Su padre levantó el cinturón para golpearla lo más fuerte que pudo, siguió golpeándola con el cinturón mientras gritaba «Cállate, Mierda», sin embargo ella no paraba de gritar pidiendo perdón mientras sollozaba.
Su hermana menor la veía desde una esquina, con moretones aún frescos, con lágrimas en los ojos pero sin atreverse a derramarlas.
Entonces… el ruido de las calles la sacó de sus pensamientos.
—Malditos recuerdos de mierda… —murmuró mientras caminaba hacia el primer semáforo, el olor del humo de los carros la hizo arrugar la nariz y el calor no ayudaba.
Se pintó la cara de blanco y la nariz de rojo, después sacó tres pelotas de su bolsa pequeña. En cuanto el semáforo cambió a rojo se dirigió hacia enfrente de los carros.
Empezó a hacer malabares, al terminar pasó rápido por las ventanas de los carros extendiendo su bolsa, algunos le dieron monedas, otros la ignoraban y uno le tiró la colilla de su cigarrillo en su bolsa.
No se atrevió a protestar, se apuró para llegar rápido a la banqueta; los carros se fueron. Se sentó en la banqueta a esperar que el semáforo volviera a cambiar.
Después de repetir lo mismo unas cuantas veces más, se acercó a alguien para preguntar la hora; le dijeron «10:36», ella asintió con la cabeza antes de irse corriendo lo más rápido que pudo, pues sabía que que su jefa no tolera la tardanza y no podía permitirse perder el trabajo.
Corrió hasta que por fin pudo llegar; era una tortillería pequeña, con la fachada de azulejos rotos, ella entró rápido. Ya la estaba esperando su jefa: la señora Hermila pero ella le llama «Doña Hermila».
—Karla, casi llegas tarde, asegúrate de llegar más temprano a la próxima. —dijo doña Hermila mientras sacaba una camisa del uniforme para ella— lávate bien la cara.
—Si… —murmuró algo cansada por haber corrido hacia la tortillería.
Karla fue al baño. Cambió de ropa poniéndose el uniforme y se lavó la cara para quitar el maquillaje de payaso.
Así pasó el día, empaquetando tortillas y atendiendo a los clientes, hasta que doña Hermila anunció: «Ya son casi las 6, puedes irte.» Karla se fue a cambiar rápido, dejó el uniforme y se fue corriendo hacia su casa, después de un rato por fin llegó a su casa, cansada y con hambre.
—¡Ya llegué! —gritó Karla sin embargo no recibió respuesta, asumió que su hermana aún no había llegado— Tal vez está con sus amigas.
Cerró la puerta oxidada de fierro detrás de ella mientras entraba, camino lentamente por el piso de cemento, con cansancio y resignación revisó el refrigerador, había unas cuantas tortillas tiesas, una pequeña jarra desgastada con agua y un limón seco en la puerta.
—No hay nada para que ella coma...
Tomó un vaso de agua, después con el dinero que ganó en el semáforo fue a la tienda de la esquina, compró un paquete de galletas para que Jessica coma algo.
Cuando regresó a su casa algo le llamó la atención… sollozos; Karla trató de encontrar de dónde provenían, descubriendo que provenían de la habitación de ambas, entró a la habitación. Vio a su hermana con el uniforme de la escuela sucio, tenía las rodillas raspadas, la falda rota y su cabello antes largo había sido cortado.
—¿Qué pasó? —preguntó Karla cruzándose de brazos, con una calma casi perturbadora.
—L-Las niñas… d-de siempre… me molestaron otra vez… pero esta vez… también había un niño.— logró murmurar Jessica entre lágrimas, su voz era entrecortada, sus ojos estaban rojos por todo lo que lloro. —Ella vive… cerca de la e-escuela
—Que bueno. —respondió Karla con frialdad pero sin mirarla— Ya cálmate, cambiate, traje galletas, come algunas, no me esperes… Tengo que arreglar unos asuntos, no voy a llegar temprano.
Cierra la puerta de la habitación, pero se quedó un instante sosteniendo la manija mientras suspiraba, pensó un poco recordando que Jessica le señalo algunas niñas la última vez que fue a recogerla de la escuela, dijo que eran la que la molestaban, eran tres niñas y era muy evidente que la más alta es la líder, soltó la manija lentamente.
Karla cerró los ojos tratando de traer el rostro de la líder a su mente, y al instante lo tuvo claro. «Siempre hay que ir por la reina» pensó acercándose a la habitación de sus padres, hace años que no abre esa habitación. Karla dudó sin embargo abrió la puerta en cuanto escuchó de nuevo los sollozos de su hermana, no iba a dejar que su hermana sufriera más abusos.
Entró a la habitación, había polvo en la cama, los estantes y sobre él ropero, se cubrió la boca para no respirar el polvo.
Se posicionó frente a la cama, se agachó para después meter la mano debajo de la cama, de ahí sacó una caja de herramientas, la abrió; dentro había algunas herramientas oxidadas, de entre todas Karla tomó un martillo y un cutter.
Se levantó y del ropero tomó la vieja mochila de su padre, metió las cosas dentro de la mochila, se la colocó en la espalda y sin más salió de la casa con determinación.