Gina señaló con la mirada hacia la mesa del frente y continuó en voz baja.
—El que está en la esquina izquierda es Víctor Groob.
Dan lo buscó con su vista. Era un hombre alto, de complexión delgada pero fibrosa. Su piel era clara con un leve bronceado. Su cabello negro y corto estaba siempre erizado en puntas, como si nunca le prestara atención y ese desorden fuera simplemente parte de su estilo. Su rostro era anguloso, con una mandíbula bien marcada y pómulos altos, y sus ojos oscuros tenían un brillo astuto, como si todo lo que sucediera a su alrededor fuera parte de un juego que él dominaba. Estaba sentado con las manos entrelazadas sobre la mesa, con una postura que mezclaba calma y tensión contenida, vistiendo la túnica negra con símbolos dorados bordados, la misma capa que portaban todos los miembros del consejo.
—Tiene fama de ser extrovertido y de no seguir mucho las reglas —continuó Gina—. Por lo demás es un misterio. Y su Nahual... ese cuervo gigantesco que ves allí —señaló con discreción hacia el ave— nadie conoce a ciencia cierta qué tan fuerte puede ser.
Como si hubiera escuchado sus palabras, el enorme cuervo negro se movió junto a Víctor, extendiendo levemente sus alas. El tamaño de aquellas alas dejó a Dan sin palabras.
—Su Nahual se llama Hoprus —añadió Gina.
—A su lado está Verónica Darvel —continuó Gina.
Dan siguió su mirada. Era la única mujer en la mesa del consejo. Tenía el cabello castaño corto, ojos miel claros y piel clara con una complexión curvilínea que proyectaba una presencia que llenaba el espacio sin necesidad de palabras. Estaba recostada ligeramente hacia un lado con una actitud segura y desafiante, como si el mundo entero tuviera que adaptarse a ella y no al revés. Había algo en su mirada que no invitaba a la confianza fácilmente.
—Dicen que es una de las mujeres más temibles de todo Calmécac —dijo Gina, con un tono que dejaba claro que lo decía en serio—. No está en el consejo por su apariencia. Está ahí porque nadie en esta escuela querría tenerla como enemiga.
—También es muy guapa —añadió Feber, casi sin darse cuenta.
—Exageras, Feber —replicó Gina con una risa ligera.
—Sí lo es —contestó Jezer, sin apartar la vista de Verónica, como si estuviera hipnotizado por su presencia.
—Hombres... todos son iguales —murmuró Gina, rodando los ojos.
—¿Por qué ella no tiene un Nahual? —preguntó Dan, con curiosidad—. Ni tampoco esos otros dos hombres que están en la mesa.
—Nadie sabe con certeza —explicó Gina en voz baja—. Algunos dicen que sí tienen Nahuales, pero nadie en Calmécac los ha visto jamás.
—En la última silla del lado derecho está Gerald Alder —continuó Gina, señalando discretamente hacia el otro extremo de la mesa.
Dan lo observó. Gerald tenía el cabello oscuro y algo largo, peinado con cierto orden pero sin rigidez. Su piel era clara y su complexión era delgada y atlética. Su rostro era noble pero serio, sin barba, con una mirada fija y concentrada que irradiaba autoridad. Estaba sentado con las manos sobre la mesa, erguido y en silencio, como si cada segundo que pasaba lo estuviera aprovechando para observar y calcular. Cada uno de sus movimientos parecía cargado de una fuerza contenida, como si cada gesto estuviera pensado y calculado.
—Y ese es su Nahual —dijo Gina, apuntando al lobo gigantesco echado junto a él—. No recuerdo su nombre, pero es una ser impresionante.
—Savage —intervino Matius —. Su nombre es Savage.
El nombre resonó entre el grupo. Miraron al enorme lobo, tan grande como un oso, con un pelaje negro y espeso que descansaba tranquilamente al lado de su portador.
—¿Cómo sabes su nombre, Matius? —preguntó Feber, intrigado.
—Es un licántropo —respondió Matius—. Sé mucho sobre ellos.
Feber asintió despacio, aunque era evidente que quería preguntar más.
—Y ese de allí —continuó Gina, con un ligero temblor en la voz— es Karper Strauss. Solo verlo me da escalofríos. Dicen que su semblante siempre está serio... y que nadie ha visto jamás una sonrisa en su rostro.
Dan miró hacia donde Gina señalaba. Aquel hombre tenía los brazos cruzados y la mirada dirigida ligeramente hacia arriba, como si todo lo que sucedía a su alrededor fuera demasiado trivial para merecer su atención. Su cabello corto estilo militar y su piel clara le daban un aspecto frío y amenazante. Su figura rígida proyectaba una calma inquietante, como si nada ni nadie pudiera alterarlo. Era corpulento y alto. Nunca se ha visto una sonrisa en su rostro. Tampoco tenía un Nahual visible a su lado.
—Y en el centro de todos —dijo Gina, bajando la voz hasta casi un susurro— está Vladimir McVermot.
Dan lo buscó con la mirada y lo encontró de inmediato. No era difícil. Su sola presencia dominaba la sala.
Era un hombre de piel clara y complexión atlética y algo fornida. Su cabello negro le llegaba hasta los hombros, enmarcando un rostro afilado y sin barba, con pómulos marcados y ojos penetrantes que parecían escudriñar el alma de cualquiera que se cruzara en su mirada. Estaba sentado completamente erguido en el centro de la mesa, con una postura que no dejaba dudas sobre quién mandaba en aquella sala. Vestía la misma túnica negra con símbolos dorados bordados que el resto del consejo, pero en él lucía diferente, más imponente, como si hubiera sido hecha exclusivamente para él. A pesar de la seriedad de su semblante, había una sonrisa sarcástica en sus labios, una que sugería que sabía más de lo que mostraba, como si estuviera jugando un juego en el que él era el único que conocía las reglas. Sus movimientos eran calculados y deliberados, como si cada paso tuviera un propósito oculto.
—Es el director de Calmécac —susurró Gina—. Y también el más poderoso del consejo.
Dan observó la mesa en silencio por un momento, procesando todo lo que Gina le había contado. Cinco personas. Cinco misterios.
En la mesa del consejo, Vladimir observó los orbes dorados con atención. Luego dirigió la mirada hacia Dan y Matius por un breve instante.
Editado: 25.05.2026