Namásium. El legado del tiempo

CAPÍTULO 3: AXEL

Toss dormía y Surak le acompañaba durante horas junto a su lecho. El joven hacía florecer en ella un fuerte instinto maternal. Le parecía injusto que hubiera sobrevivido a un enfrentamiento directo con Axel y, sin embargo, su destino no le dejara vivirlo.

Tres golpes en la puerta la distrajeron, era Melbek. Necesitaba hablar con ella, pero aquel no era el lugar adecuado y prefirió esperarla en el salón del trono, allí tendrían más intimidad.

Surak tardó muy poco en recoger los bártulos y reunirse con ella. Conversaron un buen rato, mientras Melbek le relataba de nuevo todo lo vivido en el templo de las Estrellas. Su tono de voz escondía una llamada de auxilio y Surak intentaba que mantuviera la calma. Aún no había indicios de su regreso y trataba de convencerla de que, mientras tanto, debían trabajar en la prosperidad.

—¡Estaremos perdidos! —Melbek alzó la voz y dio un golpe sobre la mesa.

—Cálmate —Respondió Surak en un tono sosegado, mientras le agarraba el puño tensionado—. Sabes que te creo, sé lo que escuchaste y puede que regrese; pero sé que la magia ya no está y, sin ella, también existe la posibilidad de que solo hayan sido banales amenazas.

—¿Sabes qué? —dijo Melbek—. Tú ocúpate de tu verdad. Si no regresa haz de este planeta un paraíso. Yo me ocuparé de la mía.

—¿Qué harás, Melbek?

—La magia ya no está, tal y como defiendes con tu lógica. Las guardianas de Luz lo abandonaron a su suerte, pero yo haré que regrese…, con esto —Melbek le mostró la brújula—. Dos de ellas se desprendieron de sus ataduras cuando la piedra fue destruida, pero Frewin no. Tengo que encontrarla y esta es la llave.

Concentradas en su conversación, fueron ajenas a lo que acontecía un par de pisos más arriba. En la habitación de Toss, la temperatura había descendido varios grados de forma repentina. De los labios del muchacho se escapaba el gélido aliento, que se tornaba en un vaho blanquecino. Unos espasmos le hacían moverse de manera involuntaria. Sufrió violentas convulsiones que endurecieron sus músculos. La rigidez curvó su espalda hasta límites poco naturales y, de repente, todo cesó liberando de sus pulmones un último aliento.

Un melódico susurro se hizo eco en la habitación. Una letanía del inframundo dispuesta a cumplir una profecía en un idioma arcano. El vaho de su expiración se tornó en una oscura neblina, que aumentó de tamaño mientras se adhería a su cuerpo, hasta desaparecer bajo la piel mortecina. Sus labios se movieron, pero no era él quien hablaba. Hipnotizado por el cántico, de ellos salió un susurro con voz ultratumba: “Mi sangre, Mi alma, mi vida.”

Abrió los ojos con tanta urgencia que parecían escapar de las cuencas. Se incorporó con rapidez y tomó una enorme bocanada de aire. El pecho subía y bajaba acelerado, mientras intentaba controlar los golpes de su corazón. Se miró las manos, los brazos, se tocó el cuello y se acarició la cara. A su derecha un espejo le devolvió su reflejo.

—Antes era más guapo, pero es un alivio volver a respirar —se dijo a sí mismo, con una sonrisa perversa.

Posar los pies desnudos y sentir el frío calar sus plantas, le regaló una sensación indescriptible. “Estoy vivo…” pensó. Su nuevo cuerpo estuvo postrado en una cama una larga temporada. Tuvo que conceder unos minutos a la difícil tarea de mantenerse en pie. Con pasos cortos consiguió llegar hasta la puerta. Era la segunda vez que aprendía a andar, así que en pocos minutos logró controlarlo. Absorto en su mundo, paseó por los pasillos del palacio. Vio a los súbditos llevar a cabo sus quehaceres, aunque la vida sin magia les conllevaba mucho más trabajo físico del acostumbrado.

Su presencia asombró a todo el que le veía. Le ofrecían ayuda y atención, pues no daban crédito a cómo había despertado de su letargo. Él se limitó a ignorarlos y seguir su ruta. Continuó hasta encontrar una trampilla, en la zona más recóndita del palacio, que ocultaba unas estrechas escaleras que descendían varios metros. La luz de afuera se perdía tras su espalda al bajar y la humedad abarcaba la atmósfera de la cripta. En aquel lugar descansaba en paz toda una dinastía de Rissal. Varios túneles se abrían a su paso, pero él no dudó del camino que debía tomar. Se introdujo por uno en concreto, hasta que el crujido de unos cristales bajo sus pies le hizo parar. Se agachó a inspeccionarlos con la punta de los dedos mientras recordaba. Aquellos restos eran los trozos rotos de la prisión en la que atrapó a Zeta tiempo atrás, sin obtener lo que esperaba. Encerró entre los puños un montón de cristales y apretó con ira. Sus pupilas desprendían odio y de su mano caía un reguero de sangre.

Un polvoriento arcón le esperaba unos metros más allá. Los súbditos habían enterrado en él las viejas pertenencias de Azor, Axel y los Oscuros. Supuso que aquel era el lugar adecuado, entre los restos mortales de sus antepasados. Intentó abrirlo sin más, pero el diminuto cerrojo de una llave, que con total seguridad había sido destruida, lo impidió. Pasó la mano por la base y la impregno de sangre. Cerró los párpados unos instantes. Al abrirlos, unas llamas verdes destellaban en la profundidad de sus ojos marrones, mientras un crack denotó que la cerradura había cedido.

Se desprendió de los ropajes que llevaba, arrojándolos a una esquina. Del arcón sacó un elegante traje, una blusa y zapatos, todo de color negro. Por último se atavió con una túnica de igual tono, pero en ella destacaban unos bordados plateados que rompían la negrura de la vestimenta. “Es una suerte que mi nuevo cuerpo coincida con el viejo, es mi traje favorito.” Las coincidencias físicas hacían que el atuendo le quedara como guante. Dibujó una leve sonrisa, se sacudió las mangas de la túnica, cerró los tres broches para terminar de arreglarse y dejó caer la tapadera del arcón expandiendo el polvo que había sobre ella. “Ahora sí, vuelvo a ser yo.”




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