Nadie nos va a extrañar

CAP 3

¿Qué debemos hacer cuando no sabemos qué hacer? ¿Es posible que, por más que uno reflexione, no exista acción alguna que emprender?

Tales preguntas se repetían en mi cabeza con la obstinación de una mente empeñada en encontrar certezas donde solo había incertidumbre. Miles de escenarios imaginarios pasaban frente a mis ojos con mucha rapidez, mientras recorría, junto con Dorothea, el corto sendero en medio de los perfumados jardines delanteros del orfanato que separaba las puertas del lugar del carruaje que nos esperaba al final del camino.

Me preguntaba si algún día sería capaz de dejar atrás todo lo vivido en aquel lugar, o si, por el contrario, lo experimentado ya se había convertido en una indesterrable parte de mi. Cuando la directora Davenport nos deseó un buen nuevo comienzo, no pude evitar que los desfavorables pensamientos llegaran a mí, marcharme no equivalía necesariamente a empezar de nuevo y al situarme frente a las imponentes puertas del carruaje tuve la certeza de que la niña temerosa que había habitado el orfanato durante los últimos quince años seguiría siendo parte de mi sin importar donde me encontrara, afectando indirectamente la forma en la que percibo, me expreso, siento y vivo por el resto de mi longeva o prematura vida.

Dos mozos aguardaban frente al carruaje. Uno sostuvo la portezuela y el otro nos ofreció la mano para que pudiéramos trepar a su interior. Dorothea subió primero, apretando su hatillo con fuerza a su pecho, yo la seguí, procurando no tropezar con el borde de la entrada. El señor Collins, ya estaba sentado en el asiento opuesto al nuestro, se mantenía erguido, con las manos sobre las rodillas. Nos observó con una mezcla de impaciencia y fastidio que me llevó, casi sin querer, a encogerme incómoda en mi asiento antes de acomodarme.

Antes de que el mozo cerrara la puerta me giré una última vez hacia el único lugar que alguna vez había llamado hogar. Allí permanecía el letrero de madera sobre la entrada-Colored Orphans Asylum-con las letras negras y desgastadas, casi ilegibles. En las ventanas, las niñas se agolpaban para ver a través de ellas como partíamos, sus pequeños rostros pegados al vidrio empañado por sus respiraciones, algunas de ellas tuvieron el valor de alzar tímidamente la mano, otras se ocultaron. Y en la puerta, con la habitual rigidez de su porte y su vestido de lana gris oscuro perfectamente abotonado, se encontraba la directora Davenport. Podría haber jurado ver que en su rostro hubo un amago de sonrisa, aunque quizá no fuera más que una ilusión nacida de la emotividad del momento.

La portezuela se cerró con un sonido seco frente a mis narices y el interior quedó envuelto en un silencio incómodo. El carruaje inició la marcha con un leve sacudón, y el mundo alrededor pareció moverse con él. Mi mundo. Sin embargo, mi mente permanecía fija en la imagen del orfanato, las niñas en las ventanas y la figura de Davenport observándonos partir con la misma indiferencia de siempre.

Mientras Dorothea mantenía las manos juntas sobre su regazo y su mirada fija en ellas, yo me concentré en la ventana.

Pasamos frente a las casas alineadas cerca del orfanato: fachadas viejas y palidas algunas con pintura descascarada. Las aceras estaban húmedas por la neblina de la mañana y los pocos transeúntes que caminaban por allí lo hacían encogidos por el frío. Yo también lo sentía, mi pequeña y delgada capa no era suficiente, tampoco lo eran las enaguas y el vestido de lana que no distinguía su color entre el gris y el negro. Aún así el frío se me colaba en los huesos. Sabía que Thea se sentía igual por la cantidad de veces que se había reacomodado en su asiento y la manera en la que frotaba sus manos.

Y sin mirar atrás me marché de ese lugar con las mismas interrogantes con las que llegué hace quince inviernos atrás.

Cuando el cochero tomó un desvío hacia el sur el pasado empezó a verse cada vez más lejano y las viviendas se hicieron menos frecuentes y aparecieron grandes extensiones de campo abierto, árboles sin hojas por el invierno y caminos de tierra endurecida aparecieron frente a nosotros. El cielo tenía un color pálido, casi blanco, y el aire parecía más frío fuera de la zona urbana.

El señor Collins de vez en cuando se acomodaba el abrigo o golpeaba ligeramente el suelo con la punta de su brillante zapato, impaciente, como si el trayecto fuera demasiado largo o nuestra presencia demasiado incómoda. Y estoy casi segura que se debía a las dos razones.

El mundo más allá de las puertas del orfanato me resultaba completamente desconocido y fascinante. Durante todos los años que estuve viviendo en ese lugar fueron contadas a dedo las ocasiones en las que tuve la oportunidad de salir, exceptuando, claro, los domingos cuando íbamos a escuchar el sermón semanal del pastor. Caminábamos en una especie de fila militar acompañadas y vigiladas por Castell. Debo admitir que escuchar la aburrida y tortuosamente lenta voz del pastor dándonos cátedra por más de una hora me resultaba aletargante, pero poco a poco se convirtió en mi día favorito de la semana. La esposa del pastor-la señora Tabitha- era una mujer muy agradable y cariñosa con todas las niñas del orfanato, siempre nos ofrecía pastelitos de chocolate a la salida de la iglesia y para alguien que pasaba más tiempo con el estómago vacío que lleno ese pequeño gesto era una sonrisa de la vida.

Transcurridas aproximadamente unas dos o tres horas de un incómodo y tortuoso viaje noté que el carruaje redujo la velocidad y el movimiento constante de las ruedas cambió volviéndose más suave como si el camino hubiera dejado de ser tan inestable. Levanté la vista y vi que las casas comenzaban a aparecer con mayor frecuencia, separadas por verjas altas. El cochero tiró de las riendas y arreó audiblemente. Sentí una presión extraña en el pecho al comprender que ese lugar no era un punto más en el camino, sino el final de el.

Nunca olvidaré el instante en que el carruaje se detuvo frente a aquella casa que, para mis ojos acostumbrados a la austeridad y precariedad del orfanato, parecía un Alcázar.




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