Nahual Espíritu Protector

Capítulo 1 — El cumpleaños

Dan Stone era un chico de 11 años de cabello negro y algo despeinado, ojos marrones y piel de tez clara. Era algo tímido cuando no conocía a las personas, pero una vez que tomaba confianza era de lo más divertido y extrovertido. También era amante de no tener problemas con nadie, aunque eso no quería decir que no los tuviera.

Brus se acercó por el pasillo con esa sonrisa que Dan ya conocía demasiado bien. Era un niño un año mayor, fornido, de cabello corto, con todo lo de un típico bravucón de escuela.

—Hola, Dan, parece que estoy de suerte hoy —exclamó Brus.

—Brus, deja de molestarme. Solo tengo lo justo para mi almuerzo en la cafetería —replicó Dan.

Brus tomó a Dan de la camisa con las dos manos y lo empujó contra la pared.

—Dan, solo traigo lo justo para mi almuerzo, y yo no quedo satisfecho solo con uno. Tú sabes que mi dieta es de dos almuerzos.

—Suéltalo, Brus —se escuchó la voz de una niña.

Era Lea Tipzen, la mejor amiga de Dan. También hacía el papel de guardaespaldas.

—¿Que lo suelte? ¿Por qué no mejor también me das lo que tienes para mi almuerzo? Creo que con el dinero de los dos puedo comprarme uno de los platillos especiales que darán hoy.

—Suéltalo, Brus, o haré algo que no te gustará —advirtió Lea.

—¿Y si no lo hago, qué? —se burló Brus.

En ese momento, Lea abrió su mochila con rapidez y, como una gacela, corrió hacia Brus. Mientras corría, sacó una cantimplora de agua que tenía guardada y, sin dudarlo, se la tiró directamente en la entrepierna.

—¡Oigan todos, miren a Brus! ¡Se hace en los pantalones! —gritó Lea, señalando a Brus con una sonrisa traviesa.

Los niños de alrededor estallaron en carcajadas. Brus se quedó congelado por un momento, su rostro se tornó rojo como un tomate, mientras miraba a Lea y luego a sus amigos que no paraban de reír. Sin poder soportar más la situación, apretó los puños, bajó la mirada y salió corriendo intentando escapar de las risas que resonaban a su alrededor.

—¿Estás bien, Dan? —preguntó Lea con una sonrisa divertida.

—Sí, Lea, muchas gracias. Me alegra tanto que este mes es el último que lo veré aquí. No sé por qué es tan fastidioso conmigo —dijo Dan.

—Hay personas a las que no necesitas hacerles nada para que te odën —exclamó Lea con cierta tristeza.

A la salida de la escuela, Dan y Lea se encontraron nuevamente y se fueron caminando juntos a casa.

—Dan, ¿a qué colegio irás ahora que salgamos de primaria? —preguntó Lea con curiosidad.

—Aún no sé. Mi abuelo no me ha dicho; dice que tengo que esperar a cumplir doce años para saber a qué escuela iré —suspiró Dan.

—¿Qué? ¿Y eso por qué? —preguntó Lea.

—Mi abuelo siempre me cuenta historias y le gusta hacer como que son reales.

—No entiendo, Dan —replicó Lea, frunciendo el ceño.

—No me hagas caso, Lea. Nos vemos luego —dijo Dan, ya que habían llegado a una intersección donde las casas de cada uno quedaban en calles diferentes.

* * *

Dan vivía con sus dos abuelos, Robert Stone y Doribel Kands. Al llegar a su casa pasaba por el porche, donde veía con desconfianza la jaula de una de las dos mascotas de sus abuelos: Navy, un ave que Dan había visto desde hacía muchos años. Lo curioso era que no mostraba ninguna señal de que fuera a morir pronto. También rondaba por la casa un felino llamado Pergi, un tanto perezoso y gruñón, que siempre que podía miraba fijamente a Dan, lo cual a él le incomodaba. A la señora Doribel le gustaban mucho los animales.

—Hola, abuelo. Hola, abuela —saludó Dan mientras subía los tres escalones de la entrada.

—Hola, Dan —contestó con ternura la señora Doribel.

—¿Cómo están, abuelos? —preguntó Dan.

—Pues, estamos en una negociación, Dan —contestó el señor Robert.

—¿Negociación?

—Sí, Dan. Estoy tratando de convencer a tu abuelo de que adoptemos un canario —respondió con dulzura la señora Doribel.

—Doribel, ¿no te acuerdas del tejón que siempre mordía la pantorrilla del vecino, o del perro que se colaba en las casas para robar carne de los refrigeradores? Ya estamos demasiado mayores para cuidar de otro animal. Además, ya tenemos a Pergi y a Navy aquí.

—No digas eso, Robert. Sabes que ellos no son solo animales —replicó la señora Doribel mientras se levantaba de su silla mecedora para entrar a la casa.

Dan, al escuchar lo que su abuela acababa de decir, quedó algo confundido.

—Abuelo, ¿por qué dice mi abuela que no son solo animales? Son un pájaro y un gato, ¿no? —preguntó Dan con genuina confusión.

—Dan, es que ellos son Nahuales —respondió el señor Robert con una sonrisa.

—Abuelo, por favor, ¿cuántos años crees que tengo? Mañana cumplo doce. Ya no me mires como a un niño.

—¡Ja, ja, ja! Ya eres todo un hombrecito, Dan —dijo su abuelo mientras también se levantaba para entrar a la casa.

Esa misma noche, Dan tuvo un sueño muy extraño. Se encontraba en una habitación totalmente blanca, iluminada por orbes de luz de distintos colores que flotaban por todo el lugar. También podía apreciarse una grieta oscura que rasgaba el espacio, dejando ver un abismo sombrío del otro lado. Dan miraba asombrado cómo un ser de luz trataba de atravesar la grieta para llegar hasta donde él estaba.

—Dan, Dan, es momento —dijo aquel ser con una voz como de trueno.

A la mañana siguiente, Dan despertó con los fragmentos de aquel sueño todavía vívidos en su mente. Se levantó de la cama y se dirigió hacia la sala, seguro de que sus abuelos, como siempre, ya estarían allí. Mientras descendía las escaleras, un leve llanto lo detuvo en seco. Con cautela, se quitó las sandalias y avanzó sigilosamente. Se detuvo junto a la pared, con el corazón latiendo con fuerza, y agudizó el oído para captar cada palabra.

—Pero, Robert, no quiero que Dan vaya a Calmécac. No estoy preparada para enfrentar algo así. Si le llegara a pasar algo como lo que les pasó a Walker y Marian, no lo soportaría —dijo Doribel entre sollozos.



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En el texto hay: misterio, aventura, magia

Editado: 27.03.2026

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