La oficina del piso 30 era un búnker de cristal. No había adornos, solo archivos, una pantalla con gráficas bursátiles que parpadeaban en rojo y verde, y una vista de la ciudad que parecía recordarme constantemente que no hay margen para el error.
—Julián, el café —dijo una voz temblorosa al otro lado de la puerta.
—Déjalo ahí —respondí sin levantar la vista de los documentos.
La asistente entró, depositó la taza con un movimiento casi imperceptible y salió a toda prisa. Ni siquiera necesité verla para saber que estaba nerviosa; mi presencia, mi simple forma de ocupar el espacio, parecía imponer una distancia que no me molestaba en lo absoluto. Tomé un sorbo del café negro, sin azúcar. Estaba perfecto, pero eso no evitaba que mis pensamientos estuvieran en otra parte.
Hace años, cuando yo no tenía ni una dirección fija y todo lo que intentaba construir se desmoronaba, Roberto Soler fue el único que no me cerró la puerta. El año pasado él perdió casi todo en una bancarrota técnica y, aunque el Hotel Horizonte sigue siendo un nombre reconocido, está a un paso del abismo. No estoy aquí por el dinero; tengo mis propios negocios, de construcción y tecnología que funcionan como un reloj suizo. Estoy aquí porque la lealtad es la única moneda que acepto y que pago. Y a Roberto le debo la base de lo que soy hoy.
La puerta se abrió sin tocar. Solo Roberto se tomaba esa libertad.
—Julián, tengo noticias —dijo, dejándose caer en la silla frente a mi escritorio.
Lo miré fijamente, con los ojos entrecerrados. Mi actitud era cortante, como siempre que hablábamos de trabajo.
—Habla. Espero que no sea otro problema con los proveedores de la cocina.
—Encontré a la chef. Se llama Valeria Castillo. He visto cómo trabaja en la ciudad, tiene el carácter y la técnica que necesitamos para reflotar el restaurante.
Solté un suspiro largo, dejando la pluma sobre la mesa con un golpe seco. El nombre no me decía nada; para mí, solo era un problema administrativo más.
—¿Castillo? —repetí con frialdad—. ¿Otra vez tomando decisiones a mis espaldas, Roberto? Te dije que yo auditaría la cocina. No necesitamos una chef de paso, necesitamos a alguien serio.
—Es excelente, Julián. Confía en mí.
—Escúchame bien —dije, inclinándome hacia adelante, con los ojos fríos clavados en los suyos—. Si esta mujer no está a la altura, si no tiene la disciplina que exijo para este proyecto, la voy a echar yo mismo. No tengo tiempo para lidiar con amateurs cuando mi reputación —y la tuya— están en juego.
Roberto asintió, aunque sabía que mi tono no dejaba lugar a réplicas. Yo no estaba aquí para hacer amigos, estaba aquí para asegurar que el Horizonte no terminara en una subasta.
—El lunes —sentencié—. Que venga a primera hora. Y dile que no espero excusas.
Volví a mis papeles, dejando claro que la conversación había terminado. El nombre de Valeria quedó ahí, flotando en el aire como una nota al pie de página, una variable que me aseguraría de eliminar sí no da la talla.
La jornada terminó cuando la ciudad ya era un mar de luces eléctricas. Cerré el búnker de cristal, ignorando las miradas de los pocos empleados que aún quedaban en el pasillo, y me subí a mi coche. Conducir de noche era mi única válvula de escape; el motor rugiendo bajo mi mando era el único sonido que toleraba después de horas de reuniones agotadoras.
Llegué a mi apartamento, un penthouse minimalista que, al igual que mi oficina, carecía de calidez innecesaria. No buscaba comodidad, buscaba eficiencia. Al entrar, el silencio me recibió como un aliado. Me quité la chaqueta de seda, la arrojé sobre el respaldo del sofá y caminé hacia la cocina, que estaba tan impecable que parecía un catálogo de diseño.
Me serví un vaso de agua con hielo, sin prender las luces. La ciudad se extendía frente a mí a través del ventanal, inmensa, caótica y hambrienta. Dejé el vaso sobre la mesa de granito y me quedé mirando mi reflejo en el cristal oscuro.
A veces, la soledad se siente como un traje a medida. Me gusta. Me permite pensar sin el ruido de las expectativas ajenas. Abrí mi portátil, no para trabajar, sino para revisar de nuevo la agenda del día siguiente. Mi rutina es un sistema cerrado: ejercicio a las 5:00 a.m., revisión de los estados financieros de mis empresas de tecnología antes del desayuno, y luego, el hotel. No hay espacio para distracciones, y ciertamente no hay espacio para personas que no sumen.
Recordé el nombre que Roberto había soltado en mi oficina: Valeria Castillo.
Caminé hacia el balcón, sintiendo el aire frío de la noche golpeándome el rostro. Me apoyé en el barandal, apretando los puños con una tensión que no lograba disipar del todo. Me molestaba esa variable. Me molestaba que Roberto hubiera actuado por su cuenta. Pero, sobre todo, me molestaba la curiosidad. ¿Quién era esa mujer para que Roberto se atreviera a desafiar mi autoridad?
Apagué el portátil, dejando que la pantalla negra absorbiera el último vestigio de mi día. Mañana sería lunes y debía de preparar mi paciencia, así que no iba a ser un día fácil. Me fui a dormir con la mente clara. Mi vida es un tablero donde yo muevo las fichas, y si esta mujer no jugaba según mis reglas, no le tomaría más de diez minutos estar fuera de mi hotel.
Antes de llegar al hotel tomé la decisión de citar a la chef directamente en el restaurante. Llegué a la cocina diez minutos antes de la hora pactada. Encendí las luces de golpe, revelando el acero impoluto y el orden quirúrgico que exigía para el Horizonte. Me quedé allí, en el centro, esperando. Dos minutos después de la hora acordada, escuché sus pasos.
Cuando cruzó las puertas batientes, me obligué a endurecer la mirada. Me quedé de espaldas, revisando un inventario que ya me sabía de memoria, para marcar mi territorio.
—Llegas dos minutos tarde, Castillo —dije, cortante—. El tiempo, en mi hotel, es dinero, y yo no estaba de humor para desperdiciar ni un segundo en alguien que empezaba mal.