Namásium. El legado del tiempo

CAPÍTULO 1: EL FAVOR DEL COSMOS

PARTE1

Imara acunaba entre los brazos lo único que le quedaba de Zeta. Su nombre, Estrella, pues era hija de la magia, que está en las estrellas. Una suave pelusilla pelirroja le cubría la cabeza e Imara sonrió al descubrir que en eso se parecía a ella. El corazón le palpitó con fuerza cuando la pequeña abrió los ojos para saludar al mundo. En ellos le vio a él, pues uno era negro como una noche sin estrellas y el otro brillaba de un color celeste, tan claro, que se podía sentir la magia brotar en su interior. Un indudable rasgo herencia de su padre.

Nueve largos meses habían pasado desde que Zeta perdió la vida, por detener las intenciones de su primo. Todos le creyeron muerto y así era, pero el cosmos tenía otros planes para él. Brindándole su favor, quizá por elegir su propio sacrificio, regresó de nuevo a la vida. Tras un fuerte destello se personificó frente a la casa-árbol de Sagor como el cuarto guardián de Luz. Agradecido, miró la puerta que cruzaría para obtener la vida que anhelaba, estar en el lugar que siempre había querido: junto a Imara y su Estrella.

Año y medio más tarde, la calma y el paso del tiempo les prometía una vida tranquila. Imara disfrutaba viendo a Zeta jugar con la pequeña, mientras ella recogía algunas frutas y verduras del huerto. De la palma emanó una luz blanca, con cuidado cogió la mano de Estrella y, como un cristal frágil, le cedió la bola luminosa. La niña era pequeña, pero poderosa. El haz tomó forma hasta convertirse en la figura de un gatito, correteando a su alrededor y provocándole una risa exagerada. Frewin, subida a la rama más baja de un árbol, observaba divertida como la niña carcajeaba con las carantoñas de su padre.

—Ya no tienes por qué seguir siendo una gata, Frewin. Estamos a salvo —comentó Imara.

—¡Me gusta ser una gata! Estar un par de décadas encerrada en el cuerpo de este majestuoso animal ha hecho que me acostumbre a mis sentidos felinos. Me siento cómoda.

De un salto bajó de la rama y, momentos antes de tocar el suelo, volvió a su estado original. La imponente guardiana, de piel oscura y larga melena negra, se sentó junto a la niña.

—A mí también me gustas más como gata —dijo Zeta con una sonrisa—. Jamás podré agradecer todo lo que has hecho por mí y, ahora, por mi familia.

—Te quiero —Frewin agarró la mano de Zeta con afecto.

Con el contacto una chispa brotó entre ellos, Frewin le regaló una visión. Los ojos dispares de Zeta fueron testigo de lo ocurrido en el palacio, tras su marcha en busca de Axel. La revelación, sin saber por qué, le otorgó la pesadez de un sentimiento de culpa.

«Frewin se encontraba atrapada entre dos mundos. Las obligaciones como guardiana de Luz no eran compatibles con el instinto protector, aferrado en ella, para con Zeta. Sin pensar en el deber y dejándose guiar por el corazón, se dirigió a su imponente hermana mayor, Verxi, y a su dulce hermana menor, Syki.

—Hermanas, no puedo abandonarle ahora —Frewin se pronunció decidida, bajo la mirada reprobatoria de Verxi.

—Este ya no es tu cometido, Frewin. Nuestra naturaleza es la infinita grandeza del cosmos y sabes que no podemos interferir en el destino de los mortales —replicó Verxi estricta—. A pesar de que tú ya te hayas implicado en demasía.

—Pues a mí me parece bien, hermana —Syki apoyó la decisión de Frewin, a pesar de que una mala mirada, por parte de Verxi, caía con pesadez sobre ella.

—Mi decisión está tomada, me quedaré y acompañaré a Imara a Tresva.

—De acuerdo, si crees que te corresponde, haz lo que convengas y, de igual modo, acepta cualquier consecuencia que pueda venirte por ello. Nosotras volveremos de donde jamás debimos partir. Hace milenios decidimos hospedarnos en este planeta y regalamos el don de poseer la magia del universo, ahora la piedra Cósmica no existe y ya no hay nada que nos retenga aquí. Volveremos a las estrellas.

Verxi se despidió de Frewin con esas duras palabras, seria y estricta, sin mostrar un ápice de empatía. Ella sabía que su hermana mayor tenía razón. No debía intervenir en el destino de los mortales o quizá las consecuencias podrían ser complicadas. Después de tantos años cuidando de Zeta no podía evitar tener grabado en el recuerdo cuando, en forma de gata, le veía crecer desde los muros del orfanato, salvaguardando su vida de los Oscuros. Aquel vínculo le hacía responsable de seguir velando por él. En cambio, Syki se despidió con un fuerte abrazo mientras susurraba en el oído de Frewin.

—Somos seres supremos, pero sólo tú eres afortunada. Has tenido la suerte de experimentar las emociones y sentimientos de los mortales y esa es la esencia que les convierte a ellos en inmortales —Syki se separó de Frewin con una sonrisa cómplice, mostrándole apoyo ante la elección tomada, y eso la reconfortó.

Frewin recorrió la corta distancia hasta el mirador, allí estaba Imara con la vista clavada hacia donde Zeta dejó de verse.

—Es hora de irnos, Imara —Frewin la rodeó con un brazo, mientras una cortina de luz comenzó a difuminar sus siluetas hasta desaparecer.»

Tras volver a la realidad, hubo una sonrisa cómplice entre los dos guardianes, instantes después la cara de Zeta se ensombreció. No cabía duda de que era feliz, pero en los recuerdos y en el corazón le atormentaba la pérdida de sus amigos.

—Aún revivo el sacrificio de Riux y Sagor. Una y otra vez, noche tras noche, mueren en mis pesadillas —Zeta fijó sus ojos dispares en los de Frewin—. Soy afortunado por tener una segunda oportunidad de vivir, pero no creo que lo merezca más que ellos.




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