Valeria
Llevaba dos días de una racha extraña, una de esas donde parece que el universo finalmente se ha alineado. Daniel y yo habíamos estrechado lazos, y esa química que Lucía se encargaba de recordarme cada mañana había dejado de ser una simple chispa para convertirse en algo constante, un refugio seguro.
Pero la noche del 24 de diciembre traía consigo un reto diferente. Daniel me había insistido en que lo acompañara a la cena en casa de su padre, Roberto. Sabía que allí estaría Julián —era, después de todo, parte de la familia extendida y el hombre que dirigía el hotel donde yo pasaba la mitad de mis días—, pero, para mi sorpresa, no sentía el nudo en el estómago de semanas atrás.
Al llegar a la residencia de los dueños del Horizonte, la elegancia del lugar me intimidó por un segundo, pero Daniel me tomó de la mano con una naturalidad que me devolvió la calma.
—Tranquila —me susurró al oído antes de que nos abrieran la puerta—. Solo es una cena. Mi padre está encantado de que nos acompañes.
Entramos y, efectivamente, allí estaba Julián. Vestía una camisa oscura, sin la corbata impecable que solía llevar en la oficina. Se veía... distinto. Más humano. Cuando nuestras miradas se cruzaron, no hubo aquel choque de autoridad de antaño. Hubo un reconocimiento, un asentimiento leve y, para mi asombro, una sonrisa genuina.
—Valeria —dijo él, acercándose mientras Roberto nos saludaba con entusiasmo—. Me alegra que hayas aceptado venir. Daniel me había comentado que vendrían juntos.
—Gracias, Julián —respondí, dándome cuenta de que mi voz no temblaba—. Es una noche especial.
La cena transcurrió con una fluidez que me resultó irónica. Roberto estaba exultante, agradeciendo a todos por el éxito de las recientes gestiones, y Daniel no me soltaba la mano ni un segundo, integrándome en las conversaciones sobre construcción y proyectos a futuro. Julián, por su parte, se mantuvo cerca, participando en la charla, pero noté que a menudo sus ojos se desviaban hacia mí, no con la mirada del jefe que evalúa, sino con una curiosidad nueva, casi reflexiva.
La atmósfera en el comedor era cálida, pero la conversación dio un giro inesperado cuando Aura, con esa curiosidad educada que la caracterizaba, dejó los cubiertos sobre el plato y miró a Valeria.
—Valeria, cuéntame —dijo Aura con una sonrisa genuina—, ¿cómo fue tu adolescencia en ese pueblo del sur? Debe haber sido un cambio radical mudarte a la ciudad después de crecer allá.
Sentí todas las miradas sobre mí, pero no me molestó.
—Fue una época sencilla —respondí, recordando los colores de las calles—. Vivíamos tranquilos. En el pueblo solo había dos colegios, así que no había mucha opción. Yo estudié en el que quedaba justo en el centro, al lado de la plaza. Era el lugar donde todos nos reuníamos al salir de clases.
Julián, que hasta ese momento había estado bebiendo su vino en silencio, dejó la copa sobre la mesa. Un brillo extraño apareció en sus ojos, uno que no había visto antes.
—¿El que está frente a la plaza Valera? —preguntó él, con la voz ligeramente más tensa.
—Sí, ese mismo —respondí, sorprendida por su precisión—. ¿Cómo lo sabes?
—Porque yo estuve viviendo allí hace unos años —dijo Julián, y el comedor quedó en un silencio absoluto—. Trabajaba justo en esa misma calle, al frente del colegio.
Sentí un escalofrío. La coincidencia era absurda, pero las fechas empezaron a cruzarse en mi mente.
—¿En qué año estuviste allá? —pregunté, sintiendo que mi pulso se aceleraba.
Julián me dijo el año, y cuando escuché la cifra, el mundo pareció detenerse. Fue el último año que yo estuve allí antes de mudarme. Era él!! Las palabras salieron de mi boca sin procesarlas antes
—. ¡Eres tú! ¡Tú eres el Julián que conocí cuando tenía 15 años!. Tú me diste mi primer beso!
El impacto de mis palabras se sintió como una descarga eléctrica en toda la mesa. Daniel, que sostenía su copa a medio camino de la boca, la dejó sobre la mesa con un golpe seco. Roberto parecía a punto de sufrir una apoplejía de la impresión, y Aura, con los ojos muy abiertos, se llevaba una mano al pecho.
Julián seguía inmóvil, con la mirada fija en la mía. Su rostro, habitualmente controlado, era ahora una mezcla de confusión, sorpresa y algo más que no alcanzaba a descifrar.
—¿Primer beso? —logró articular Roberto, rompiendo el silencio tras varios segundos que parecieron horas—. ¿Estás diciendo que ustedes dos, que apenas han dejado de pelear en la cocina, fueron... lo que sea que hayan sido hace años?
Julián se aclaró la garganta, visiblemente incómodo, pero no pudo evitar soltar una risa nerviosa que sonó completamente fuera de lugar.
—No tenía idea —dijo Julián, mirándome como si estuviera viéndome por primera vez—. Cuando te vi entrar a mi oficina para aquella entrevista de trabajo... no pude... no te reconocí. Habían pasado años, habías cambiado tanto.
—¡Yo tampoco! —exclamé, sintiendo que mis mejillas ardían como nunca antes—. ¡No podía conectar a aquel chico del pueblo con el Julián de ahorita, es una locura total!
—¿Y nadie se dijo nada? —preguntó Daniel, mirando de uno al otro con una expresión entre divertida y molesta—. ¿Han pasado un mes trabajando juntos, en medio de todo este caos, y acaban de darse cuenta ahora, frente a mi familia, en plena cena de Navidad?
—Es que fue hace mucho tiempo —dijo Julián, recuperando lentamente su compostura, aunque sus ojos no se apartaban de los míos—. Valeria se fue del pueblo y perdimos el contacto a los poco tiempo yo también me fuí y ya. Fue una época... efímera.
—Muy efímera —añadí yo, bajando la mirada hacia mi plato para ocultar la turbación.
Aura rompió el hielo con una sonrisa diplomática, intentando rescatar la cena de aquel momento surrealista.
—Bueno, creo que esto merece un brindis —dijo, levantando su copa—. Por las coincidencias del destino, por extrañas y, a veces, por explosivas que resulten ser.