Valeria
El trayecto de vuelta a casa fue inusualmente silencioso. El aire frío de la noche golpeaba contra el cristal del coche, pero lo que realmente me helaba era la tensión que se palpaba en el ambiente. Daniel conducía con la mirada fija en la carretera, sus nudillos apretando el volante con una fuerza que no le había visto nunca.
La revelación de la cena seguía retumbando en nuestras cabezas como un eco persistente.
—No sabía que Julián fuera tan... dado a los secretos —rompió el silencio Daniel, con un tono que oscilaba entre la confusión y la incomodidad—. Lo conozco de toda la vida. Es el tipo más reservado que existe. Su única relación seria fue con Mariam, mi hermanastra, y después de que eso terminara hace casi un año, se cerró en banda. Ha estado solo todo este tiempo, enfocado exclusivamente en su trabajo. Es su vida entera.
Lo miré de reojo, sintiendo una punzada de culpa. Daniel no tenía idea de que, detrás de ese supuesto hermetismo de Julián, existía un verano en el sur que ambos habíamos enterrado.
—No creo que sea un secreto, Daniel —respondí, intentando sonar lo más natural posible—. Simplemente... fue hace mucho tiempo. Una historia de adolescentes en un pueblo pequeño que, honestamente, yo también había relegado al olvido.
Daniel finalmente soltó un suspiro, relajando un poco los hombros.
—Es solo que me desconcierta. Nunca lo he visto mirar a nadie como te miraba a ti esta noche. Y mucho menos tras conocer su pasado. Julián no es alguien que se deje impresionar, y ver que ambos compartieron algo tan personal sin haberlo mencionado nunca... me hace sentir que me perdí de algo importante.
—No hay nada que perderse —dije, apoyando mi mano sobre la suya para calmarlo—. Te aseguro que nuestra relación profesional ha sido un campo de batalla desde que regresé al Horizonte. Si hubiera sabido quién era él, quizás habría sido todo más sencillo... o mucho más complicado.
—Eso es lo que me pregunto —insistió él, mirándome brevemente antes de volver a la carretera—. ¿Por qué no te reconoció? ¿Cómo es posible que alguien como Julián, con esa memoria que tiene para los negocios y la logística, no recordara a la chica del colegio frente a la plaza?
Me quedé callada un momento. ¿Cómo explicarle que, quizás, ninguno de los dos quería recordar a las personas que fuimos entonces? Yo era la chica asustadiza que huía de todo, y él era el chico perdido que buscaba una ambición que aún no encontraba.
—A veces el pasado se ve borroso si no quieres verlo, Daniel —dije finalmente—. Además, hemos cambiado mucho. Él es un empresario, yo soy una chef que solo quiere cocinar. Los dos nos hemos convertido en personas muy distintas a quienes éramos.
—Quizás —concedió él, aunque su voz aún denotaba duda—. Pero no puedo evitar sentir que algo cambió en la cena. Cuando volvieron del balcón, parecían... otra cosa. Como si se hubieran quitado un peso de encima.
Sentí un escalofrío al recordar la conversación con Julián en el balcón. Tenía razón: algo había cambiado. La tregua no solo era profesional, era humana.
—Yo le pedí disculpas a Julián por la forma en que terminaron las cosas hace años —solté, arriesgándome a ser honesta—. Fue un cierre, Daniel. Nada más. Dejamos el pasado donde pertenece.
Él asintió, aunque noté que todavía procesaba la información.
—Espero que tengas razón —dijo, intentando forzar una sonrisa—. Porque, aunque agradezco la honestidad, no puedo negar que me siento fuera de lugar en esta historia. Nunca fui el tipo de hombre que compite con el pasado, y menos con el de Julián.
—No compites con nadie —le aseguré, acercándome a él—. Yo estoy sola y no tengo ningún compromiso con nadie.
Daniel detuvo el coche en la entrada del edificio. El silencio que siguió al motor apagado fue más pesado que cualquier palabra. Él se giró en el asiento, clavando sus ojos en los míos, buscando alguna grieta en mi seguridad, alguna señal de duda.
—"No tengo ningún compromiso con nadie" —repitió él, con una voz baja que no logré descifrar si era de alivio o de advertencia—. Es una frase muy clara, Val. Pero tus ojos cuando hablas de él... dicen otra cosa. O quizás no es lo que dicen, sino lo que callan.
Sentí un pinchazo de frustración. Era injusto que me analizara de esa manera cuando él mismo sabía lo complejo que era todo el entorno del hotel.
—Daniel, ¿qué quieres que te diga? —exclamé, soltando el cinturón de seguridad con brusquedad—. Llevo trabajando meses bajo la presión de Julián. Me ha hecho dudar, me ha hecho esforzarme más que nadie y, sí, hemos tenido mil roces. ¿Es raro que al descubrir que fuimos dos adolescentes que se besaron hace años, sienta que el mundo se puso patas arriba? Por supuesto que es raro. Pero eso no significa que haya algo entre nosotros ahora.
Él suspiró, recostándose contra la puerta del conductor, mirando hacia las ventanas oscuras del edificio.
—No te estoy acusando de nada —dijo, bajando el tono, aunque la tensión en su mandíbula permanecía—. Es solo que Julián es un enigma. Después de lo de Mariam, se volvió una roca. Verlo esta noche, vulnerable, hablando de un pasado que yo desconocía por completo... me hizo darme cuenta de que ni siquiera conozco al hombre que es como mí hermano. Y tú... tú eres el centro de ese cambio
—No soy el centro de nada —le respondí, esta vez con más suavidad, acercándome a él—. Solo soy una pieza que se movió en el tablero que él mismo armó. Esta noche, cuando estábamos en el balcón, no fue una declaración de nada. Fue... reconocer una herida que ambos dejamos abierta. Nada más.
Daniel me tomó de la mano, pero su agarre no era tan firme como al principio de la noche. Se sentía vacilante.
—¿Te gusta, Valeria? —preguntó directamente, sin rodeos—. Olvida el pasado, olvida la cocina. ¿Te gusta el hombre que es hoy?
La pregunta me tomó por sorpresa. Si hubiera sido hace una semana, habría tenido una respuesta rápida, ensayada. Pero ahora, con el recuerdo del beso de los quince años y la nueva mirada que Julián me había dedicado en la cena, mi honestidad se sintió peligrosa.