Nadie es Digno

Capítulo 9. La otra cara de la moneda

Julián

Estar en la casa de Roberto siempre me resultaba un ejercicio extraño. Aquí no era "el señor Alcázar", ni el jefe que debía supervisar márgenes de beneficio o corregir cosas; aquí era simplemente Julián. Sin embargo, esta noche el escenario se sentía distinto. Tener a Valeria sentada frente a mí, en un entorno donde su uniforme no era su armadura, me permitía verla bajo una luz que no estaba filtrada por el estrés de la cocina.

La velada fluía con una naturalidad que me sorprendía. Roberto, fiel a su estilo, hablaba de planes de expansión, pero yo apenas lograba seguir el hilo de su conversación. Mi atención estaba atrapada, de forma casi involuntaria, en el tono de voz de Valeria. Cuando ella hablaba de su pasión por la cocina, de cómo concebía la fusión de texturas y el respeto por los ingredientes, su mirada se encendía de una manera que nunca mostraba frente a las sartenes.

—Es fascinante, Valeria —decía Aura, genuinamente cautivada, mientras servía más vino—. Julián siempre nos dice que es exigente con su equipo, pero no imaginé que detrás de esa cocina tan impecable hubiera una visión tan... ¿cómo decirlo? ¿Artesanal?

Valeria soltó una pequeña risa, una que no era forzada ni defensiva. Fue un sonido suave, cálido, que me hizo reacomodarme en la silla, deseando que no terminara de hablar.

—Es que la cocina es eso, Aura —respondió ella, mirando a la anfitriona, aunque por un segundo sus ojos se desviaron hacia los míos—. Es técnica, sí, pero sin la intención detrás de cada sabor, solo estás mezclando cosas al azar. Julián piensa que todo es cuestión de eficiencia, pero yo creo que el secreto está en la memoria gustativa, en lo que logras transmitirle a alguien con un solo bocado.

Escucharla hablar con tanta elocuencia, defendiendo su filosofía con una calma que me dejaba desarmado, me provocó una punzada de algo que no supe identificar. ¿Cuándo se había vuelto tan elocuente sobre sus convicciones? Siempre la había visto como una chef impecable, pero en este momento, era mucho más. Era una mujer con una fuerza interna que, honestamente, me desconcertaba y, muy a mi pesar, me atraía.

Roberto soltó una carcajada y me dio un golpe ligero en el hombro.

— ¡Ya ves, Julián! Tu chef te está dando una lección de humildad frente a mi esposa. ¿Qué tienes que decir al respecto?

Me detuve un segundo, observando el perfil de Valeria mientras esperaba mi respuesta. Podía haber sido arrogante, podía haber desviado el tema con un comentario técnico sobre los costos del menú, pero esta vez no quise hacerlo.

—Diría —comencé, manteniendo mi tono bajo pero firme—, que Valeria tiene una forma muy particular de ver las cosas que, aunque a veces desafía mi estructura, termina dando resultados que ni siquiera yo puedo cuestionar.

Vi cómo ella se tensaba un milímetro, esperando quizás un ataque o una crítica velada. Pero no la hubo. Solo una verdad que, por primera vez, me atreví a decir en voz alta.

La reacción de Valeria fue inesperada. Sus hombros se relajaron, esa tensión perpetua que siempre parecía llevar en la cocina se disolvió, y por un momento, sus ojos brillaron con una curiosidad genuina. No hubo réplicas afiladas ni defensas levantadas. En su lugar, empezó a hablar de proyectos, de su visión sobre la administración de los insumos y de cómo, al igual que en la vida, el equilibrio era la clave. Me quedé escuchándola, fascinado por la lucidez de sus argumentos.

Aura, notando quizás que Valeria se sentía más cómoda, intervino con una sonrisa cómplice.

—Valeria, si me permites, me encantaría enseñarte el resto de la casa. El diseño interior es algo que me apasiona y creo que tu ojo creativo podría apreciarlo.

Valeria no dudó.

—Me encantaría, Aura —respondió con una naturalidad que me tomó desprevenido.

Las vi alejarse hacia el ala este de la residencia, perdiéndose entre las sombras suaves de la iluminación indirecta. Cuando nos quedamos solos, el ambiente cambió. Roberto dejó su copa sobre la mesa de centro, se recostó en el sofá y me lanzó una mirada que conocía bien: esa mirada de tengo algo importante que decirte.

—Sabes, Julián —comenzó Roberto, bajando el tono de voz—, me alegra mucho ver esto. Gracias por ser amable con ella esta noche.

Me quedé en silencio, sintiendo el peso de sus palabras.

—No es amabilidad, Roberto —respondí, aunque no estaba del todo seguro de lo que era—. Es respeto por su trabajo. Es una chef brillante, quizá más de lo que quiero admitir frente a ella.

Roberto soltó una carcajada profunda.

—Llámalo como quieras. Pero le has dado un espacio que ella no tenía, y se nota en la forma en que te mira cuando crees que no lo hace. A veces, la estructura que tanto defiendes necesita un poco de caos para evolucionar, ¿no crees?

No respondí. Sus palabras se quedaron resonando en mi mente mientras observaba el pasillo por donde habían desaparecido. Por primera vez, me pregunté si esa "tregua" no estaba empezando a ser algo mucho más profundo, algo que, al igual que los platos que Valeria preparaba, tenía una complejidad que yo no estaba preparado para gestionar.

Roberto se quedó mirándome, detectando la tensión que intentaba ocultar tras mi postura inmutable. Apuró su copa antes de volver a hablar.

—Julián, relájate un poco —dijo con un tono fraternal, casi paternal—. No siempre tienes que estar a la defensiva, ni cargar el peso del mundo sobre tus hombros. Deja de trabajar tanto; la vida sucede fuera de las paredes del hotel.

Sus palabras me irritaron un poco, pero al mismo tiempo dieron en el clavo. Sin embargo, mi mente, en lugar de centrarse en mis hábitos laborales, se desvió hacia una preocupación que había estado enterrando durante semanas. Miré hacia el pasillo por donde habían desaparecido las mujeres y, con una voz que apenas logré controlar, solté la pregunta que me quemaba por dentro.

—Dime una cosa, Roberto... ¿ella no va a venir esta Navidad?




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