Valeria
El tiempo parece correr a una velocidad diferente cuando miras hacia atrás. Jamás, ni en mis cálculos más optimistas, imaginé que nuestra luna de miel frente al mar dejaría una huella tan profunda y transformadora. Recuerdo haber regresado a la ciudad con una sensación de plenitud absoluta, pero fue apenas unas semanas después, entre la rutina de nuestro nuevo hogar, cuando la noticia llegó para cambiarlo todo: estábamos esperando a nuestra primera hija. Fue un "wow" que nos dejó sin aliento, un regalo que selló nuestra unión de una manera que nunca hubiéramos podido planificar.
Hoy, mientras veo a Julián en la sala, la escena es casi irreal de tan perfecta. Nuestra pequeña Jael, que parece haber sacado cada uno de los rasgos de su padre —tiene sus mismos ojos curiosos y esa expresión serena que Julián pone cuando se concentra—, está sentada en su regazo, balbuceando mientras él le lee.
—Mira, Jael —le dice Julián con esa voz suave que solo reserva para ella—, aquí dice que el mundo es un lugar enorme esperando a ser descubierto, igual de grande que tus ganas de jugar hoy.
Jael suelta una carcajada sonora, estirando sus manitas hacia él, y Julián le dedica una mirada tan cargada de amor que siento que el corazón se me va a derretir. Me acerco a ellos y me siento a su lado, apoyando la cabeza en el hombro de mi esposo.
—¿Te das cuenta de que es idéntica a ti? —le susurro, sonriendo al notar cómo Jael intenta imitar los gestos de su padre—. A veces siento que te estoy viendo a ti en miniatura.
Julián deja el libro a un lado, rodeándonos a las dos con sus brazos, y me besa la frente antes de mirar a nuestra hija con adoración.
—No sé si sea idéntica a mí, Valeria, pero lo que sí sé es que ha heredado tu fuerza. Mira qué carácter tiene cuando algo no le sale como quiere —dice él con una chispa de diversión en los ojos—. Jamás imaginé que ser papá sería este tipo de aventura. Me pierdo viéndola, intentando entender qué está pensando.
—Es fascinante, ¿verdad? —respondo, sintiendo que nuestra pequeña familia es el mayor logro de toda mi vida—. Pensar que hace poco éramos solo nosotros dos, tratando de descifrar nuestro camino, y ahora ella es el centro de nuestro universo.
—Es el centro, sí —concluye Julián, bajando la voz mientras Jael comienza a cabecear de sueño en su pecho—. Pero tú sigues siendo mi compañera, la que me enseñó que, sin importar el pasado, el presente siempre puede ser mejor si estamos juntos.
Observó cómo Julián mece a Jael con una delicadeza infinita, y mientras la noche cae sobre la ciudad que ahora sí llamo hogar, comprendo que la vida no se trata de planificar cada detalle. Se trata de este momento de paz, de la risa de nuestra hija y de la certeza absoluta de que, contra todo pronóstico, elegimos el camino correcto. Antes, durante mucho tiempo, creí que nadie era digno de mi entrega, pero al verlo a él, entiendo finalmente que Julián sí es digno.