Nadie es Digno

Capítulo 13. Bajo mis reglas

Julián

El sudor me resbalaba por la espalda, mezclándose con la adrenalina que me recorría cada fibra muscular. ¡Pum! El impacto contra el tapiz fue seco, pero el dolor físico era exactamente lo que necesitaba para silenciar el ruido en mi cabeza. Llevaba cinco días viniendo al gimnasio de lucha libre con una intensidad que rozaba la obsesión. Necesitaba esto, lo necesitaba físicamente para cansar el cuerpo, pero sobre todo lo necesitaba mentalmente para no pensar en el Horizonte.

Hice una llave rápida, giré sobre mi propio eje y proyecté a mi oponente contra la lona. Mi respiración era errática, pesada. Me puse en pie, ajustándome los guantes, con la mirada fija en el vacío. Cinco días. Cinco días tratando de localizar a Valeria, llamándola, enviándole mensajes que nunca recibían respuesta. Ella simplemente había desaparecido de mi radar, y esa falta de respuesta me resultaba más irritante que la renuncia misma.

Bajé del cuadrilátero, secándome el rostro con una toalla mientras evitaba a toda costa el espejo del gimnasio. No quería ver mi reflejo; estaba harto de ver a un hombre que siempre tenía todas las respuestas, pero que ahora no sabía ni cómo recuperar a la mejor chef que había tenido.

Además, el hotel era otro frente de batalla. Había estado esquivando a Roberto como un profesional. Sabía lo que iba a decirme, sabía que me pediría cuentas de por qué la fila de clientes se había reducido y por qué la calidad de la cocina era ahora mediocre, casi insípida. El Hotel se estaba apagando, y por primera vez, no me sentía capaz de arreglarlo.

—Julián, te has pasado de fuerza en el último asalto —me dijo mi entrenador, acercándose con una botella de agua—. Estás peleando contra alguien, no contra un fantasma. ¿Qué te pasa?

Lo miré con frialdad, volviendo a ponerme la máscara de hierro que tan bien me funcionaba en los negocios.

—No me pasa nada —respondí, dándole la espalda para recoger mis cosas—. Solo me gusta ganar.

Recogí mi teléfono de la taquilla. Tenía tres llamadas perdidas de Roberto y ninguna noticia de Valeria. Me quedé mirando el icono de su contacto, sintiendo una punzada de algo que me negaba a llamar arrepentimiento. Lancé el teléfono dentro del bolso con rabia. Si ella quería jugar al silencio, yo sabía jugar a la indiferencia, aunque el peso de su ausencia en el hotel —y en mi rutina— se sintiera cada día más insoportable.

Recogí mi bolso y salí del gimnasio, dejando atrás el olor a sudor y el sonido de los impactos. Necesitaba cambiar de aire, necesitaba ver otros números, otros problemas que sí tuvieran solución. Subí a mi coche y, antes de arrancar, eché un último vistazo a mi teléfono. Seguía vacío de noticias de ella.

—Al diablo —mascullé, arrancando con una agresividad que el motor no merecía.

No podía quedarme estancado en el hotel, así que puse rumbo a mi empresa de construcción. Necesitaba ver cemento, acero, algo sólido. Al llegar, el bullicio de los planos y las llamadas de los ingenieros me recibió como un bálsamo. Aquí, las cosas eran claras: si una columna no aguantaba el peso, se reforzaba. Si un material fallaba, se reemplazaba por otro.

Pasé tres horas revisando cronogramas de obra con el director técnico. Me sumergí en los presupuestos, buscando errores que corregir. Por un momento, me sentí yo mismo otra vez: el hombre que toma decisiones y controla el destino de una inversión. Pero incluso allí, en medio de las estructuras de hierro, me encontré comparando la solidez de aquel edificio con la fragilidad con la que se estaba desmoronando mi gestión en el Horizonte.

Cuando terminé, apenas tuve tiempo de respirar. Me fuí directamente a la oficina central de la firma de tecnología.

Al entrar en el edificio de cristal y luces LED, el ambiente era radicalmente distinto. Aquí todo era velocidad, datos que se movían en milisegundos y algoritmos. Me senté en la sala de juntas, frente a mis programadores principales, mientras me exponían el avance de un software de gestión.

—Los tiempos de respuesta han mejorado un 15% —decía el analista, proyectando gráficos en la pantalla—. Estamos optimizando el flujo de datos para que no haya cuellos de botella.

Miré la pantalla. Los gráficos eran perfectos. Las líneas ascendían sin tropiezos. Sin embargo, mi mente hizo una conexión que no quería hacer: "flujo de datos" era lo que yo llamaba "servicio" en la cocina. El "cuello de botella" era, en realidad, el hueco que había dejado Valeria. Estoy demasiado sentimental últimamente.

—Está bien —los interrumpí, levantándome de la silla antes de que terminaran—. Es un buen avance, pero quiero que los márgenes de error sean nulos. No acepto menos que la perfección operativa.

Salí de la sala con paso firme, ignorando los saludos de los empleados. Sentía que en mis otras empresas yo era el arquitecto, el estratega, el que mandaba sobre los sistemas y el concreto. ¿Por qué, entonces, el hotel se me escapaba de las manos?

Regresé a mi coche, agotado por un día de ir de un lado a otro, sintiendo que había intentado llenar cada segundo para no pensar. En ese momento, el manos libres se activó. Era una llamada de Gabriel, un viejo amigo al que no veía desde hace meses.

—Julián, hermano, ¿dónde te has metido? —dijo su voz al otro lado—. He reservado una mesa en La Terraza, acabo de llegar. Ven ahora mismo, deja los negocios para mañana. Me hace falta verte, hace mucho que no hablamos.

Lo dudé un segundo. Mi agenda estaba llena de pendientes, pero el agotamiento mental era tal que accedí. Cambié la ruta hacia el restaurante que me indicó.

Al llegar, la atmósfera del lugar era relajada, un contraste total con mi ritmo frenético. Gabriel estaba sentado en una mesa con vista a la ciudad. Nos saludamos con un apretón de manos firme y comenzamos a ponernos al día. Durante la primera media hora, hablamos de todo menos de trabajo; era extraño, pero la conversación fluyó con naturalidad, casi haciéndome olvidar el nudo en el estómago que llevaba instalado desde hace cinco días.




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