Valeria
Cansancio de una semana entera de servicio intenso pesaba en mis hombros, pero la insistencia de Nicole, mi mano derecha en la cocina y la única persona que ha logrado arrancarme más de tres sonrisas seguidas desde que llegué, no me dejaba escapatoria. Llevaba cuatro días ignorando sus invitaciones con la maestría de una experta en evasión, pero hoy era viernes y el cerco se había cerrado.
—Valeria, si me dices que otra vez tienes un compromiso con tu sofá y una maratón de series, te juro que te encierro en el congelador —dijo Nicole mientras terminaba de limpiar la estación, mirándome con esa mezcla de paciencia y desesperación que solo ella me tenía.
No es el sofá, Nicole. Es que, honestamente, después de pelear con los proveedores toda la semana, lo único que quiero es una cita romántica con mi almohada —respondí, soltando un suspiro mientras guardaba mi cuchillo—. Además, no conozco ese local. ¿Y si es un antro donde la gente baila como si estuviera teniendo un ataque epiléptico?
Nicole soltó una carcajada que resonó en toda la cocina.
—¡Pues mejor! Así nadie notará si tú también tienes uno. Mira, es un sitio cerca del Horizonte, nada del otro mundo. Es solo música, un poco de ruido y gente que no te va a preguntar por el punto de cocción de la carne. ¡Tienes que salir! Si sigues así, te vas a convertir en parte del mobiliario.
—¿Y si me aburro? —insistí, aunque ya sentía cómo mi voluntad se desmoronaba.
—Si te aburres, te invito a una ronda de lo que sea que ayude a olvidar que mañana tenemos el servicio del mediodía. Por favor, Val, hazlo por la ciencia... o al menos por mí, que no quiero ser la única mujer de la cocina que sale hoy —me guiñó un ojo.
Suspiré, derrotada por su entusiasmo.
—Está bien, Nicole. Pero si termino bailando reguetón con un desconocido, te culpo a ti y a tu insistencia —dije, provocando que ella celebrara con un pequeño baile de victoria.
Terminamos la jornada con una rapidez inusual, como si el destino supiera que necesitábamos salir de allí. Después de una ducha rápida y un cambio de ropa que me hizo sentir menos jefa de cocina y más humana común, me encontré con el equipo en la entrada del local. El ambiente estaba cargado de energía; la música vibraba en el suelo y, por primera vez en semanas, mi cabeza no estaba calculando cuántos kilos de papas quedaban en el almacén. Entre risas y tragos que no sabían a trabajo.
Pasaron dos horas, quizá tres, y la noción del tiempo se convirtió en algo tan irrelevante como el inventario de existencias del hotel. Ya no sabía si el cóctel que sostenía en la mano era el tercero o el cuarto —o si el anterior había sido de frutos rojos o algo con un nombre impronunciable—, pero lo que sí sabía era que la música había dejado de ser un estruendo para convertirse en el único lenguaje que entendía mi cuerpo.
—¡Val, no te creas que te vas a librar de esta! —gritó Nicole cerca de mi oído, apenas audible sobre el bajo electrónico que me retumbaba en las costillas. Estaba igual o más animada que yo, con el cabello alborotado y una sonrisa que desafiaba cualquier protocolo de cocina.
En ese momento, otros compañeros del turno de la tarde se unieron al grupo, siendo Diego el más ruidoso de todos, cargado de más bebidas y una energía electrizante que parecía no tener fin.
—¡La jefa ha soltado las riendas! —exclamó Diego, chocando su vaso contra el mío con tal entusiasmo que un poco del líquido se derramó sobre mi mano, pero me dio igual—. ¡Esto sí que es un evento histórico! ¡Abran paso, que hoy la cocina se queda sin control!
Otros colegas que también se habían sumado al círculo empezaron a saltar al ritmo del beat, animando a todos a seguir el compás frenético.
—¡Ni una palabra de esto el lunes en la reunión de personal! —les advertí riendo, mientras intentaba mantener el equilibrio y seguir el ritmo de la música sin parecer un robot averiado.
Me sentía ligera, como si hubiera dejado mis responsabilidades, mis planes de administración y mi constante necesidad de control guardados bajo llave en el casillero del trabajo. La pista de baile era un mar de luces estroboscópicas y rostros borrosos; en ese momento, yo no era la persona que calculaba los tiempos de entrega ni la que lidiaba con los caprichos de Julian. Era solo una chica más que se dejaba arrastrar por el caos divertido de la noche, riendo ante cualquier tontería que Diego y los demás me contaban, sintiéndome por primera vez en meses parte de algo que no requería un informe de resultados.
Nicole me dio un empujón juguetón, lanzándome hacia el centro del grupo mientras una canción más movida empezaba a sonar, haciendo que todo el local estallara en un grito unísono.
—¡Si mañana no puedes ni caminar, me encargo yo de las salsas, Val! —me gritó ella mientras se perdía entre la gente.
Yo simplemente alcé los brazos, dejando que la música se filtrara en mi sistema. No importaba el mañana, no importaba el hotel, ni nada. Estaba en una nube de neón y risas, disfrutando del simple placer de ser, por una vez, alguien que no tenía que dirigir nada ni demostrarle nada a nadie.
Julián
Desde la zona VIP, en la planta superior, el mundo se veía con una claridad clínica que me resultaba difícil abandonar. Tenía una vista privilegiada de la pista de baile, una perspectiva que, como era costumbre, analizaba con una distancia que muchos llamarían arrogancia. Mi copa de whisky apenas había disminuido; la música era un ruido monótono que golpeaba mis sienes y la compañía de mis socios —hombres obsesionados con los márgenes de ganancia— me resultaba más tediosa que una auditoría fiscal.
—Se ve que el personal del Horizonte sabe cómo celebrar —comentó uno de ellos, señalando hacia abajo con un gesto despreocupado—. Mira, ahí está tu chef principal. Se ve bastante... fuera de su hábitat natural.
Mis ojos se fijaron en el centro de la pista con una precisión de francotirador. Ahí estaba ella. No vestía su chaqueta rígida, ni tenía esa expresión calculadora que usaba para desafiarme en cada reunión. Estaba riendo, moviéndose con una naturalidad que me resultó extrañamente irritante y, a la vez, imposible de ignorar. Nicole le decía algo al oído y Valeria estalló en una carcajada tan espontánea que me hizo apretar los dedos contra el cristal de la barandilla, casi rompiéndolo.