Nadie es Digno

Capítulo 12. Nuestro imperio

Julián

El silencio de mi oficina me resultaba insoportable. Había pasado las últimas horas intentando concentrarme en los estados financieros y en la reestructuración operativa del hotel, pero mi mente seguía atascada en la cocina. Aún no entendía qué había pasado; sentía que la decisión de Valeria fue muy precipitada y, debo reconocer, que ella es muy buena en lo que hace. El restaurante se vería muy afectado sin su dirección.

Escuché un par de toques en la puerta y Roberto entró sin esperar a que le diera permiso. Su rostro reflejaba una mezcla de preocupación y molestia. Había estado hablando con Daniel, y se notaba que la tensión familiar seguía presente.

—Julián, ¿me puedes explicar por qué Valeria me acaba de entregar su renuncia? —dijo Roberto, dejando caer la carta sobre mi escritorio—. Ella no quiso dar ninguna explicación.

Solté el bolígrafo y me recliné en la silla, sintiendo una punzada de irritación.

—Todo fue producto de un problema personal que, francamente, se salió de control. Nunca pensé que tomaría esa decisión.

Roberto se cruzó de brazos, clavando su mirada en mí.

—Julián, Valeria es la mejor chef que ha pasado por este hotel en años. Sé que al principio no le tenías buena fe, pero ella te demostró lo talentosa que es.

—Eso lo sé muy bien, Roberto —respondí, intentando mantener la calma—. Pero dime qué hago; ella trajo sus problemas al trabajo y yo no podía hacer mucho al respecto.

—¿Estás seguro de que no se puede hacer nada más? —replicó Roberto con voz firme—. Lo único que te voy a decir, Julián, es que ella tiene que regresar a este hotel.

Sentí una oleada de frustración. No quería admitir que la conversación con Lucía me había dejado descolocado, ni que ver a Valeria arrojando su delantal me había afectado más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

—Roberto, yo no voy a permitir que los empleados hagan lo que les dé la gana —sentencié, levantándome de la silla—. Y a ella, mucho menos.

—Si no arreglas esto, no vas a tener un hotel que dirigir —advirtió Roberto antes de darse la vuelta—. Valeria era el corazón de este sitio. Si crees que puedes sustituir su talento con un simple contrato nuevo, te estás equivocando.

Se marchó, dejándome solo con el peso de su advertencia. El silencio, que antes me resultaba productivo, ahora me pesaba. Intenté volver a los informes, pero mi mente era un desastre.

Saqué el teléfono y busqué su número. Estuve a punto de marcar, pero mis dedos se detuvieron en la pantalla. ¿Qué iba a decirle? ¿"Por favor, vuelve"? Eso sería admitir que ella tenía razón y que yo no había sabido manejar la situación. Dejé el aparato sobre la mesa, intentando recuperar mi temple.

De repente, un golpe seco en la puerta me sacó de mis cavilaciones. Esta vez no fue Roberto, sino Daniel. Entró con esa seguridad que me molestaba, apoyándose en el marco de la puerta con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Mi papá está de mal humor —comentó Daniel, ignorando mi gesto de fastidio—. Supongo que es por el tema de la chef. Me he enterado de que ha renunciado.

—Las cosas pasan, Daniel. El personal es reemplazable —respondí, volviendo a mi escritorio con una frialdad forzada.

Daniel se acercó, caminando por la oficina como si él también fuera dueño del lugar.

—¿Reemplazable? —se rio con desdén—. He oído maravillas de esa chica. Y créeme, Julián, he conocido a mucha gente en este negocio. La gente talentosa no se reemplaza, se retiene. Quizás deberías dejar de ver al hotel como un gráfico de barras y empezar a ver quiénes son las personas que lo mantienen en pie.

Lo miré, sintiendo una oleada de rabia. Lo último que necesitaba era una lección de cómo tratar a la gente de él, precisamente cuando estaba empezando a dudar de la mía.

—Mi trabajo es asegurar que este hotel sea rentable, no ser el psicólogo de nadie —sentencié—. Si tienes algo útil que aportar sobre la operación, adelante. Si no, tengo una reunión.

Daniel se encogió de hombros, dándose la vuelta para salir, pero antes de atravesar la puerta, se detuvo.

—Solo te diré una cosa: la soberbia es el peor ingrediente en una cocina, y tú estás abusando de ella.

Se fue, dejándome de nuevo con el silencio.

Valeria

Me dirigí a casa con una sensación extraña. Por un lado, el vacío de no tener que reportarme en el hotel a la mañana siguiente me daba un vuelco al corazón, pero por otro, la paz de haber cerrado esa puerta era inmensa.

Al entrar al departamento, Lucía estaba en la sala, con una expresión más serena que la del día anterior. Me vio entrar y notó de inmediato que algo en mi postura había cambiado.

—¿Val? ¿Qué tal ha ido todo en el hotel? —preguntó, dejando a un lado un libro.

Solté el bolso y dejé salir un suspiro profundo, uno que sentía que tenía retenido en el pecho desde que salí de la cocina la noche anterior.

—Ya está hecho, Lucía —dije, sentándome a su lado—. Pasé por el hotel y le entregué la renuncia a Roberto. Ni siquiera se la di a Julián, preferí hablar directamente con el dueño.

Lucía me miró sorprendida, pero pronto una sonrisa de alivio se dibujó en su rostro.

—¿Y bien? ¿Cómo te sientes al respecto?

—Lo mejor de todo —respondí, sintiendo un alivio genuino mientras me relajaba en el sofá— es que no tengo que volver a verle la cara a Julián. Se acabó la presión, las exigencias sin sentido y esa frialdad constante. No tengo que darle explicaciones a alguien que no sabe valorar nada fuera de sus números. Siento que, por fin, me he quitado un peso de encima.

Lucía asintió, dándome la razón.

—Hiciste lo correcto, Val. Te mereces algo mucho mejor que trabajar para un tipo que no sabe lo que tiene delante.

Me quedé mirando la ventana, viendo cómo caía la tarde. Tenía razón. A pesar de la incertidumbre, por primera vez en mucho tiempo, no sentía el nudo en el estómago que me provocaba cruzar las puertas del hotel. Ahora el futuro era una página en blanco y, aunque daba miedo, también empezaba a parecer emocionante.




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