Nadie es Digno

Capítulo 2: La traición del silencio

Valeria

El camino de regreso a casa tras la fiesta fue un ejercicio de silencio absoluto. Sofía, que normalmente era un torrente de palabras, caminaba con la mirada clavada en el pavimento, ajena a las bromas de las otras chicas. Yo, por mi parte, sentía el estómago revuelto. No era solo el beso, ni la intensidad de Julián; era el miedo constante a que las paredes tuvieran oídos.

Mientras caminaba, no dejaba de darle vueltas a la cabeza. Sofía estaba rara. Sabía que durante el "juego" de la fiesta, ella se había besado con el amigo de Julián, alguien que todos sabían que no buscaba nada serio, un tipo que solo estaba pasando el rato. La vi tan distante y callada que me pregunté si se arrepentía de haber cedido a la presión, o si, al igual que yo, estaba aterrada por las consecuencias. Pensé en Julián. Él sí parecía querer algo real, algo distinto. La diferencia entre lo que él me ofrecía y lo que Sofía había buscado en ese chico era un abismo.

A la mañana siguiente, la realidad se impuso. Habíamos quedado en hornear galletas para un evento del colegio. Cuando llegué a casa de Sofía, todavía sentía la tensión de la noche anterior. Entramos a la cocina, donde su madre estaba preparando café, con esa mirada inquisitiva que tienen todas las madres cuando sospechan que algo ocurrió.

—Entonces —dijo la mamá de Sofía, empezando a sacar los ingredientes—, ¿cómo estuvo la fiesta? Me contaron que fue una noche larga.

Intercambié una mirada rápida con Sofía. El mensaje era claro: ni una palabra. Mi corazón latía con fuerza, pero mantenía la calma, lista para inventar cualquier excusa sobre música y baile.

—Estuvo bien, normal —logré decir, intentando sonar casual.

Pero Sofía no aguantó. Quizás fue el nerviosismo, quizás una forma retorcida de descargar su propia frustración por lo que había pasado ella con el chico de la fiesta.

— ¿Normal? ¡Fue increíble, mamá! —Dijo Sofía, dejando caer la cuchara sobre la mesa—. Pero la que mejor la pasó fue Valeria. ¡Se dio un beso con Julián, ese chico nuevo!

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. Mis ojos se clavaron en la madre de Sofía, que se giró lentamente, mirándome como si fuera una desconocida. Sus ojos estaban abiertos como platos, cargados de una mezcla de shock y juicio.

— ¿Eso es cierto, Valeria? —preguntó ella, con una voz que ya no era la de la anfitriona amable, sino la de una autoridad cuestionando un delito.

El silencio fue sepulcral. No dije nada. No me defendí, no intenté explicar que Julián no era un desconocido cualquiera. Simplemente recogí mis cosas con manos temblorosas, sentí la mirada traicionera de Sofía sobre mi nuca y salí de allí. Corrí hasta llegar a mi casa, con la convicción de que el chisme se propagaría como el fuego.

Entré directamente al cuarto de mi mamá. Estaba sentada leyendo. Sabía que no tenía opción: si me iba a hundir, lo haría bajo mis propias reglas. Prefería mil veces que ella escuchara la verdad de mi boca, con todos los matices, antes de que llegara a sus oídos deformada por la madre de Sofía.

—Mamá, necesito decirte algo —dije, sentándome a su lado—. Pasó esto en la fiesta...

Le conté todo sobre Julián y el beso. Ella me escuchó, con el rostro endurecido por la decepción. El regaño fue inmediato, severo, cargado de una preocupación que me dolía más que sus palabras.

—No quiero que te vuelvas a ver con ese chico, Valeria —sentenció ella, mirándome a los ojos—. Es mayor, no sabemos quién es, y esto no va a pasar a mayores. Si te veo cerca de él otra vez, le diré a tu papá.

El ambiente en mi cuarto era asfixiante. Las palabras de mi mamá, cargadas de una mezcla de decepción y severidad, seguían resonando en mis oídos. "Si te veo cerca de él otra vez, le diré a tu papá". Esa amenaza era el muro final. Mi papá, con su carácter inflexible, era la última persona a la que quería involucrar en esto.

Me senté en el escritorio, con el teléfono entre las manos. La pantalla iluminaba mi cara en la oscuridad de la habitación. Abrí el chat de Julián. Había un mensaje suyo esperando, preguntándome cómo estaba.

Mis dedos temblaban. Cada tecla que pulsaba se sentía como una renuncia. Sabía que Julián no entendía de las presiones de mi casa, ni de cómo funcionaba la dinámica de control con mis padres. Si le explicaba la verdad, probablemente trataría de convencerme de que me rebelara, y eso solo complicaría más las cosas.

Escribí con rapidez, sin permitirme dudar:

“Hola Julián, estoy bien gracias. Sabes que Sofia le dijo a su mamá sobre el beso que nos dimos anoche y le tuve que decir a mi mama y las cosas en mi casa están muy tensas. No quiero problemas y, siendo sincera, creo que no podemos seguir viéndonos. Por favor, no me busques.”

Leí el mensaje una última vez. Sonaba frío, distante, casi como si no fuera yo quien lo enviaba. Presioné "Enviar" antes de que el miedo a arrepentirme pudiera detenerme.

El sonido del mensaje saliendo fue casi imperceptible, pero para mí sonó como un disparo. Dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa y me recosté en la cama, mirando hacia el ventilador de techo que giraba lentamente. Por un segundo, imaginé la cara de Julián al leerlo. ¿Se enfadaría? ¿Se reiría de mi cobardía? ¿O simplemente pasaría página, tal como se iría de este pueblo en un par de meses? Me obligué a cerrar los ojos. Tenía que ser la hija perfecta, la alumna aplicada, la chica que no causaba problemas.

Pasaron las horas y, al ver que el chat de Julián se mantenía estático, sin ni siquiera el rastro de un mensaje escribiendo, el corazón se me contrajo con una fuerza que me cortó la respiración. Había algo en ese "visto" que dolía más que cualquier grito o reclamo. Sin embargo, no estaba molesta; de alguna manera, lo entendía. Él era mayor, tenía un mundo distinto y mis problemas debían parecerle insignificantes. Sabía que el silencio era lo mejor, la única forma de evitar que la tormenta que se gestaba en mi casa se convirtiera en un huracán. A la mañana siguiente, tras una noche de insomnio absoluto en la que las paredes de mi habitación parecieron cerrarse sobre mí, tomé una decisión drástica: lo bloqueé. No por despecho, sino por pura supervivencia. Tenía que alejarme de él, pero también de Sofía. El simple recuerdo de su traición me revolvía el estómago; no quería verla ni en pintura, ni escuchar su nombre, ni volver a pisar aquel pasillo donde me había expuesto ante el mundo.




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