Nadie es Digno

Capítulo 3: Caso clínico

9 años después

Valeria

El calor de la cocina era un abrazo denso y constante que ya formaba parte de mi propia piel. El ritmo de trabajo era frenético, marcado únicamente por el choque rítmico de los cuchillos sobre las tablas de madera y el siseo del aceite caliente en las sartenes de hierro.

— ¡Valeria, necesito ese emplatado del especial de pato para la mesa cinco, ahora! —exclamó Marcos, mi compañero de línea y mano derecha en el servicio nocturno.

Me moví con la agilidad que solo la práctica constante permite, colocando la reducción de frutos rojos con una precisión casi quirúrgica.

—Listo, Marcos, sale ahora mismo —respondí, concentrada en que cada elemento del plato tuviera la altura y el equilibrio exactos.

Cuando la presión bajó al finalizar el turno, nos quedamos un momento solas en la cocina, limpiando las estaciones mientras el resto del equipo se retiraba. Marcos, antes de salir, se detuvo junto a mi mesa de preparación.

—A veces me pregunto si no te cansas, Val —dijo él, apoyándose en la superficie de acero—. Llevas horas sin parar, y ni siquiera en tu día libre sueltas el delantal. Siempre buscando la perfección.

Sonreí, sintiendo esa paz familiar que solo me daba el calor de la estufa.

—Es que no lo veo como trabajo, Marcos. Cuando estoy aquí, todo lo demás se apaga. Cocinar es el único momento en el que siento que realmente tengo el control. Es un arte; crear algo de la nada y ver la cara de alguien cuando lo prueba... es lo único que me hace sentir completa.

Al salir del restaurante, la brisa nocturna de la ciudad me golpeó el rostro. Caminé hacia el apartamento que compartía con Lucía, sintiendo el cansancio acumulado en mis pies, pero con una extraña ligereza en el pecho.

Al entrar, encontré a Lucía sentada a la mesa del comedor, rodeada de planos y reglas de escala. La luz de la lámpara de escritorio resaltaba sus facciones concentradas mientras trazaba una línea con una precisión que yo envidiaba. Al verme, soltó el lápiz y me dedicó una sonrisa.

— ¡Por fin llegas! Estaba a punto de pedir comida, pero supuse que después de tu turno no querrías ni ver un plato cerca —dijo ella, levantándose con gracia—. Déjame servirte una copa de vino, la necesitas.

Me dejé caer en el sofá, suspirando de alivio al soltar mi mochila, mientras ella iba a la cocina y regresaba con dos copas llenas. Se sentó a mi lado y me entregó una, dejando que el silencio cómodo de nuestro hogar reemplazara el ruido de la ciudad.

— ¿Cómo fue la noche? —preguntó.

—Intensa, pero valió la pena —respondí, sintiendo cómo la tensión de mis hombros se disipaba.

—Por favor, dime que al menos no tuviste que cocinar el pato tú sola —dijo Lucía, dándole un sorbo a su vino mientras señalaba con el pie uno de sus planos arquitectónicos—. Porque si te veo cerca de un ave en los próximos dos días, juro que voy a empezar a servirte cereales con agua.

Me reí, apoyando la cabeza en el respaldo del sofá.

—Marcos intentó encargarse de la guarnición, pero terminó casi prendiéndole fuego a la estufa. Tuve que intervenir antes de que el restaurante oliera a plumas chamuscadas.

Lucía soltó una carcajada que resonó en todo el salón.

—Ese chico es un peligro. Algún día, en lugar de ser chef, vas a terminar siendo jefa de bomberos por su culpa. ¿No te dijo nada sobre que siempre eres la que termina salvando el día?

—Es muy orgulloso para admitirlo —respondí, cerrando los ojos por un instante—. Pero es buen tipo. Solo que a veces cree que puede improvisar técnicas francesas con fuego a máxima potencia.

Lucía dejó la copa y me miró con esa chispa de malicia que solo ella tenía.

—Hablando de gente que no sabe lo que hace... ¿cómo va tu "obsesión" con el nuevo menú? ¿Vas a intentar hacer esa sopa que requiere que los ingredientes se miren con respeto durante tres días antes de mezclarlos?

— ¡Es un caldo de miso clarificado, Lucía! —exclamé indignada, aunque no pude evitar sonreír—. Y requiere técnica, no superstición.

—Sí, claro. La última vez que intentaste hacer algo así, terminaste llenando toda la cocina de un vapor que parecía el escenario de una película de terror. Casi llamamos a un exorcista, no a un inspector de sanidad.

—Eso fue un accidente —repliqué, dándole un toque con el cojín—. Agradece que no te puse a limpiar ese día. Tu contribución a la cocina hasta ahora ha sido comprar vino para aliviar mis penas, lo cual, admito, es una habilidad arquitectónica muy útil.

—Es mi especialidad —dijo ella—. Diseño espacios funcionales y bebo vino para que tú no incendies el edificio. Es un servicio completo, Vale. Deberías agradecérmelo.

—Te agradezco que vivas conmigo porque, si no, ¿quién más aguantaría mis quejas sobre los clientes que piden carne "bien cocida" pero "jugosa"? Es físicamente imposible, Lu. Es una paradoja existencial.

Lucía se acercó y me revolvió el cabello con cariño.

—Eres una dramática. Pero vamos, reconoce que amas cuando la gente se queja de tu comida solo para que tú puedas darles una lección de alta cocina con esa carita de superioridad que pones.

—No tengo una cara de superioridad —me defendí, aunque ambas sabíamos que mentía—. Simplemente tengo estándares elevados.

—Y yo tengo hambre —concluyó ella mientras se dirigía a la cocina—. Voy a preparar algo rápido, y te prohíbo terminantemente que intentes "mejorar" mi sándwich con alguna técnica de reducción. Si veo una pinza de cocina en tu mano, te confisco el vino.

— ¡Espera! —Lucía dejó el cuchillo sobre la tabla de madera, deteniéndose en seco mientras el brillo de su teléfono iluminaba su rostro—. Pero... ¿quién me escribe a estas horas?

Revisó la pantalla con el ceño fruncido y, tras unos segundos, una sonrisa traviesa comenzó a dibujarse en sus labios.

—Es un colega del estudio. Están en un local nuevo con un grupo de amigos y me están insistiendo en que caigamos ahora mismo. Dicen que la arquitectura del lugar es una joya. Valeria, vas a ir conmigo. No acepto un "no" por respuesta. Necesitas dejar de oler a fondo de pato y sacudirte un poco el estrés. Si no sales, te prometo que mañana escondo todas tus especias.




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