó real.
Y por alguna razón, eso hizo que mi pecho se sintiera extraño, como si algo dentro de mí quisiera salir corriendo antes de que fuera demasiado tarde.
Pero me quedé.
Porque hay noches en las que una siente el desastre antes de que ocurra… y aun así sigue caminando hacia él.