Valeria
En serio, cumplir quince años debería venir con un manual de instrucciones o, al menos, con un filtro que impida que tus amigas se conviertan en expertas en relaciones de la noche a la mañana. Estábamos sentadas en la entrada de la escuela, ese lugar donde se decide quién es quién en el ecosistema social. Sofía, mi mejor amiga —la misma que tiene una habilidad innata para meterse en problemas y luego arrastrarme a mí—, estaba dándome un sermón mientras devoraba un helado que, para ser honestas, yo también quería.
—Valeria, te lo digo en serio —dijo Sofía, señalándome con la palita de madera—. A estas alturas, si no has besado a alguien, prácticamente eres un mueble. Un mueble con patas, sí, pero un mueble al fin y al cabo. ¿No te sientes... no sé, fuera de lugar?
Yo rodé los ojos, ajustándome la mochila. Me sentía expuesta. Era como si cada movimiento que hacía estuviera bajo la lupa de mis compañeras.
—Sofi, ¿podemos hablar de otra cosa? El helado está rico, mi vida es tranquila y no tengo ninguna prisa por experimentar con alguien que seguramente tiene aliento a cebolla. Me gusta mi paz, ¿sabes? No necesito un drama romántico para sentir que mi vida tiene sentido.
—¡Ay, por favor! —intervino otra compañera, apoyándose en la pared con una seguridad que yo envidiaba—. Todas las de la clase ya pasaron por eso. Es cuestión de estatus. Si no has dado el paso, te quedas atrás.
Yo me limité a asentir, fingiendo que no me dolía un poquito esa presión invisible. Por dentro, mi cerebro estaba a mil por hora. Me sentía como si todos estuvieran viendo una película en alta definición y yo fuera la única que todavía estaba viendo un programa en blanco y negro, sin color, sin chispa, sin nada. Intenté concentrarme en las hormigas que caminaban cerca de mis pies, cualquier cosa era mejor que admitir que me sentía incompleta.
De repente, el ruido de las risas y las conversaciones adolescentes se quedó en segundo plano. A pocos metros, en el local de al lado, vi a un chico. Era mayor, claramente. Tenía el cabello castaño y unos ojos que, incluso a esa distancia, se sentían intensos. Estaba trabajando en unas cajas, moviéndose con una fuerza y una calma que me resultaban extrañas, casi magnéticas.
—¿Quién es ese? —pregunté, sin pensar. La pregunta escapó de mis labios antes de que pudiera frenarla.
Sofía giró la cabeza como si le hubieran dado cuerda, abandonando su interrogatorio sobre mi vida amorosa por un chisme nuevo.
—Ni idea, pero lleva un par de días por aquí. Dicen que es de muy lejos, de un extremo del país. Julián, creo que se llama. Está trabajando aquí por una temporada.
Julián. El nombre sonaba bien, aunque yo inmediatamente me puse en guardia. Me miró. Y en ese segundo, el aire en mis pulmones pareció agotarse. Él me vio, sostuvo la mirada un instante más de lo socialmente aceptable, con una curiosidad descarada que me recorrió toda la columna vertebral. Yo hice lo que mejor sé hacer: mirar al suelo como si fuera el objeto más interesante del planeta, intentando ocultar el hecho de que mi corazón estaba golpeando mis costillas como un tambor desbocado.
—Vale, te está mirando —susurró Sofía, dándome un codazo que casi me hace tirar los libros—. ¡Valeria, reacciona! No te quedes ahí como una estatua.
—Cállate, Sofi —siseé, sintiendo que mis mejillas ardían—. Vámonos, ya es tarde.
Caminé más rápido hacia la salida, sintiéndome la chica más cobarde de toda la institución. ¿Por qué me puse tan nerviosa? Era solo un chico, un extraño que estaba trabajando ahí por unos días. Pero había algo en sus ojos, una seguridad en su forma de sostener mi mirada, que me decía que, por muy "mueble" que yo fuera, él me acababa de catalogar como alguien que le llamaba la atención. Y eso, siendo sincera, me asustaba más que no haber dado mi primer beso. Porque en el fondo, sabía que si cruzaba esa línea, mi vida ya no volvería a ser esa rutina tranquila y predecible que tanto cuidaba.
Esa noche, mi habitación parecía un campo de batalla. Ropa por todas partes, perfumes mezclados en el aire y la música a un volumen que, seguramente, pronto provocaría que mi mamá viniera a darnos una advertencia. Sofía estaba sentada en mi cama, observándome mientras yo intentaba decidir qué ponerme sin parecer que me había esforzado demasiado.
— ¿Te vas a poner eso? —preguntó Sofía, señalando mi blusa favorita, una que había elegido precisamente por ser cómoda y nada llamativa.
—Es lo que uso siempre, Sofi. No tiene nada de malo.
—Valeria, por favor. Vamos a salir, va a estar todo el mundo y, lo más importante, es muy probable que te cruces con el "extranjero" de ojos verdes —dijo, arqueando una ceja con esa expresión de superioridad que solo ella podía lograr—. No puedes ir como si fueras a una clase de matemáticas.
Me detuve frente al espejo, suspirando. Julián. No había dejado de pensar en él desde esa tarde. Esa mirada intensa que me había dedicado seguía grabada en mi memoria, y lo peor era que me gustaba esa sensación de inquietud. Pero, ¿qué buscaba exactamente?
—Es solo un chico, Sofía —mentí, mientras buscaba unos aretes pequeños—. Además, ni siquiera sé si estará allí. Probablemente esté ocupado trabajando o haciendo sus cosas de adulto responsable.
—Ay, por favor, no te hagas la desentendida —intervino otra de mis amigas, mientras se aplicaba brillo labial—. Lo vimos cómo te miraba. Ese tipo no te quitaba los ojos de encima. A mí me daría miedo, pero a ti... bueno, a ti te encanta hacerte la difícil.