Nadie puede vernos

La Venganza ⅓

Su padre levantó el cinturón para golpearla lo más fuerte que pudo, siguió golpeándola con el cinturón mientras gritaba «Cállate, Mierda», aunque ella no paraba de gritar pidiendo perdón mientras sollozaba; su hermana menor la veía desde una esquina, con moretones aún frescos en su rostro y lágrimas en los ojos sin atreverse a derramarlas.

Abrió los ojos. El ruido de los autobuses al pasar, la sacaron de ese horrible recuerdo, el calor del sol le hacía recordar el ardor de aquellos golpes; había pasado hace años después de la desaparición de su padre y el fallecimiento de su madre, pero esos recuerdos la atormentaban aún estando despierta.

—Nadie volverá a tocarla… —murmuró para sí misma mientras caminaba hacia el primer semáforo, el olor del humo de los carros la hizo arrugar la nariz y el calor no ayudaba.

Se pintó la cara con pintura barata, en cuanto el semáforo cambió a rojo, se dirigió hacia enfrente de los carros, sacó algunas pelotas rojas de su bolsa e hizo malabares; al terminar pasó rápido por las ventanas de los carros extendiendo su bolsa, algunos le dieron monedas, otros la ignoraban y uno le tiró la colilla de cigarrillo en su bolsa con indiferencia. Ella no protestó, ya estaba acostumbrada a aquella indiferencia que los adultos le mostraban. Se alejó de los carros dirigiéndose a la banqueta, esperando que el semáforo volviera a cambiar.

Después de repetir lo mismo unas cuantas veces más, se acercó a alguien para preguntar la hora; le dijeron «9:36», ella asintió con la cabeza antes de irse corriendo lo más rápido que pudo, pues sabía que su jefa no tolera la tardanza y no podía permitirse perder el trabajo.

Corrió hasta que por fin pudo llegar; era una tortillería pequeña, con la fachada de azulejos rotos, ella entró rápido. Ya la estaba esperando su jefa: la señora Hermila pero ella le llama «doña Hermila».

Doña Hermila ya la estaba esperando con una camisa del uniforme listo para ella, hizo una mueca de asco ante su maquillaje.

—Karla, no vas a atender a nadie así, cámbiate y lávate bien la cara.

Karla asintió con la cabeza sin aliento para hablar. Así pasó el día, empaquetando tortillas y atendiendo a los clientes, hasta que doña Hermila anunció: «Ya son casi las 4, puedes irte.» Karla se cambió y se despidió de doña Hermila antes de dirigirse a su casa.

—¡Ya llegué! —gritó Karla sin embargo no recibió respuesta, asumió que su hermana aún no había llegado— Tal vez está con sus amigas.

Cerró la puerta oxidada de fierro detrás de ella mientras entraba, camino lentamente por el piso de cemento, con resignación revisó el refrigerador, había unas cuantas tortillas tiesas, una pequeña jarra desgastada con agua y un limón seco en la puerta, Karla aunque cansada se dió cuenta que no había nada para que su hermana comiera.

Con el dinero que ganó ese día fue a la tienda de la esquina y compró un paquete de galletas para que al menos su hermana Jessica pueda comer algo.

Cuando regresó a su casa algo le llamó la atención… sollozos; Karla trató de encontrar de dónde provenían, descubriendo que provenían de la habitación de ellas, entró encontrando a su hermana con el uniforme de la escuela sucio, las rodillas raspadas, la falda rota y su cabello antes largo había sido cortado.

—¿Qué pasó? —preguntó Karla cruzándose de brazos, con una calma casi perturbadora.

—L-Las niñas… que siempre… me molestaron otra vez… pero esta vez… también había un niño.— logró murmurar Jessica entre lágrimas, su voz era débil apenas audible, sus ojos estaban hinchados y rojos. —Ella vive… cerca de la escuela.

Karla se quedó quieta, su mandíbula se apretó con fuerza tratando de contener su furia.

—Ya cálmate, cambiate, traje galletas, come algunas. —dijo Karla sin atreverse a mirarla.

Esa no había sido la primera vez que la vio llorando, no obstante: algo dentro de ella sentía que había pasado algo más, decidió no preguntarle, solo se limitó a decir: «Tengo que arreglar unos asuntos, no voy a llegar temprano» antes ya había pedido ayuda, a la escuela, a las autoridades, a los vecinos y fue en vano…

Salió de la habitación y cerró la puerta para darle espacio, se quedó un instante sosteniendo la manija con los ojos cerrados, pensó un poco recordando que Jessica le señalo algunas niñas la última vez que fue a recogerla de la escuela, dijo que eran las que la molestaban, eran tres niñas y era muy evidente que la más alta es la líder, soltó la manija lentamente.

Karla intentó concentrarse, tratando de traer el rostro de la líder a su mente, y al instante lo tuvo claro, tenía que ir por la líder. Se dirigió a la habitación de sus padres, hacía años que no abría esa habitación. Karla dudó sin embargo abrió la puerta en cuanto escuchó de nuevo los sollozos de su hermana, no iba a dejar que sufriera más.

Entró a la habitación, había polvo en la cama, los estantes y sobre él ropero, se cubrió la boca para no respirar el polvo.

«Los dejé aquí la última vez…» Pensó mientras se posicionó frente a la cama, se agachó para después meter la mano debajo de la cama, de ahí sacó una caja de herramientas, la abrió; dentro había algunas herramientas oxidadas, de entre todas Karla tomó lo más práctico: un martillo y un cutter.

Se levantó y del ropero tomó la vieja mochila de su padre, metió las cosas dentro de la mochila, se la colocó en la espalda y sin más salió de la casa con determinación, sin un plan en mente, actuando sólo por impulso.



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En el texto hay: asesinatos, abuso infantil, humor negro y absurdo

Editado: 15.02.2026

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