Nadie es Digno

Capítulo 11. Me cansé

Valeria

La cocina del Horizonte era un hervidero. El ruido de los tickets saliendo de la impresora parecía un latido frenético que marcaba el pulso de la noche, pero mi mente estaba en otra parte. Cada vez que tenía un segundo de respiro, mis pensamientos volaban hacia el bar. ¿Estaría Lucía bien? ¿Se sentiría sola? ¿Habría pedido ya demasiadas copas?

Sentía una inquietud que me quemaba más que las hornillas. Me movía por la estación con una torpeza impropia de mí, y aunque intentaba concentrarme en el punto exacto de las salsas, mi mirada se desviaba constantemente hacia la puerta de servicio.

Julián, como siempre, no se le escapaba nada. Se acercó a mi lado con paso firme, dejando caer una bandeja de utensilios con un estruendo que me hizo saltar.

—Valeria, estás distraída —sentenció, con esa voz gélida que cortaba el aire—. Llevas tres platos seguidos con una ejecución que no es propia de tu nivel. Si tu cabeza no está en esta cocina, te sugiero que la recuperes ahora mismo, porque el restaurante está lleno y no pienso permitir que la calidad decaiga por una cuestión personal.

—Lo sé, Julian—respondí, apretando los dientes mientras intentaba estabilizar el pulso—. Solo... es mi amiga. No sé cómo está, es la primera vez que se siente tan desbordada y me preocupa que se sienta sola ahí fuera.

—Esa es una preocupación que deberías haber resuelto antes de entrar a trabajar —replicó él, aunque esta vez noté un matiz diferente en su tono; no era solo dureza, era una especie de impaciencia contenida—. Mira, termina el emplatado de esa mesa. Si te veo cometer un error más, te juro que ni siquiera te dejaré salir a buscarla.

Me obligué a retomar el ritmo, pero mis manos temblaban. Cuando por fin logré sacar el último plato de esa comanda, me giré hacia él, con una súplica silenciosa en los ojos.

—Julián, por favor —le dije, bajando la guardia—. Sé que el servicio es sagrado, pero ella está pasando por un momento muy grave y es mi única amiga. No puedo dejar de pensar en ella. ¿Podrías tú... podrías echarle un vistazo? Solo para ver si está bien.

Julián se quedó paralizado. Sus ojos oscuros me analizaron durante unos segundos, como si estuviera evaluando si era una trampa o una muestra real de vulnerabilidad. Se ajustó el delantal, se pasó una mano por el cabello y soltó un suspiro largo, casi resignado.

—No me puedo creer que me estés pidiendo esto —murmuró, casi para sí mismo.

Me miró con firmeza, pero su tono se suavizó, despojándose de esa agresividad habitual.

—Valeria, respira y vuelve a concentrarte en tus platos, que es lo que te mantendrá a flote ahora mismo. Voy a ir a ver cómo está tu amiga, pero necesito que seas profesional y saques este servicio adelante sin errores.

Sin decir una palabra más, se enderezó la chaqueta, caminando hacia la salida con autoridad. Vi su silueta alejarse hacia el bar, y por un momento, el caos de la cocina pareció quedar en suspenso.

Julián

Al cruzar las puertas hacia el bar, escaneé el lugar con mi precisión habitual hasta que mis ojos se posaron en una mesa apartada. Allí estaba Lucía, con la mirada perdida y varios vasos vacíos frente a ella; era evidente que llevaba varios cócteles encima.

—¿Lucía? —pregunté, acercándome con cautela—. Creo que ya has tenido suficiente por una sola noche. Ella levantó la vista lentamente, con los ojos vidriosos y una sonrisa ladeada que no llegaba a alcanzar su mirada. Al verme, no pareció intimidarse, sino más bien divertida por la situación.

Ella levantó la vista lentamente, con los ojos vidriosos y una sonrisa ladeada que no llegaba a alcanzar su mirada. Al verme, no pareció intimidarse, sino más bien divertida por la situación.

—¿Y tú quién eres? ¿El guardaespaldas de mi amiga o el jefe mandón que la tiene trabajando bajo presión? —respondió ella con la voz un poco trabada, señalándome con un dedo—. Deberías dejarla respirar. Ella es un genio, pero tú la tratas como si fuera una máquina más de tu cocina.

Me detuve en seco, tomado desprevenido por su franqueza. Me mantuve firme, con las manos cruzadas a la espalda.

—Valeria me ha pedido que viniera a ver cómo estabas, no a recibir una lección de gestión —respondí, manteniendo mi tono seco—. Pero parece que tu única prioridad ahora mismo es terminar con la existencia de alcohol en este bar.

Lucía soltó una carcajada amarga y se reclinó en la silla, observándome fijamente, como si intentara descifrar qué había detrás de mí.

—¿Sabes qué es lo gracioso, Julián? —dijo ella, ignorando mi comentario y jugando con el borde de su vaso—. Que ella está aquí porque es una orgullosa y ve esté trabajo como un desafío personal. Por eso pasa todo el día aquí, bajo tus órdenes, preocupada por si un plato sale un segundo tarde, mientras tú... bueno, tú probablemente solo ves números y resultados. ¿Alguna vez te has detenido a preguntar qué hay detrás del delantal de la gente que trabaja para ti?

Apreté los labios, visiblemente incómodo por el rumbo de la conversación; no estaba acostumbrado a ese nivel de escrutinio.

—Mi relación con mis empleados es estrictamente profesional —sentencié, aunque mi voz no sonó tan firme como de costumbre—. Y Valeria es una chef excepcional. No necesito conocer su vida privada para valorar su trabajo.

—Pues te pierdes de mucho —replicó ella, encogiéndose de hombros con desdén—. Pero no te preocupes, no te voy a contar mis penas. No eres la persona indicada para escucharlas, y definitivamente, este bar no es el lugar. Solo dile a Valeria que estoy bien, que no se preocupe por mí, y que deje de trabajar tanto para un hombre que no sabe ni disfrutar de una copa de vino.

Se puso en pie con dificultad, tambaleándose levemente antes de recuperar el equilibrio. Instintivamente di un paso adelante para sostenerla, pero ella me lanzó una mirada fulminante.

—No necesito ayuda —zanjó, empezando a caminar hacia la salida del bar con paso firme, aunque algo errático—. Dile que la espero afuera. No pienso quedarme ni un minuto más en este lugar.




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