Dan, aunque ya estaba empezando a aceptar la existencia de los Nahuales gracias a Pergi y Navy, aún se sentía abrumado por todo lo que estaba descubriendo. Miró a sus abuelos en silencio por un momento, con esa pregunta que llevaba toda la vida sin atreverse a hacer flotando en el aire.
—¿Cómo murieron mis padres? —preguntó en voz baja—. La verdad. Por favor.
Robert respiró hondo. Doribel apretó los labios y bajó la mirada.
—Dan, tus padres no murieron en un accidente. No te lo quisimos decir antes porque queríamos mantenerte alejado de todo esto. Ellos dejaron cuerpo y alma defendiendo la escuela. Los Eldros atacaron, y todas las escuelas se unieron para proteger nuestro legado como portadores. Nosotros poco pudimos hacer, pero tus padres... tus padres de verdad que fueron unos héroes, y estamos muy orgullosos de eso. Todo este tiempo hemos lamentado no haber podido protegerlos, por eso no hemos querido que vayas tú también. —Robert hizo una pausa, con la mirada perdida.— Siempre pensamos que alguien dentro de Calmécac les abrió el camino a los Eldros. Sin ayuda, nunca hubieran podido ni siquiera acercarse. Pero nunca pudimos probarlo. Y esa es la verdad que más nos pesa, Dan. No saber quién fue.
Dan sintió un nudo en el estómago mientras escuchaba las palabras de su abuelo. La revelación lo golpeó con fuerza. Quiso decir algo, pero no encontró las palabras. Se quedó en silencio unos segundos, mirando sus manos sobre la mesa.
—Entonces... ellos murieron protegiendo a muchos —dijo al fin, en voz muy baja.
—Sí —confirmó Robert con voz apesarada—. A muchos.
Dan asintió despacio. Había una parte de él que quería llorar, y otra que sentía algo diferente, algo que no sabía bien cómo nombrar. Orgullo, quizás. O curiosidad. O las dos cosas al mismo tiempo.
—Quiero ir —murmuró, sin levantar la vista.
—¿Qué? —preguntó Doribel, sorprendida.
Dan levantó la mirada por primera vez en varios minutos.
—Quiero conocer ese lugar por el cual mis padres dieron la vida. Iré a Calmécac. Quiero aprender todo lo que pueda, y si hay algo que pueda hacer para seguir sus pasos, lo haré.
Doribel lo miró con los ojos llenos de lágrimas. Robert asintió lentamente, con una mezcla de orgullo y dolor en el rostro.
Pasó el tiempo y finalmente llegó el día de la despedida. El señor Robert, la señora Doribel y Dan salieron muy temprano en su minivan azul oscuro. Viajaron durante dos horas en silencio, cada uno inmerso en sus pensamientos, hasta que el señor Robert detuvo el auto. Se encontraban en la orilla de un bosque, al pie de una imponente montaña.
Al bajar del vehículo, el aire fresco del bosque los envolvió. Pero la seriedad del momento fue interrumpida cuando la caja en el asiento trasero comenzó a sacudirse y a emitir ruidos extraños. De repente, Pergi y Navy salieron disparados de la caja, enredados en una especie de discusión. Navy picoteaba a Pergi, quien intentaba, en vano, darle manotazos al aire.
—¡Te dije que te quedaras a tu lado de la caja, plumífero! —bufó Pergi, con su típico tono gruñón.
—¡Y yo te dije que tu apestoso olor es insoportable, bola de pelos! —respondió Navy, con indignación.
Dan no pudo evitar reírse al ver a los dos Nahuales revoloteando y brincando alrededor del auto, con Pergi refunfuñando y Navy esquivando cada intento de ataque con gracia. La tensión del viaje se disipó un poco mientras todos observaban la escena.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó el señor Robert, sorprendido.
—¿Pensaron que nos quedaríamos esperándolos todo el día en esa vieja y aburrida casa? —respondió Pergi.
Entraron al bosque. Desde afuera todo parecía muy normal, pero a medida que se adentraban en sus profundidades, la vegetación se volvía más exuberante y hermosa, y pequeños animales corrían a su alrededor.
—Robert, ¿te acuerdas exactamente dónde está la entrada a Calmécac? —preguntó la señora Doribel con tono de preocupación.
—¡Claro que sí! ¿Crees que olvidaría la ubicación del lugar donde pasé tanta felicidad? ¿Crees que olvidaría el lugar donde te conocí? ¡Claro que no, Doribel! —respondió el señor Robert con una mezcla de nostalgia y firmeza.
—Creo que es por aquí, anciano —interrumpió Pergi con un tono burlón, señalando en una dirección completamente diferente a la que estaba tomando el señor Robert.
Caminaron un poco más, y frente a ellos apareció un gran árbol. Era inmenso, con hojas de un verde intenso y grandes raíces que sobresalían de la tierra. Una de las raíces estaba más levantada que las otras. El señor Robert, al verla, sacó un medallón de metal oscuro con inscripciones doradas que brillaban débilmente.
—Dan, desde hace mucho tiempo guardamos esto —dijo con voz grave—. Este medallón se te entregó el día que naciste, como a todos los niños que heredan el don de ser portadores. Es el símbolo de que estás destinado a ir a Calmécac. Tus padres lo guardaron con mucho cuidado, y ahora es tu turno de usarlo.
El señor Robert sostuvo el medallón frente a Dan y, mientras lo colocaba en sus manos, Dan notó que una palabra estaba grabada en él, en un idioma antiguo que no entendía.
—Este medallón es único para cada portador —continuó Robert—. Cumplirá su propósito cuando te lleve a Calmécac. Una vez que llegues, se desvanecerá. Estoy seguro de que tu padre hubiera querido dártelo él mismo.
La señora Doribel añadió con una sonrisa cálida:
—No te preocupes, Dan. En la escuela encontrarás a muchas personas con quienes hablar. No te sientas solo tan pronto.
Al ver que Dan seguía pensativo, Navy intervino con su habitual toque ligero:
—Bueno, muchacho, te deseo un buen viaje. Si encuentras galletas para Nahuales, me traes una. Hace años que no las saboreo.
—¿Galletas para Nahuales? —preguntó Dan.
—Sí, Dan. Son galletas deliciosas hechas de una mezcla de plantas raras. Nos ayudan a obtener energía —respondió Navy.
Editado: 12.04.2026