Valeria
El 25 de diciembre amaneció con una luz gris y cansada. A pesar de la noche anterior, no podía permitirme el lujo de faltar; el Horizonte no se detendría solo porque mi vida personal se hubiera hecho pedazos. Llegué al hotel temprano, con los ojos hinchados y una coraza de profesionalismo que me costó sangre, sudor y mucho café ponerme encima.
El turno fue una tortura silenciosa. Revisé los pedidos, coordiné los inventarios con el personal de guardia y me aseguré de que todo estuviera en orden. Por suerte, era un día festivo donde casi todo el personal estaba de descanso y el hotel operaba a media marcha. Apenas el reloj marcó las 12:00 del mediodía, cerré mi libreta, me quité el delantal y sentí que el peso de las últimas horas amenazaba con aplastarme.
No quería ir a casa. No quería estar sola con mis pensamientos ni con las preguntas de Lucía. Casi por inercia, terminé en el bar del hotel. Estaba prácticamente vacío, con ese ambiente solemne y elegante que solo tienen los hoteles en fechas como esta. Pedí un cóctel, algo suave, y me dejé caer en uno de los taburetes altos, mirando hacia el estante de licores sin ver realmente nada.
—No sabía que el trabajo fuera tan apasionante como para dedicarle una mañana de Navidad —dijo una voz grave a mis espaldas.
Me tensé. Conocería ese tono de voz en cualquier parte, incluso sin mirar. Julián se acercó y se sentó en el taburete contiguo. No vestía su habitual traje de negocios; llevaba un suéter de punto oscuro y una expresión que, por primera vez, no intentaba proyectar poder ni control.
—Alguien tenía que hacer los pedidos —respondí, sin girarme—. No todos podemos permitirnos el lujo de desaparecer un 25 de diciembre.
Julián pidió un whisky, lo dejó sobre la barra y finalmente me miró. Había algo en sus ojos, una especie de fatiga compartida que nos unía en ese momento.
—Supongo que ambos estamos huyendo de algo hoy —dijo él, con una sinceridad que me desarmó—. O de alguien.
—¿Te refieres a la cena de ayer? —pregunté, dándole un sorbo a mi bebida—. La noticia de nuestra pequeña historia parece haber causado un terremoto en la mesa. Roberto estaba a punto de colapsar.
Julián soltó una risa seca al escucharme mencionar a Roberto.
—Roberto es un hombre de costumbres, y le descoloca cualquier cosa que no esté en sus manuales —dijo Julián, restándole importancia—. Y Daniel... bueno, no he hablado con él.
El nombre de Daniel se sintió como una estocada, pero decidí no flaquear.
—Daniel y yo tuvimos una discusión al volver —admití, sintiendo que no tenía sentido ocultárselo—. Él siente que entre tú y yo puede surgir algo más obviamente le aclaré las cosas pero no creo que haya entendido.
Julián se quedó en silencio, girando el vaso en sus manos.
—Es irónico —dijo él—. Pasamos meses intentando descifrarnos en esa cocina, intentando ganar una guerra que ni siquiera sabíamos por qué estábamos peleando, y resulta que la respuesta estaba ahí todo el tiempo.
Pasaron las horas. El bar se quedó en silencio, ajeno al resto del hotel. Pedimos más tragos, y la conversación, que al principio era cautelosa, empezó a fluir con una libertad aterradora. Hablamos de cómo nos cambiaron los años, de los errores que cometimos por soberbia y de cómo se siente estar en un lugar donde siempre esperas que el suelo se abra bajo tus pies.
Julián me contó cosas que nunca le había dicho a nadie: su soledad en la ciudad y esa sensación constante de que, a pesar de tener todo el éxito del mundo, le faltaba algo que no sabía definir. Yo, por mi parte, le hablé de mi miedo a no ser suficiente, de mi necesidad de demostrar que podía ser la chef que quería ser sin depender de nadie.
Cuando el sol empezó a bajar, la luz del atardecer entró por los ventanales del bar, bañándolo todo en un tono anaranjado. Nos dimos cuenta de que habíamos pasado el día entero allí, refugiados en nuestra propia burbuja, ignorando que el resto del mundo celebraba la Navidad sin nosotros.
—Sabes —dijo Julián, mirándome con una intensidad que hizo que se me cortara la respiración—, hace diez años, cuando te vi por primera vez, pensé que no podía haber nada más perfecto que ese verano. Me equivoqué.
—¿Ah, sí? —logré articular, sintiendo que el corazón me latía desbocado.
—Sí —respondió él, acercándose un poco más—. Porque entonces éramos inmaduros.. Ahora somos dos personas que se conocen, que se han hecho daño y que, extrañamente, se entienden mejor que nadie.
—¿Sabes? —dije, apoyando la barbilla en la mano mientras observaba mi copa casi vacía—. Me resulta increíble que estemos aquí, sentados tranquilamente. Después de meses de guerra abierta en la cocina, de tirarnos dardos en cada momento... de repente, sí nos llevamos bien.
Julián soltó una risa baja, girando su vaso de whisky. Sus ojos, normalmente tan calculadores, se veían más suaves bajo la luz tenue del bar.
—Supongo que mi presión por la perfección nos obligaba a ser enemigos—respondió, dándole un trago largo—. Pero si somos honestos, la tensión nunca fue por el trabajo. Siempre fue otra cosa.
—¿Otra cosa? —pregunté, sintiendo cómo el alcohol me soltaba la lengua—. ¿Qué cosa?
Él no respondió de inmediato. Se quedó mirando hacia el ventanal, donde la oscuridad de la noche empezaba a cerrarse sobre el hotel.
Él no respondió de inmediato. Se quedó mirando hacia el ventanal, donde la oscuridad de la noche empezaba a cerrarse sobre el hotel.
—Mira la luna —dijo él, señalando el cielo a través del cristal—. Se ve tan tranquila desde aquí, pero allá arriba es un caos de vacío y frío. A veces me siento así. Este hotel, los proyectos, la gente que me rodea... todo parece muy ordenado desde fuera, pero es solo una fachada.
—Es curioso que digas eso —comenté, sintiendo que mis palabras arrastraban un poco—. Yo siempre pensé que tú eras el dueño de tu propio orden. Que no necesitabas nada ni a nadie para que las cosas salieran como querías.