Melbek respiraba de forma pausada para controlar la adrenalina. Aún veía borroso e intentó inspeccionar su periferia. Aturdida por recorrer años luz de distancia hasta otro planeta, se esforzó por caminar varios metros entre frondosos árboles. No discernía bien su alrededor, pero estaba convencida de que se hallaba perdida en las profundidades de algún bosque. No había reparado en la gruesa raíz que sobresalía de la tierra y cayó sobre las rodillas. Tras gritar algunos improperios, maldiciendo aquel lugar, llegó a convencerse de que teleportarse con la brújula no había sido buena idea. Un ruido entre la maleza la hizo ponerse en guardia. A saber qué clase de animales salvajes desearían convertirla en la cena. Se puso en pie y tuvo que retroceder algunos pasos con la vista clavada en los arbustos que había frente a ella. Un movimiento denotó que había algo entre las ramas y pocos segundos después Frewin salió de su escondite.
El gran peso que sentía sobre los hombros, desde que escuchó a Axel en el templo, se alivió unos instantes cuando vio a la gata negra frente ella. La guardiana se personificó, saliendo de su apariencia felina. Era tan imponente y desprendía tanto poder, que Melbek no pudo evitar arrodillarse ante ella. Con los ojos ensartados en lágrimas agradecía al cosmos haberla encontrado, mientras Frewin le ayudaban a incorporarse.
—¿Cómo me has encontrado? —preguntó Melbek.
—Bueno… —Frewin señaló arriba—. Primero vi el fogonazo de luz, después seguí el rastro de la estela que has dejado en el cielo. Fue bastante fácil, la verdad. Me alegra tu visita, pero… —Cuando volvió a mirar a la áurea observó su rostro compungido.
—Gracias al cosmos que te he encontrado, Frewin. Traigo malas noticias.
No anduvieron ni un kilómetro y la casa-árbol apareció en un claro. Imara fue la primera en darse cuenta de que Frewin traía visita. Feliz de volver a verla, rodeó el cuello de Melbek y besó su mejilla, mientras en el otro sostenía a Estrella. La áurea miró a la pequeña, de poco más de un año, que apoyaba la cabeza sobre su madre y la examinaba con unos preciosos ojos dispares.
—No sabéis cuanto me alegro de veros —Melbek correspondió al abrazo.
—Yo también me alegro mucho de verte… —La voz masculina de Zeta la sobresaltó.
Fue una sorpresa inesperada, ya que le creía muerto. Durante unos instantes le miró a los ojos, uno negro y otro azul, iguales a los de su hija. La conmoción hizo que las piernas le flaquearan y, sin necesidad de hablar, Melbek comprendió lo que había ocurrido. Zeta no solo estaba vivo, había cambiado. Ya no era el joven inocente e inexperto, pues su aura junto con la de Frewin, abarcaban el lugar.
Se postró ante ambos guardianes.
—Siento traeros tan mala noticia —dijo Melbek. Zeta la sujetó por los hombros para que volviera a ponerse en pie. No se sentía nada cómodo si le trataban como a un ser superior—. ¿Recuerdas lo que ocurrió en el templo de las Estrellas? El día de tu muerte… y la de Axel —La áurea titubeó.
—Cómo olvidarlo…
—Aquel día te seguí, Zeta —Un escalofrió sopló en la nuca del muchacho. La confesión le produjo malestar—.No pude prevenirte cuando escuché a Axel hablar con la sacerdotisa. Cuando llegué a la puerta, todo se vino abajo —La voz de Melbek temblaba—. Durante este tiempo parecía que sus palabras no se cumplirían, pero se han cumplido, ha regresado…
Zeta, Frewin e Imara oían sin interrupciones la confesión de Melbek. Cuanto más avanzaba en el relato, mostraban más signos de preocupación. El guardián caminó hasta Imara. Ella lloró, pues sin necesidad de hablar ya supo lo que aquel gesto significaba.
—Regresaré a Namásium —dijo Zeta. Cabizbajo acarició a su amada, rogando que pudiera perdonarle por volverse a marchar.
—Iré contigo —añadió Frewin.
—¡No! —Zeta se dirigió a la guardiana y agarró sus manos pidiendo comprensión—. Tú ya has hecho suficiente. No quisiera que te pasara nada malo por volver a inmiscuirte en el destino de los mortales.
—¡Tú te inmiscuirás! También eres un guardián de Luz, corres el mismo riesgo que yo —Frewin no quería dejarle solo.
—Lo soy, es cierto, pero este es mi cometido. Por algún motivo, el cosmos me brindó su favor. Hizo que regresara, porque Axel también regresaría, estoy seguro de ello. Debo acabar con el legado de las sacerdotisas. Han regresado y forjado su poder profanando la divina magia del cosmos… —Zeta apretó los puños. Quería concentrarse en la fuerza y el valor, no en la pena de tener que volver a dejar a su familia—. Debo ser yo quien se enfrente a ello.
Nadie pudo evitar que las lágrimas se les escaparan, incluso Estrella gesticuló y amenazaba con llorar, como si entendiera lo ocurrido. Zeta envolvió a Melbek en un abrazo agradecido, si no fuera por ella quizá se hubiera enterado de lo de Axel demasiado tarde. Al oído le rogó que ella también se mantuviera a salvo, no quería que lo volviera a seguir. La áurea le ofreció la brújula. Al verla de nuevo, actúo como un elixir del recuerdo: las imágenes del viejo Sagor y Riux regresaron a su memoria.
—Quédatela, a mí ya no me hace faltar para volver a Namásium.
Entristecido, cogió en brazos a Estrella, juntó la frente con la de Imara y con la mano libre le acarició los largos mechones pelirrojos. Un doloroso “te quiero” fue lo único que dijo. La niña lloró desconsolada y se aferró a los brazos de su padre, para que no se pudiera marchar. Al romper en llanto, una densa nube negra se formó en el cielo, oscureciendo el bosque. Una intensa lluvia se precipitó sobre Tresva, cuando hacía solo unos instantes el cielo estaba despejado como un día de verano. En la profundidad del iris azul de la pequeña, un sol brillaba en el interior y, con cada destello, un trueno rompía la calma del bosque.