Caminé varias calles antes de darme cuenta de que todavía tenía puesta la camisa de Gael, pero nunca volví a saber de él después de esa noche.
La noche seguía fría, apagada y en silencio, tenía miedo de caminar sola a esas horas.
Pedí un taxi, pero no llegué a mi casa, no quería verlo a él, al hombre sin rostro.
Algunas noches nunca terminan realmente y a veces creo que lo peor no fue quedarme, fue haber sabido desde el principio que debía irme.
Desde entonces, cada vez que veo una luz encendida en medio de la madrugada, recuerdo esa casa.
Y el hecho de que nadie encendía las luces allí dentro.