Valeria
El ritmo en el restaurante no cedía. Las mesas estaban completas, el aroma a hierbas frescas y cocción lenta llenaba el salón, y el sonido de la vajilla siendo dispuesta con precisión era una sinfonía constante. Yo me movía entre la cocina y el salón, supervisando cada plato, asegurándome de que la textura de las salsas y la temperatura del emplatado fueran perfectas. A pesar del éxito y de la adrenalina que siempre me acompañaba en el servicio, mi mente estaba en otro lado.
El reloj en la pared de la cocina parecía burlarse de mí, moviéndose con una lentitud exasperante.
—Valeria, te ves distraída —me susurró Lucía mientras coordinaba el envío de una mesa principal—. Si sigues mirando el reloj así, los comensales van a pensar que tenemos prisa por echarlos.
—Es solo... hoy es un día importante, Lucía —respondí, intentando recuperar la calma—. Termino el servicio, delego el cierre y me marcho. Todo queda en tus manos.
—Tranquila, que sé perfectamente cómo manejar el barco —dijo ella con una sonrisa cómplice, dándome un empujón suave hacia la salida—. Vete ya, yo me encargo de lo que falta.
Me quité el delantal con dedos temblorosos. Salir del restaurante se sintió como romper una cadena. Conduje hacia el aeropuerto con el corazón golpeándome las costillas. Cada semáforo en rojo era una tortura, una barrera innecesaria entre la vida que había construido aquí y la incertidumbre de lo que venía en el próximo par de horas.
Cuando finalmente pisé la terminal, el bullicio de los pasajeros me envolvió. Era un caos de despedidas y reencuentros, pero yo solo tenía ojos para la pantalla de llegadas.
Caminé entre la gente, mis ojos escaneando cada rostro, cada figura, buscando aquel porte serio y esa mirada que, a pesar de la distancia, se había convertido en mi ancla. Entonces, lo vi. Estaba allí, cerca de la zona de equipaje, con una chaqueta oscura, sosteniendo su teléfono con esa postura analítica, como si estuviera resolviendo el mundo antes de dar el siguiente paso.
Se veía cansado, pero cuando levantó la vista y nuestros ojos se cruzaron, su expresión cambió por completo. La rigidez de sus hombros desapareció.
Caminé hacia él, acelerando el paso hasta que el aire me faltó. No hubo distancia que valiera, ni ciudades, ni mapas. En cuanto estuve a su alcance, no pude contener el impulso. Lo abracé con fuerza, rodeando su cuello con mis brazos, sintiendo su aroma, su calidez, el peso de su cuerpo contra el mío.
Julián me estrechó con la misma intensidad, hundiendo su rostro en mi cabello, como si necesitara confirmar que yo era real.
—Llegaste —susurré, con la voz quebrada por la emoción—. Realmente llegaste.
Julián me miró, y aunque su expresión seguía conservando esa chispa analítica, había una ternura en sus ojos que solo reservaba para mí.
—Diez días se sintieron como diez años, Valeria —añadió, tomando mi mano y entrelazando sus dedos con los míos—. Sabes que no soporto estar tanto tiempo sin saber cómo van las cosas aquí. Cada quince días me parece una eternidad, pero prometo que mientras esto siga siendo nuestro motor, haré que valga la pena cada kilómetro.
El camino al apartamento fue un torbellino de pequeñas preguntas y respuestas apresuradas. Al llegar, Lucía nos recibió con la calidez de siempre; ella sabía mejor que nadie lo que significaba cada una de estas visitas para nosotros. La cena fue sencilla, pero el ambiente estaba cargado de una alegría genuina. Compartimos historias sobre los últimos clientes del Raíces, sobre los retos de la obra de Julián y sobre lo mucho que habíamos aprendido en estos casi seis meses desde aquel primer "sí".
Cuando Lucía, notando la complicidad en el aire, finalmente se despidió con una sonrisa cómplice y se retiró a su habitación, el apartamento quedó envuelto en un silencio cómodo.
Julián se acercó a la ventana, observando las luces de la ciudad, antes de girarse hacia mí. Me acerqué y lo rodeé con los brazos, apoyando mi cabeza en su hombro.
—Seis meses —dije en un susurro, sintiendo una paz inmensa—. Quién lo diría, Julián.
—Es un tiempo importante —respondió él, besando suavemente mi frente—. Estamos construyendo algo que es real.
Bajé la mirada hacia nuestras manos entrelazadas, sintiendo un nudo en la garganta. Era el momento. Habíamos compartido tanto en estos meses, tantas distancias recorridas y tantos éxitos celebrados, que ocultar lo que sentía se estaba volviendo una carga.
—Julián... hay algo de lo que necesito hablar —dije, buscando las palabras adecuadas—. Sabes cuánto te quiero y cuánto me atraes. Estar cerca de ti, sentirte, es algo que me hace vibrar. Pero tengo que ser honesta contigo: me siento un poco mal, como si te estuviera pidiendo demasiado. Tú has sido increíblemente respetuoso, jamás me has presionado en estos seis meses, y te agradezco desde el fondo de mi corazón que hayas valorado mis tiempos.
Él me miró con atención, sin soltar mi mano, escuchando cada palabra con la seriedad que lo caracterizaba.
—Valeria, nunca te presionaría —respondió él, con una voz suave—. Tu comodidad y lo que tú sientas son mi prioridad. Eso nunca va a cambiar.
—Lo sé, y por eso me duele pensar que pueda ser una carga —continué—. Pero he tomado una decisión personal, una convicción que traigo conmigo: quiero reservarme para mi esposo. Quiero esperar al matrimonio para ese nivel de entrega. Es mi forma de ver las cosas, de sentirme plena cuando llegue ese momento. Pero al mismo tiempo, me aterra que esto sea algo que tú no puedas sobrellevar. Julián, ¿estás realmente listo para esperar tanto? Si esto es algo que te hace daño o que te impide ser feliz, necesito que me lo digas ahora. No quiero que te sientas atrapado en una promesa que quizás no puedas cumplir.
Julián se tomó un momento antes de responder. Sus ojos, profundos y reflexivos, recorrieron mi rostro mientras procesaba lo que acababa de confesarle.